Era una placentera mañana de bonanza de un mes de octubre de hace muchos años, acababa de salir del agua, después de una dura jornada de tres horas de pesca submarina en la por ese entonces casi virginal costa de Fuencaliente. Mientras me calentaba al sol como los suricatos, iba repasando en mi mente todos los momentos de un intenso día de pesca, que como flashes grababa en mi memoria para más tarde poderlos contar en una amena y gesticulante charla con los amigos. Fue entonces cuando llegó mi colega, José, nadando rápidamente y pidiéndome muy alterado que me metiera de nuevo en el agua, pues decía haber visto un mero grande. Por el contrario, yo no quería volver a bañarme, argumentándole que estaba en la reserva energética y a punto de entrar en hipotermia, pero su insistencia hizo que otra vez me pusiera en marcha.
Perezosamente me puse mis aletas, gafas y tubo; erizándose mi piel cada vez que pensaba que de nuevo me iba a meter en "la mar". Agarré el fusil y sin muchos preámbulos me lancé al agua, después de llevar unos metros nadando y varias "tiriteras" me di cuenta de que no había cogido mi boya para colgar el pescado; aún así, decidí seguir adelante, no estaba dispuesto a salir de nuevo del océano porque sabía que dadas las circunstancias no volvería a entrar.
Un centenar de metros más adelante, encima de una baja, José me señaló por medio de gruñidos, con el dedo índice hacia abajo, la posición del mero. Después de comprobar que el fusil estaba preparado, comencé a hiperventilarme al mismo tiempo que escrutaba con mis ojos todo el fondo. Entonces observé a unos diecisiete metros de profundidad un mero de unos diez kilos y pensé para mis adentros: ¿por este "bicho" tanto jaleo? Estuve contemplándolo durante un momento y decidí ir a por él. Inspiré intensamente y di un suave golpe de riñón, para no asustar a la presa. Conforme bajaba muy despacio iba preparando la estrategia de captura; finalmente, después de haber dado un par de aletazos, llegué a los diez metros, marcados por un agudo pitido en mis oídos, que me obligaba a tener que compensar esa segunda atmósfera de presión.
Ya relajado me dejé llevar por la atracción abisal y me acerqué lentamente al pez. Cuando apenas nos separaba una varilla de distancia y justo en el momento de apuntar hacia su aleta pectoral, tuve la sensación de que ahí, en ese instante había "alguien" más, entonces giré lentamente la cabeza hacia mi izquierda para observar con gran sorpresa que a unos cuatro metros de mí, había una descomunal bestia. Inmediatamente pasó por mi cabeza una exclamación: ¡Cooooño, este era el mero! En ese momento me sentí como el cazador cazado y, al punto, ¡me puse a la defensiva!, comencé a apuntarle, pero no para cogerlo, ¡sino para protegerme! El animal poderoso y seguro de sí mismo, y fijando sus ojos en mí, se acercó un par de metros, ¿quizás por curiosidad o porque me veía como una posible presa? ¡Fueron unos segundos eternos! Mientras lo observaba, pensaba en su ataque, a la profundidad en que me encontraba, lo que me había costado el fusil, la tontería de no haber traído la boya y que, probablemente, si le disparaba, su arrancada me llevaría a los abismos… Definitivamente, enfilé hacia la superficie, dejándome subir lentamente. Arrastrado por el aire de mis pulmones iba contemplando la enormidad y el poder de aquel hermoso pez; durante el ascenso, al mismo tiempo que me alejaba de él, afloraban en mi mente continuos sentimientos contradictorios. Cuando llegué a la superficie lo contemplé por última vez mientras él se perdía por el veril en la total oscuridad del fondo.
Unas preguntas de mi amigo me devolvieron a la realidad ¿Por qué no le disparaste? ¡Lo tenías a tiro! Sólo acerté a responderle con otra pregunta: ¿No era más grande que yo? Él asintió con una mirada afirmativa. Por lo que se me ocurrió exclamar: ¡Tengo por norma no meterme con los más grandes! Quedando así zanjada la cuestión, mientras nadábamos hacia la playa, no dejaba de pensar en el que siempre sería ¡"mi mero"!

