Magritte y las islas del Rey Carmesí

Hace ya bastante tiempo descubrí por casualidad un video. El que les muestro aquí. Se trata de un fotomontaje realizado por alguien que, sin duda comprendió que la fusión de las artes no es cuestión de combinación manual o mental de las mismas, sino que se plantea per se, en su misma naturaleza, queda implícita desde el mismo instante de la creación.

El video en cuestión muestra la perfecta concordancia que existe entre dos lenguajes tan cercanos que se unen en base a su simbología radical: los requiebros, las greguerías visuales, la atrevida ensoñación, el sinsentido provocador, el surrealismo que deviene en realismo mágico de artistas excéntricos como Vladimir Levedev, Quint Buchholz, Gustav Klimt, Jerry Uelsmann y sobre todo René Magritte y la belleza infinita de una canción eterna de King Crimson, Islands.

Y es que todo se ajusta sin holguras. La melodía, hermosa, sencilla y dramática, rodea omnipresente a las imágenes y a la vez nos obliga viajar hasta sus profundidades, o aun mejor, renunciar al presente y retroceder hasta los terribles años que vieron nacer a las auténticas vanguardias del arte contemporáneo.

Desde luego creo que King Crimson significó lo mismo 40 años después para la música popular. Se trata de la misma esencia, la misma base ideográfica, la experimentación constante, el abismo de ensoñaciones buscadas, la grata insolencia de la innovación sin prejuicios. Porque además de música, Islands, es un poema, un poema estremecedor, un esfuerzo metafísico por acercar el mar y sus criaturas a los ojos cerrados de los soñadores. Y su autor,  Pete Sinfield, un visionario y gurú del sexto sentido:

"Gaunt granite climbs where gulls wheel and glide
Mournfully glide o"er my island.
My dawn bride"s veil, damp and pale,
Dissolves in the sun.
Love"s web is spun – cats prowl, mice run
Wreathe snatch-hand briars where owls know my eyes
Violet skies
Touch my island,
Touch me."

Al final, música e imágenes se funden en una especie de epitafio común. Nebulosas multicolores, solas y estáticas como islas. Y a la vez, el júbilo de Mel Collins y su saxo furioso y bajo la brisa, tan abajo que suena adentro, en plena digestión del volcán, el sempiterno mellotrón de Robert Fripp recreando olas tranquilas, recreando, en toda su plenitud, el mar en blanco y negro.

 

Scroll al inicio