Ni solteras, ni casadas, ni viudas, y 4º

Miembro de una familia acomodada y de sonoros apellidos, Matilde Arroyo Felipe (1926) se casó en 1951 con Pedro, celebrándolo con una espléndida y lujosa boda. Nacieron sus dos hijas, Nieves Ángeles y María Candelaria, que no recuerdan las caricias ni los besos de su padre y cuyo rostro conocen sólo vagamente -según ellas- por contemplar una y mil veces sus fotos. En 1957, Pedro emigra a Venezuela, a la zona de El Tigre. En los primeros años hubo contacto, pero las cosas se fueron enfriando y pasaron décadas de abandono. María Candelaria (1957), conocida familiarmente como Yaya, aún recuerda: «De muy chiquita y hasta grandecita dormía con una foto de papá debajo de la almohada. No entendía nada, mis amigas tenían padre. Mi madre me cuenta que cuando él estaba llegando a Venezuela, nací yo. Nunca le conocí».

Matilde Arroyo no encontraba excusas para las preguntas de sus hijas:

– ¿Mamá, por qué no escribe papa?
-Me enteré de que se partió la mano y, claro, así no puede escribir.

Hoy en día, las hermanas Martín Arroyo entienden la pena y el dolor con que debía repetir continuamente que Pedro tenía una mano partida y que ésa era la razón de los eternos silencios. Nieves Ángeles rememora que cuando iban a la playa de Puerto Naos, su madre no se bañaba nunca:

La podían criticar si la veían vestida en bañador teniendo a su marido en Venezuela. Más tarde, por recomendación médica, le aconsejaron dar paseos en la arena y mojarse los pies. Así lo hizo, hasta que llegó el día de meterse en el mar, cubierta con el albornoz hasta donde daba pie; luego me lo entregaba. Para salir del mar, yo corría hacia la orilla para entregárselo de nuevo; con él llegaba hasta la arena. Y de aquí, corriendo para casa.

Ayudada por su familia, Matilde comenzó a sacar las viejas recetas de la familia y se convirtió en la afamada repostera que es hoy. A La Palma llegó la noticia de que Pedro había formado otra familia en Venezuela con una mujer natural de aquel país. «Jamás mamá nos habló mal de él, hasta que nosotras mismas tuvimos opinión propia. No permitía que habláramos mal de nuestro padre. Ella siguió amándolo en soledad». Cuando llegó la noticia de su fallecimiento por los amigos -después de tantos años de soledad-, Matilde le guardó luto y le encargó misas en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios. «Durante años -nos dice una de sus hijas- estuvo encargando misas y asistiendo a ellas. Llegó un momento en que lo olvidó… y terminaron las misas».

A Nieves Ángeles (1955), la hija mayor, le esperaba repetir la misma historia. Con dos hijos, se quedó bajo la guarda y custodia de su familia materna cuando su marido emigró a Venezuela y vuelta a la misma historia, como si de una indeseada herencia se tratara. Llegaron las primeras noticias. Más tarde, el abandono y lo que más le duele: el silencio y la desesperación ante la incertidumbre por no saber nada del padre de sus hijos. Mientras, el amor se fue enfriando. Eran otros tiempos, la Ley de divorcio ya estaba en vigor y se acoge a ella. Hubo amores con otro hombre que se rompieron definitivamente. Hoy en día, sigue trabajando como repostera en la empresa familia junto a su hermana y a sus dos hijos.

A sus 83 años, Matilde pasa los días sosteniendo sobre sus cansados muslos una vieja caja de bombones repleta de fotos en blanco y negro. Aquí guarda sus más preciados y bellos recuerdos. Parece que se ha quedado anclada en aquellos lejanos años. Allí está joven y linda junto a Pedro Martín Rivero, su único amor. Sigue manteniendo, entre sus achaques de despistes, su eterna y dulce sonrisa, mientras acaricia con disimulo la estampación de las fotografías.

Fuentes y bibliografía

A principios de los años "80, inicié mis primeras pesquisas sistemáticas en torno a varios aspectos relacionados con la historia de la mujer en Canarias, motivada por la escasa atención que la historiografía tradicional había dedicado al tema, centrándome fundamentalmente en el panorama de la isla de La Palma y, más en concreto, en el de Los Llanos de Aridane. Esta inquietud se materializó en un primer momento en la publicación de varios trabajos sobre artesanía insular: el universo secular de la seda, la cestería y sus usos, la losa -término con el que aún se conoce las cerámicas históricas en La Palma-, los bordados, etc. Como suele ocurrir en la mayor parte de las investigaciones, una cosa me llevó a otra y, entre el maremagnum informativo de barros cocidos, técnicas de teñido o puntos de labor, fueron apareciendo datos indirectos y sin suficiente profundidad, que me indicaban la existencia de un tema tabú -como casi todos los que circundan el universo femenino- menos explorado aún que el mundo de la artesanía, objeto de mis estudios por aquel entonces; me refiero al destino de unas mujeres que, desde La Palma y en diferente puesto y circunstancias, habían hecho realidad un triste mito de nuestra cultura occidental: el mito de Penélope, la mujer que eterniza la espera a la vuelta de su marido ausente, embarcado hacia otras tierras. Tal es el caso de doña Maruca González, madre de la maestra sedera de El Paso Bertila Pérez González. Precisamente, en la monografía La seda en La Palma, en la que colaboré con su autora, la periodista y escritora alicantina María Ángeles Sánchez, suministrando rutas, fuentes orales y bibliografía, ya aparece por primera vez que yo recuerde la huella de la emigración palmero-americana y sus nefastas consecuencias en el desarrollo familiar y especialmente en el futuro de las mujeres que se quedaron irremediablemente en esta otra orilla, sin posibilidad de cruzar el charco al encuentro con su esposo y amante. Aunque algo extenso, sirva como botón de muestra el siguiente fragmento, que extracto del citado libro:

Doña Maruca, como tantísimas otras mujeres en la isla de La Palma, se quedó sola bien joven, cargada de hijos. Su marido marchó en 1929, primero a Cuba y luego a Venezuela, con un hijo varón, para tratar de buscar fortuna. Nunca más les volvió a ver. Cuando murió, en 1974, estaba a punto de emprender el gran viaje, después de haber ahorrado durante toda su vida, «para demostrarle al marido que había podido vivir sin él. Era muy valiente. Decía que con su derecho no tenía miedo ni del rey, aunque le arrastrara la barba hasta el suelo», según recuerda doña Bertila, quien prosigue: «mientras mi padre vivió con ella, era muy buen marido y muy buen padre. El tiempo que estuvo en Cuba, ocho años, mandaba lo que podía. Luego se olvidó. Mi madre trabajó muchísimo para sacarnos a todos adelante».
Una de sus hijas siguió la misma suerte con su marido, quedándose sola con cuatro hijos pequeños. Todos, naturalmente, iban a parar a los brazos protectores de doña Maruca. Y, en el fondo, la seda como medio de ganarse la vida. […] «El día que murió iba a arreglarse: era muy coqueta y se estaba probando esmaltes; tenía una uña de cada color, preparando el viaje a Venezuela. [Iba en busca de su marido y de su hijo, y estaba vacunada según ordenaba la legislación de la época.] Se pagó ella el pasaje con su trabajo y eso le hacía sentirse muy orgullosa».

Años más tarde comencé a preocuparme más directamente sobre la cuestión, especializándome sobre todo en el contexto-marco de Los Llanos de Aridane. A lo largo de la década de los "90 inicié este proceso, que aún hoy continúo. Así pues, la relación de informantes que sigue y los datos aportados en este trabajo a partir de mi contacto con ellas no es más que un botón de muestra de una realidad mucho más compleja, en la que participan las esposas, sus hijos y sus padres, todos ellos, literalmente abandonados por otras esposas e hijos habidos en otras tierras.

ARROYO FELIPE, Matilde. (Los Llanos de Aridane, 1926). Entrevista realizada entre el 13 y el 15 de abril de 1999.
GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, María Remedios. (Los Llanos de Aridane, 1937). Entrevista realizada el 6 de mayo de 2000.
MARTÍN ARROYO, Nieves Ángeles (Los Llanos de Aridane, 1955). Entrevista realizada el 14 de abril de 1999.
MARTÍN ARROYO, María Candelaria (Los Llanos de Aridane, 1957). Entrevista realizada el 15 de abril de 1999.
SÁNCHEZ BOTÍN, Marina. (Los Llanos de Aridane, 1919-2007). Entrevista realizada el 24 de enero de 2000.

El tema de la emigración canario-americana ha dado, desde luego, grandes logros investigadores que se traducen en un amplísimo y variadísimo repertorio bibliográfico. Sin embargo, no debe extrañarnos que el punto de vista de las mujeres que quedaron para siempre en este otro lado, sin posibilidad alguna de partir hacia el encuentro con la tierra prometida,

 

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