Cubamanía

Hace unos meses nos encontramos con un video musical auspiciado por el Cabildo de La Palma que ha recorrido el mundo y que, al menos con sus imágenes, ha hecho más por extender e impregnar por doquier nuestros aromas que la victoria en tantas y tantas batallas anteriores.

Está claro. No es fácil elegir música para decorar determinados eventos, situaciones, mensajes o campañas publicitarias. Nunca ha sido fácil porque la música es como nuestro universo conocido, finita pero ilimitada. Y lo cierto es que nada es tan agradable como observar el resultado tras una buena selección. Por eso un trabajo tan arriesgado como contribuir a sublimar la palabra o la imagen merece, al menos, una larga reflexión previa o bien la inspiración inmediata de los mejores genios. Todo eso y más cuando se trata de un reclamo, una llamada de emergencia desde una entidad pública para visitantes limpios que ayuden a generar la riqueza que tanto ansiamos para nuestra isla.

Creo que se trata de una iniciativa acertada; estremecer, agitar, conmover al viajero con nuestros tesoros, tantos y tan variados. Con nuestros bosques y costas, con tantos rincones ocultos e íntimos, con entradas y salidas de barrancos únicos, volcanes y pueblos impregnados de sabiduría antigua, montañas infinitas y aire puro. 

Y todo esto (aunque con el regusto de sospecha por plagio ante una de las principales ideas del video: un sillón sobre los adoquines de la calle Real, quietud como contraste teniendo en cuenta que hablamos de senderos, rutas, caminos) con unas imágenes simples pero bellas. Es tiempo de conquistar gustos y voluntades con las herramientas que nos brinda la tecnología y por qué no decirlo, la globalización. Comunidades virtuales, redes sociales, blogs y video-almacenes. Por eso sigo diciendo que me parece bastante acertada la idea, mucho más acertada que aquella que intenta imponer más que conquistar mediante talonarios de viaje y ferias con muchísimas dietas e incontables viajes en taxi.

Por otro lado, la canción no es mala. Es alegre, agradable, sencilla y directa. Cuenta con una letra que dice en todo momento lo que debe y exhala aliento fresco. La melodía también es de las que se recuerdan y se tararean inconscientemente mientras preparamos la cena o ponemos el punto muerto ante un semáforo en rojo. Pero esa no es la cuestión.

Nada, absolutamente nada tengo en contra de Cuba y de su música. Cómo voy a tener nada en contra de la que considero junto al Reino Unido, USA y Brasil como una de las fuentes más importantes de la música popular contemporánea. Una isla tan pequeña en la escala del continente americano que, sin embargo, ha sabido parir y alimentar músicas únicas, originales, transcendentales; el Punto, la Rumba, el Danzón con sus variantes el Cha-cha-cha de Enrique Jorrin y el Mambo, el Son (guaracha, changüí y montuno origen de la salsa creado por Arsenio Rodríguez), el Bolero, el Guaguancó….y músicos y grupos de enorme talento como Sindo Garay, Celina & Reutilio, Trío Matamoros, Ibrahim Ferrer, Silvio Rodríguez, Ernesto Lecuona, Pablo Milanés, Omara Portuondo, César Portillo de la Luz, Chucho Valdés, Arturo Sandoval, Paquito d´rivera, Irakere, Compay Segundo, Gonzalo Rubalcaba, Bebo Valdez, la Sonora Matancera, Los Zafiros, La Orquesta Aragón, Celia Cruz y el inigualable y nada conocido en España Benny Moré que en nuestro país tuvo un inferior sustituto en Antonio Machín, preferido de Franco al aceptar cantar en la Guantanamera los versos…"Yo soy bueno y como bueno, moriré de cara al sol", versos tranquilos y simples de un hombre que se llamó José Martí, prócer e ideólogo de la independencia de Cuba.

Y que puedo tener contra La Trova Santiaguera consolidada a principios del siglo XX y recordada con la Vieja Trova Santiaguera más recientemente, o contra ese solista con guitarra, que en su pueblo componía canciones de amor o pícaras para entretener las noches en una época de serenatas y guateques. Nada.

Igualmente nada puedo imaginar contra dos cantantes tinerfeños:  Moisé González y León de Romeo, intérprete éste del reggaeton-rap central del video, nada menos que en el Teatro Chico.

Lo que no me parece acertado es intentar confundir las hermosas latitudes naturales de un paisaje cubierto de siglos y semihundido por un atlántico templado, ya de por sí repleto hasta reventar con tantas músicas como soporta la memoria de sus paisanos, con una salva centrífuga de mestizaje artificial, humeante de interés político y significado irreal. Una mezcolanza para adolescentes que quieren ignorar en qué lugar del mundo deben situar el punto exacto en el que nació su historia. Un amasijo de tópicos musicales para maitines y vísperas políticamente correctas: canción cubana de la nueva trova y/o bolero, rap-reggaeton, coros a lo jingle institucional y guitarra eléctrica que emula a Yngwie Malmsteen.

Y pienso que así de claro es cuando cualquier futuro viajero, quizá no muy culto, senderista o no, pongamos por caso, de Suecia, que observe el video no podrá evitar relacionar de inmediato nuestra isla con cualquier archipiélago cubierto por selvas en el caliente Caribe y a sus habitantes con indomables residentes en cualquier suburbio de Panamá City. (isladeagua)

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí al menos me da la impresión de que el furor por la música y la cultura cubana emancipado ya del reducto de ciertos grupos de poder real de la capital ha transcendido hasta cotas inaceptables. Tan inaceptables como que a estas alturas los emblemas culturales de Santa Cruz de La Palma y por extensión los del resto de la isla, sean cuales sean, se perciben por casi todos como una aleación, una mezcolanza en la que siempre domina un elemento fundamental, la quintaesencia que no puede evitar ser cubana o cubanófila y en el fondo, muy en el fondo, queda La Palma,  tan desprovista de su propia identidad. 

Y es que el dirigismo mediático y ahora político hacia una supuesta raíz ancestral de nuestra ciudad, definida por las bondades y terribles extremos de la isla de Cuba, ha calado tan hondo que para una iniciativa publicitaria que intenta mostrar lo nuestro y sólo lo nuestro ha tenido que recurrir al menos en parte, a formas lejanas, muy lejanas.

Mientras, nuestros músicos, talentos ciertos escondidos bajo formas de entender el arte no tan caribeñas, permanecen a la espera, aprendiendo todavía un poco más, perfeccionando el estilo y el mensaje, como a veces dicen los que garantizan las subvenciones que al final, tras la corrección del presupuesto, se aplazan y derivan hacia ofertas y proyectos más o menos mercenarios, casi siempre externos, normalmente pertenecientes a algunos palmeros de ultramar, ilustres que sólo vienen cuando deben y luego, tras su aportación, vuelven a partir.

Porque no debemos engañarnos, en nuestro acervo, en el de toda la isla, vive tanto Cuba, como Venezuela e incluso México y Argentina. Así podemos explicar que en la mayoría de nuestros pueblos se escucha y se practica diez veces más el Mariachi que el Son, que se afina más el Cuatro que el Tres, que se desconoce y casi se confunde el Punto. En fin, sólo tenemos que pasar unas horas en nuestros municipios, con su gente.

No es posible ignorar la influencia histórica que ha tenido America en nuestra cultura. Sería de necios negar que Cuba o Venezuela, no se sabe bien si más de allá para acá o de acá para allá, están presente en muchos aspectos de nuestra sociedad, en el lenguaje, en la idiosincrasia, en la música. Al fin y al cabo somos eso, el producto de muchas culturas y esa es nuestra riqueza, nuestro valor. Sincretismo. Pero exacerbar hasta la incongruencia la presencia de una de ellas, ayudar a elevarla sobre las demás, ignorando injustamente a otras que pertenecen a un sustrato semejante, minimizar y a menudo ridiculizar intentos mejores o peores de nuestros autores, pequeños, arriesgados, diferentes, no ya desde lobbys culturales amateurs, sino desde consejerías del Cabildo, concejalías o cualquier otro centro de poder político, no puede parecerme otra cosa que una actitud inconsciente, abominable y a la vez triste, muy triste.

 

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