El pasado 5 de diciembre se enterraron por segunda vez los restos del cantautor chileno Víctor Jara. Meses antes se habían exhumado para determinar con exactitud todos los detalles de su muerte, acaecida el 16 de Septiembre de 1973 en el antiguo estadio Chile, en plena vorágine del terrible golpe de estado que acabó con el gobierno de la Unidad Popular, con las vidas del presidente Salvador Allende y de miles de chilenos, con la democracia en Chile y abrió el paso a 17 años de dictadura militar.
Creo que no es fácil acometer con plenitud artículos o comentarios sobre artistas que han crecido tanto con el tiempo, con la muerte, con las circunstancias, que se han convertido en algo más; en emblemas, en puntos de inflexión histórica, en mitos intocables, en verdades absolutas. Uno de ellos es Víctor Jara.
De origen campesino, desde principios de los años sesenta y hasta su muerte se convirtió en un referente cultural para su país al participar activamente tanto en movimientos culturales como políticos, asumiendo compromisos que pasaban inevitablemente por la clase obrera, por la comunión total con los campesinos, con los desarbolados, con los mineros del cobre, con la lucha estudiantil por abolir los privilegios, excesos y agravios del gobierno conservador de Eduardo Frei.
Así, su mundo se movió siempre entre el teatro y la música. Fue un reconocido director y promotor teatral, profesor universitario de actuación, aglutinador de actores, formador de nuevos talentos. Llevó a los escenarios a autores del vértice como Brecht, Sieveking, Megan Terry o Anne Jellicoe. Se rodeó igualmente con lo mejor de la escena chilena del momento llegando a recibir premios nacionales como el Laurel de Oro como mejor director y el Premio de la Crítica del Círculo de Periodistas a la mejor dirección por La Maña en 1965.
Pero fue su aportación musical la que lo elevó a los cielos y expandió su fama y su leyenda por todo el mundo, permaneciendo intocable como símbolo de tantas cosas hasta la actualidad. Como él mismo expresó, su música es canción rebelde, canción protesta, canción antiimperialista latinoamericana. Y creo que así fue desde el principio; ya desde sus primeras colaboraciones con grupos folklóricos como Cuncumén, donde conoció a Violeta Parra, se atisba su compromiso social, acentuado más tarde como director artístico de Quilapayún o como solista de la Peña de los Parra. Y así hasta alcanzar la total identidad con el movimiento de la Unidad Popular que llevó a Salvador Allende al poder tras vencer en las elecciones de 1970. Su compromiso con la causa socialista chilena le obligó a convertirse, tras la citada victoria de allende, en embajador cultural del gobierno de la Unidad Popular, recorriendo el mundo con el sempiterno mensaje de igualdad, de lucha por los derechos humanos, antibelicismo y antifascismo. Y por fin en 1971 y hasta su muerte, ingresa en el departamento de comunicaciones de la Universidad Técnica del Estado. Allí trabajará intensamente con Inti-Illimani, Isabel Parra o Celso Garrido Lecca en música, teatro e incluso televisión, desarrollando, además, una intensa actividad investigadora en el terreno de la tradición musical chilena.
Pero Víctor Jara es especial por otras razones. No es un cantautor al uso. Es un músico trascendental, impactante, revestido con la aureola de los grandes, con lo que podemos llamar aura invisible llena de vientos, con sensaciones pujantes que luchan por salir afuera, pero que, aun quedando adentro, percibimos claramente. En fin, carisma en su máxima expresión, misterio idéntico a aquél que logra atravesar muros de hormigón ante Pete Seeger, Bob Dylan o Chico Buarque.
Y todo ello con nueve álbumes: Te Recuerdo Amanda, Canto a lo Humano, El Derecho de Vivir en Paz, La Población, Canto por Travesura, Desde Lonquén Hasta Siempre, Canto Libre, Manifiesto y Canciones Póstumas.
Y es que basta escuchar su intemporal Te recuerdo Amanda, para darse cuenta de todo. Dramatismo bajo la piel de cada estrofa, en cada nota, en cada arpegio. Manifiesto, con toda la carga militante, con la pura declaración de sus principios, Plegaria a un Labrador, inmortalizada junto a Quilapayún, El Derecho de Vivir en Paz, Vietnam en este caso, pero aplicable a cualquier guerra de nuestro siglo, A Desalambrar, guerrillera y afilada, Vientos del Pueblo, metáforas de presagio, Vamos por Ancho Camino, a modo de himno recurrente, Luis Emilio Recabarren, hermosísima y trágica y Abre la Ventana, canción que necesito escuchar, al menos, una vez al mes, válida para cualquier amanecer, para cualquier despertar, indicada precisamente para todo aquél que, ante la adversidad, quiere abrir ventanas.
El 11 de Septiembre de 1973 a las 9:30, Víctor se dirige a la Universidad Técnica del Estado (UTE), su lugar de trabajo. Horas más tarde tendría que cantar en el atrio, con motivo de una exposición, frente al presidente Allende. A esa misma hora los militares comienzan a rodear el recinto. Se cierran las puertas. Decenas de soldados, vehículos de asalto, carros, cañones y toda la artillería del mundo impiden el paso, cortan el acceso y gritan por megáfonos consignas tan repetidas: dispersión, separación, rendición. Pero nada de eso ocurre. Los estudiantes resisten. Se atrincheran en las aulas. Son más de seiscientos. Algunos salen, brazos en alto y son detenidos. No hay órdenes para asaltar por la fuerza la universidad, no las hay aún. Sólo amenazas. Al mismo tiempo el resto del país sucumbe, cesan los gobernadores, los alcaldes, los mandamases democráticos, cierran las tabernas y las multinacionales, los comercios e incluso las iglesias. Se interrumpe casi el transcurso de la vida. Estado de sitio.
Creo que no hay mejor manera de entender como fueron esas horas que escuchar el desesperado discurso de Salvador Allende desde el Palacio de la Moneda, en pleno bombardeo de la aviación chilena, minutos antes de suicidarse con su fusil, retransmitido únicamente por Radio Magallanes. Cada vez que lo escucho me estremece más. Puede escucharse aquí.
Al día siguiente se da la orden de atacar y los carabineros irrumpen con toda su fuerza en el interior. De inmediato son detenidos todos los funcionarios, profesores y estudiantes que permanecen en pie de guerra, unidos y gritando consignas de la Unidad Popular. Entre ellos está Víctor Jara. Todos son llevados al Estadio Chile, pequeño recinto situado a diez minutos de la UTE, convertido ya en campo de concentración, cárcel, comisaría y centro de tortura improvisado. Allí fueron alojados miles de disidentes, elementos subversivos: políticos en activo, miembros del partido comunista, actores, músicos, escritores, estudiantes, sindicalistas y trabajadores. Muchos de ellos no volvieron. Hoy en día su nombre es estadio Víctor Jara.
La leyenda que se generó posteriormente ha modelado el mito: dice que el 14 de septiembre Víctor Jara fue apresado en las gradas del estadio mientras cantaba con la multitud, porque no quería o no podía callar, canciones de libertad, unidad y justicia, trasladado a las salas de interrogatorios, torturado y mutilado al cortársele los dedos de sus manos. Tras ello nunca regresó y su cuerpo fue encontrado días después cerca del cementerio metropolitano de Santiago, entre unos matorrales, e identificado, ya en la morgue, por su esposa, la coreógrafa Joan Turner con la signatura NN. Al día siguiente se dio sepultura a su cuerpo clandestinamente, en silencio, sin homenajes, sin apenas compañía. Si no hubiera sido así, si nadie hubiera recogido su cuerpo, con toda probabilidad habría sido sepultado en una fosa común junto a tantos y tantos otros asesinados. Unos días después cumpliría 41 años.
Tras la exhumación y posterior análisis de sus restos, la declaración de numerosos testigos y documentos gráficos de la época, siempre bajo la batuta del juez Juan Eduardo Fuentes, encargado de la investigación sobre la muerte del cantante, se han podido reconstruir con cierta claridad su calvario, sus dolorosas últimas horas y su muerte. Así se sabe que nunca pisó las gradas del estadio Chile, que desde su arresto en la UTE fue apartado del grupo y confinado en los pasillos, salas de tortura y calabozos improvisados del estadio. Que ya desde el principio fue sometido a torturas y vejaciones por soldados y sobre todo, por uno de los oficiales al mando, el siniestro príncipe, desenmascarado hoy como el ex-coronel Edwin Dimter Bianchi. Que fue golpeado con todo tipo de objetos durante cuatro días y por fin ejecutado con, al menos, 35 disparos de bala.
Sin embargo, creo sinceramente que sigue vivo, más vivo que nunca, engrandecido por su trágico final, gigante ante sus torturadores, sonriente.

