Ni solteras, ni casadas, ni viudas (2ª parte)

Después de 40 años de la marcha de su marido Andrés a América, la palmera Marina Sánchez Botín (1919-2007) decidió comprobar por sus propios ojos qué era de aquel joven que con tantas ilusiones compartidas había emigrado a Venezuela, dejándola con cuatro hijos. Lo encontró en el pueblo de San Cristóbal, casi en la misma frontera con Colombia. Ella contaba que lo primero que hizo al llegar al pueblo fue entrar a una iglesia: «Y recé para que Dios no me dejara volver a La Palma sin haberlo visto». Para ese momento se preparó con esmero: se pintó los labios «y me subí a unos tacones por primera vez después de 40 años». Para ella, maquillarse y llevar tacones no iba acorde con su condición de esposa de emigrante, aunque este no le hubiera aportado sino «trabajos y miserias» y pese a que no hubiese gozado de sus hijos, sustituyéndolos por otra familia. Marina no estaba nerviosa. Con la ayuda de una amiga que le había acompañado, se dirigía hasta la última dirección que tenía de mediados de los años 50. Estaba segura de que Andrés seguía en aquel mismo lugar. Y así fue. Marchaba al encuentro con el único hombre que había existido en su vida.

Igual que ella, Andrés Díaz el Isleño ya peinaba canas. Cuando se enfrentó a Marina se quedó blanco. Estaba viendo un fantasma que a priori vendría a ajustarle las cuentas. No fue así. Las primeras palabras que pronunció Marina fueron: « ¿Cómo está, caballero? No se preocupe, no he venido para darle problemas. Estoy aquí para contarle cómo está su madre». Marina contaba que se sentaron en un parque público, con un esmerado césped, y que sacó fuerzas de coquetería: se subió prudencialmente la falda del traje y dejó ver tímidamente sus piernas, aún jóvenes y tersas. Era la respuesta femenina ante el conocimiento de que Andrés el Isleño había formado otra familia con una venezolana que también le había dado cuatro hijos. Durante décadas, Marina llevó el pelo muy largo como guardando una promesa amorosa: así le gustaba a Andrés.  

En el rato en que estuvieron hablando, Marina le enseñó fotografías de La Palma, entre ellos, los rostros desconocidos por él de sus hijos palmeros. Llegado el momento de la despedida, Marina no volvió la vista atrás ni tampoco lloró: «Ya lo había llorado todo y ya no tenía lágrimas». En efecto, ya no había lágrimas que derramar. Durante años, la única preocupación diaria de esta mujer fue alimentar a sus hijos. De madrugada acudía a la recolección de tomates y tabaco. Se veía obligada a robar uvas, saltando muros, para que completaran la comida de sus hijos (la más pequeña, abandonada por su padre con sólo once meses). Los niños le preguntaban a su madre: « ¿Hoy no cenamos, mamá?»; y ella les respondía que durmieran un ratito, «porque no tenía nada que darles».

 Llegó la noticia de la muerte de Andrés en Venezuela y de mil gestiones se valieron sus hijos para obtener la partida de defunción que acreditara el estado civil de viuda de Marina, de manera que ésta pudiera ser una mujer libre ante la sociedad y la ley. Les esperaba una sorpresa que volvería a abrir una vieja herida. En la documentación oficial llegaba la mentira. El acta inscribía al fallecido en estado civil de soltero, recogiendo únicamente el nombre de sus cuatro hijos venezolanos.

                                 (CONTINUARÁ)

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