María Remedios González (1937). Joven y atractiva mujer. Sonriente y alegre, cantaba maravillosamente en la primera voz del coro de Los Llanos de Aridane. Contaba 27 años cuando Manuel emigró a Venezuela. El proyecto familiar consistía en que, una vez el marido se encontrara instalado, «reclamara» a su mujer y a sus dos hijos. Los planes iniciales fueron avanzando y María Remedios, aprovechando que en barco se iban a Venezuela unos familiares, embaló su máquina de coser y bordar con idea de utilizarla para trabajar en las nuevas tierras. Aprovechó todos los huecos de la máquina para embalar entre la rueda y el pedal su más preciada dote, la misma que le había regalado su madre: un ajuar de primorosos manteles y paños bordados.
María Remedios había conocido a Manuel en los paseos juveniles de la plaza de Los Llanos de Aridane. Desde el momento en que la conoció, le prohibió cantar en el coro. Según su testimonio, «un mal día me prohibió que cantara, y nunca más ha salido de mi garganta una nota». Algunas cartas recibió al principio de marchar a Venezuela; como ella diría, «nos carteamos unos años, hasta que le pedí, rogué y supliqué me mandara dinero para comprar los medicamentos para nuestro hijo Juan Carlos», al que le había sobrevenido una profunda discapacidad. Él respondió con negativa y con una carta de despedida. No se volvió a saber de él durante años.
En 1990 regresó a La Palma. En el aeropuerto le esperaban sus dos hijos, su madre y sus hermanos. María Remedios no acudió al recibimiento, pero sus hijos habían sido criados sin odio y se presentaron con la autorización materna. «Él vino a visitarme a mi casa y, cuando lo vi, era un desconocido. Había borrado de mi cabeza su imagen y me di cuenta de que ya no guardaba ningún sentimiento bonito hacia él». Delante de Manuel estaba una mujer curtida y fuerte por las penurias económicas y las horas de trabajo en todo lo que pudiera dar unas pesetas. Tuvieron una conversación de porqués, pero las mentiras y las tontas excusas salieron de la boca de Manuel. Negó la falta de recursos para interesarse por el padecimiento de su hijo Juan Carlos, actitud que duró durante décadas. Negó que hubiera recibido la máquina de coser y bordar ni el preciado tesoro de la dote, cuando lo cierto es que la había recibido y lo había vendido todo. La tarde terminó cuando su hijo mayor, Fernando, le comunicó a su madre que iba a bajar la maleta de su padre y a ponerla en la parte baja de la casa. María Remedios se negó. A fin de cuentas, aquel ya no era el hogar de Manuel.
(CONTINUARÁ)

