Los ilustrados del siglo XVIII retomaron la idea -legada por la democracia ateniense- de que el poder residía en la gente: el pueblo elegía a sus gobernantes y les proveía de autoridad para mandar. La paulatina expansión de esta doctrina cambió el curso de la historia. Desde entonces, los gobiernos asumieron que procurar felicidad al pueblo era una de sus tareas primordiales.
Los pensadores del Siglo de las Luces fueron más allá y concretaron que la fórmula ideal para proporcionar bienestar a los habitantes de un país pasaba por conjugar derechos ciudadanos y adelanto material. A su juicio, esta combinación mejoraría la vida a las personas y llevaría a los seres humanos por la senda del progreso hacia el horizonte de la felicidad.
El discurso de los ilustrados prendió y, poco a poco, el empeño por acrecentar el bien común se fue incorporando al ADN de los regímenes democráticos que se abrieron camino en muchos países del mundo, durante los siglos XIX y XX. Con mayor o menor sinceridad, los gobernantes que accedían al poder contraían la responsabilidad de aumentar el bienestar de sus compatriotas. Incluso las dictaduras intentaron acreditar sus habilidades como dispensadoras de prosperidad a la hora de justificar su implantación.
El actual gobierno del Partido Popular pasará a la historia por haber roto con esta tradición. Como ha reconocido nada menos que el Ministro de Justicia, ahora los gobiernos no están para procurar felicidad a sus ciudadanos sino para repartir dolor. Lo dijo compungido: "gobernar, a veces, es repartir dolor", pero asumiendo con abnegación un deber que considera aparejado a su condición de autoridad. Una obligación que, de cuando en cuando, le fuerza a distribuir sufrimiento entre los demás. El "¡que se jodan!", proferido por una diputada gubernamental en el Parlamento, no fue un exabrupto sino un avance de este discurso político.
Gradualmente, el pensamiento que guía las decisiones de nuestros mandatarios se aleja de la herencia ilustrada. Los gobernantes españoles se despegan de la ideas de soberanía popular, separación de poderes, libertad, igualdad o bienestar general. Sus acciones enlazan, más bien, con la concepción religiosa que esgrime el castigo para reprimir los conflictos, la penitencia para redimir los errores del pasado y, sobre todo, la resignación para atravesar la existencia terrenal a la espera de encontrar la dicha en el más allá.
En efecto, el discurso oficial evoca la sentencia -arraigada durante el Medievo- que comparaba la vida con un "valle de lágrimas". De entrada, el gobierno avisó que la felicidad quedaba pospuesta de forma indefinida, hasta la resolución de la crisis. Posteriormente, el propio ejecutivo alargó el plazo de la desdicha al reconocer que la mayor parte de las reformas implantadas son estructurales. No se trata de medidas momentáneas dictadas para remediar una depresión económica cíclica. Son transformaciones con vocación de permanencia, concebidas para regir el funcionamiento de la sociedad después de la recesión.
El progreso ha sido despedido. Tras el horizonte del futuro, entrevemos a hombres y mujeres cuya vida se reduce al esfuerzo cotidiano y absorbente por subsistir. Justo lo que el anterior presidente de la confederación de empresarios describió como "trabajar más y, desgraciadamente, cobrar menos".
Cuando hablamos de recortes y del paso atrás que suponen las denominadas políticas de austeridad, no percibimos hasta qué punto hemos retrocedido. Unas décadas es poco. En realidad, hemos salido rebotados por encima del Siglo de las Luces y regresado a la Edad Media.


Qué razón lleva, Don Salvador, y con que meridiana claridad describe la situación actual.
Me tomó tiempo aceptar algo que pude comprender al salir fuera a Europa todavía por los años sesenta. Los paises que aprovecharon el tirón de la democracia en el XIX y el XX fueron principalmente los que no estaban atados mentalmente por Roma.
La llamada "Reforma", liberó la mente de las gentes y les permitió aprovechar los valores laicos de la Revolución francesa sin el miedo a discurrir sin el temor que por ejemplo la generación del nacionalcatolicismo en España teníamos en el subconciente. No tenía que ver nada con el Evangelio, pero sí totalmente con la "doctrina", que aúnque no fuéramos religiosos, estaba bien incrustada casi en nuestros genes.
La derecha española no se ha liberado de esta atadura y para ellos la palabra "España" conlleva su ideología.
Se felicitaban mutuamente los tertulianos de Intereconomía porque por fin se empiezan a ver cambios en TVE recobrando nuevamente la defensa del valor "España".
Cuando uno comprende realmente a lo que se refieren, no le queda más remedio que constatar el retroceso cultural y tácito que se está produciendo poco a poco.
Y me temo que esto va para largo, pues una serie de circunstancias han coincidido para que su discurso le resulte creíble a mucha gente.
Es muy simple pero efectivo: Como la crisis económica con el consiguiente derrumbe de nuestra economía especulativa, cayó por desgracia en la lelgislatura socialista, y además de los propios errores de ZP fue lo suficientelmente sagaz el PP para identificar Crisis=ZP, esto ha calada en el pueblo llano y después del periodo de pecados hemos necesariamente de hacer penitencia.
Además lo dice el Sr. Rajoy que es un Señor serio de Pontevedra.
Los dirigentes conservadores siguen al pie de la letra su argumentario, y se muestran con una seguridad y yo diría con una "convicción" rayana en la soberbia que esto a mucha gente les parece muy convincente, no en vano venimos de una cultura del más feroz casiquismo.
Los principios neoliberales quedarán perfectamente instalados en la sociedad española del futuro, y espero no volver a ver a las abuelas andando de rodillas por los templos para el perdón de sus muchos pecados y además convencidas de ello. Tampoco a jovecitos imberbes con los brazos en curz, purgando las culpas de sus malos pensamientos, que por desgracia nos acordamos. Parece mentira, pero fué desgraciadamete verdad.
Dejemos a Gallardón, Cospedal y Rouco Varela marcar la pauta, que todo se andará.
Que Dios nos coja confesados!
Brillante y culta exposición, don Salvador. Al menos en el plano teórico de las ideas bien pensadas, y mejor escritas. Nada que objetar, pues.
¿Y en la práctica. Qué podemos hacer en la práctica para salir del pantano financiero-economicista en el que chapoteamos? Porque no lo olvidemos, aunque volvamos al Siglo de las Luces, la luz no para de subir el precio, y hay que pagarla en euros, que por ahora parece lo menos malo ¿O no?
Aceptar estoicamente las "migajas de dolor" repartidas por el Sr. Gallardón, malo. Asumir el "¡que se jodan!", de la Sra. Diputada, ni de coña. "Trabajar más y cobrar menos", tal vez sea lo menos malo, si conseguimos olvidar quien tan "honestamente" lo proclamó… Rezar, como bien expone el Sr. Pintao, para volver ver a nuestras abuelas "arrastrarse de rodillas"… tampoco creo que eso baje la "prima de riesgo". O sea, estoy un poco perdido en este "Valle de lágrimas".
Siempre es un placer. Cordiales saludos para todos.
¿Qué pasa estimados amigos: pretenden apagar la luz o no pagar la luz?
La situación no es precisamente grata, pero de ahí a querer regresar a la Edad Media y al "jacho de tea"…
Venga, que si no elegimos… nos eligen. No se desanimen. A por la felicidad perdida.