Hace pocos días decidí perderme en un paraje que no visitaba desde hace casi once años, el Roque Niquiomo. Verdaderamente nos extraviamos, pero eso aún realza más la belleza de esta sorprendente comarca que ha sido desde siempre una zona pastoril estacional. Llegamos a ella por la carretera de San Isidro; cogiendo luego el cruce que nos lleva hacia El Cabrito, seguimos por una pista polvorienta, hasta encontrar una bifurcación que nos indica mediante un pequeño cartel el desvío al Roque; otro par de kilómetros más y llegamos al lugar donde hay que dejar el coche y comenzar a andar por un laberinto de caminos, senderos y cruces que pueden llegar a desorientar a cualquiera. El Roque Niquiomo es un domo intrusivo de naturaleza traquifonolítica que alcanza aproximadamente 1350 m s.n.m.; se localiza en el edificio volcánico activo de Cumbre Vieja y destaca extraordinariamente en el paisaje provocando una acción microclimática (conectado a otras elevaciones) que favorece lluvias en cantidades superiores a los 1000 mm/año (aunque nos parezca increíble, es una de las estaciones más lluviosas de La Palma, después de Los Tilos y el Cubo de La Galga) que beneficia la presencia del monteverde y permite el desarrollo de abundantes comunidades rupícolas en las que encontramos un elevado porcentaje de endemicidad.
En la base del Roque (1.180 m), al pie de sus caras sur y este se ubican varias cuevas en las que se han encontrado numerosos indicios de que fueron ocupadas por los auaritas. Igualmente, se ven amplias llanadas donde la nueva vegetación se adueña de todos los espacios, eliminando cualquier atisbo de acción humana que se refleja en los numerosos muros de piedra seca que delimitan antiguos huertos, indicadores de una política agraria de subsistencia. En esta área la vegetación es muy singular con abundante follaje lleno de musgos y helechos que también tapizan el suelo. Muchos de estos árboles están arrancados y tirados -probablemente por la acción de vientos huracanados-, cortando vías y senderos. Asimismo, existen rarezas botánicas como bencomias, madroños, chajorras y margaritas de monteverde. De esta última solo se conocen contados ejemplares reconocidos, según la UICN-1997, como en peligro crítico. Además es taxón amenazado en la Lista Roja-2008 de la Flora Vascular Española, por lo que está catalogada como Zona de Especial Conservación (ZEC), Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y reserva de interés botánico.
Cuando estemos satisfechos del banquete de flora y vegetación podemos buscar la Sima del Niquiomo que se abre al este y a una cota de unos 1100 m. Tiene una caída máxima de algo más de 50 m, pero por su lado más bajo permite, salvando un par de desniveles de cierta dificultad, llegar a su refrescante interior, donde nos espera una bóveda lítica (de casi 20 metros de diámetro y unos 10 metros de altura) y otra vegetal que al llegar el mediodía, cuando el Sol penetra en lo profundo, crea una atmósfera de luces y sombras que permiten vislumbrar los volúmenes de la cueva, al fondo de la cual arranca un pequeño ramal de escasas dimensiones con algunos puntos delicados de difícil recorrido (en estudio por el Grupo de Espeleología Tebexcorade). Esta cavidad ha sido utilizada por los aborígenes y los lugareños (allí se han encontrado restos de vasijas), probablemente por proporcionar fresca agua en forma de abundante goteo que destila todo el año (incluso en pleno verano se forman numerosas charcas).
A la salida podemos despedirnos de San Roque, que en su hornacina de roca nos protege de la bruma hechicera y de los espíritus de la oscuridad.
Lo dicho: si nos gusta la aventura, si disponemos de tiempo y tenemos paciencia, nos conviene visitar este espacio salvajemente abandonado (de ahí su encanto). De verdad, merece la pena.


no sabía de esta belleza,
estuvimos hoy, fue alucinante