La crisis de la Educación (II): entre El Álamo y los oasis.-

La evolución social y económica de las últimas décadas ha provocado una importante transformación en la institución de la familia. En la actualidad, muchos hogares tienen a ambos progenitores incorporados al mundo laboral y los porcentajes de padres y madres separados son crecientes. Ambas circunstancias trastornan uno de los cometidos que, tradicionalmente, ha cumplido la familia: educar. Así, si por un lado,  el tiempo que los padres dedican a la educación de sus hijos se recorta; por otro lado, la receptividad de los niños y adolescentes a los mensajes que transmiten los padres disminuye. El peligro radica en que los hijos rellenan los vacíos dejados por la familia en la formación con los caóticos mensajes de la televisión, de Internet o de los videojuegos. Se calcula que, solo ante la televisión, los niños y adolescentes pasan una media de tres horas diarias (situación que, además, puede acarrear problemas de concentración en los estudios, al desarrollarse tareas más lentas que requieren mayor aplicación).

Los conflictos suelen aparecer pronto cuando los jóvenes se incorporan a los Colegios e Institutos sin haber sido instruidos, no en contenidos, sino en valores primarios como el compañerismo, la solidaridad, el trabajo, la responsabilidad y el respeto. En definitiva, sin portar una idea aproximada de lo que está bien y está mal. Entonces, el alumno, aparte de no estudiar, genera problemas de convivencia en la Escuela.

Aunque la familia puede consensuar con los profesores estrategias para abordar esta situación, frecuentemente, los padres no escogen esta vía. En un porcentaje importante, no sólo no colaboran con los colegios sino que descargan su responsabilidad, haciendo culpables a los docentes del comportamiento y la actitud de su hijo. Dejemos que sinteticen este fenómeno las afinadas palabras de Fernando Savater (El valor de educar):

"El protagonismo, para bien y para mal de la familia en la socialización primaria de los individuos atraviesa un indudable eclipse en la mayoría de los países, lo que constituye un serio problema para la escuela y los maestros… Cada vez con mayor frecuencia, los padres y otros familiares a cargo de los niños sienten desánimo o desconcierto ante la tarea de formar las pautas mínimas de su conciencia social y las abandonan a los maestros, mostrando luego tanta irritación ante los fallos de éstos cuanto que no dejan de sentirse culpables por la obligación que rehúyen".

Por su parte, Juan Carlos Tedesco, en su obra "El nuevo pacto educativo", afirma que:

"Los docentes perciben este fenómeno cotidianamente, y una de sus quejas más recurrentes es que los niños acceden a la escuela con un núcleo básico de socialización insuficiente para encarar con éxito el aprendizaje. Para decirlo muy esquemáticamente, cuando la familia socializaba, la escuela podía ocuparse de enseñar. Ahora que la familia no cubre plenamente su papel socializador, la escuela no sólo no puede efectuar su tarea específica con la tarea del pasado, sino que comienza a ser objeto de nuevas demandas para las cuales no esta preparada".

En la actualidad, encuestas y estudios indican que los adolescentes están más influenciados por el grupo primario de su círculo de amigos y por la televisión que por la familia o los institutos. Sin duda, esta es una encrucijada preñada de riesgos para el futuro. Exponernos a que nuestros hijos queden sin una formación que los capacite para la convivencia social y para contribuir al progreso en el tramo de tiempo que les toque vivir, es dejar su porvenir a la deriva. Así pues, la necesidad del consenso es obvia y apremiante.

Los mensajes que la sociedad de consumo vierte sobre los jóvenes agravan esta problemática. La sociedad de consumo pretende convencernos de que nuestra felicidad depende de que compremos. La infancia y la adolescencia constituyen uno de los mercados más lucrativos. Se calcula que, en España, son más de cuatro millones de consumidores los incluidos en este tramo de edad. El inconveniente reside en que la carencia de ingresos propios limita la capacidad de compra de este conjunto, pues el gasto requiriere el visto bueno de los progenitores. Los altavoces de la sociedad de consumo han procurado estimular las posibilidades de compra de este sector, emitiendo discursos que enaltecen la madurez de los adolescentes y rebajan la certeza de los mensajes transmitidos por los padres. Se resta credibilidad a las figuras del padre y la madre y, también, del docente con el fin de desvalorizar los argumentos que estorban el consumo de los menores de edad. Películas, series de televisión, anuncios publicitarios, juegos, etc. muestran a muchachos inteligentes, nobles y fuertes, sorteando las incomprensiones de padres y profesores, que aparecen representados por estereotipos cargados de frustraciones y miserias. Se adelanta, artificialmente, la madurez de los jóvenes a fin de anticipar su mayoría de edad para consumir. Los adolescentes saben lo que hacen y lo que quieren. Se convierten, así, en consumidores de pleno derecho. Este discurso, que algunos sociólogos han denominado la "deificación del joven", y que legitima la presión que los adolescentes ejercen para doblegar la resistencia al consumo, conlleva complicar la función educadora de las familias y desacreditar el papel de la escuela. Según las conclusiones de la encuesta realizada por la consultora TNS, "la actual generación de jóvenes es una de las más consumistas. Al 65% de los encuestados les gusta ir de compras. Se independizan tarde y los padres (por la creciente incorporación de la mujer al mercado laboral) están cada vez más ausentes. Y cuando se trata de satisfacer un deseo, los chicos consiguen el apoyo financiero de mamá y papá. Están mimados. La mayor arma de negociación de los jóvenes es el sentimiento de culpabilidad y el cansancio de los padres" (Caprichosos y consumistas, La Vanguardia, Barcelona, 25 de noviembre de 2005).

Estos mensajes comportan más consecuencias no deseadas: muchos jóvenes interiorizan que lo que hacen está bien, simplemente, porque ha sido su elección. Un efecto extremo de este convencimiento de los adolescentes es la agresividad hacia los padres. Según psicólogos y psiquiatras, este fenómeno continúa siendo minoritario, pero crece aceleradamente, de modo que, en los últimos veinte años, ha disparado todas las alarmas. Para los expertos, las causas principales de las conductas violentas son "la hostilidad materna o paterna, seguido de la falta de comunicación con los hijos y un bajo control de los mismos". Los especialistas consideran que una de las mejores medidas preventivas residiría en "la mejora de la calidad de la enseñanza básica obligatoria, empezando por el número de plazas escolares en relación con el de profesores. Cuidar la formación inicial y permanente de estos profesionales y abrir los centros escolares al entorno, extendiendo la cultura de la convivencia, transmitiendo valores, normas y modelos basados en el respeto y la tolerancia" (¿Qué hacemos con la violencia juvenil?, El Mundo, Madrid, 10 de octubre de 2009).

Otra de las razones del fracaso escolar estriba en la conjunción de bajo nivel académico y  mala situación económica de lo padres. Como dice el sociólogo José Saturnino Martínez, "el fracaso escolar entre los hijos de universitarios es del 2%, mientras que entre los hijos de quienes no tienen estudios es del 40%" (¿Crisis de la educación?, El País, Madrid, 14 de enero de 2008). En otra de sus aportaciones, el mismo autor muestra que, en el año 2007, el 5,8% de los estudiantes de clase alta eran víctimas del fracaso escolar, la cifra aumentaba hasta el 24,4% entre los hijos de la clase obrera y llegaba al 31,4% en el caso de los alumnos pertenecientes al colectivo de agricultores y jornaleros (José Saturnino Martínez García: "Fracaso escolar, clase social y política educativa", Viejo topo, noviembre 2007). Este fenómeno no se ve paliado por la política de las administraciones de disminuir las partidas dedicadas a la enseñanza pública e incrementar la inversión en la privada concertada. Como afirma Concha Fernández Martorell, "cuando se habla de igualdad de oportunidades y luego se inyecta dinero público en los centros privados, se está llevando a cabo un discurso, por un lado, y unas actuaciones muy concretas, por otro, que, en último término, favorecen la desigualdad" (Entrevista a Concha Fernández Martorell, autora de El aula desierta, Montesinos, Barcelona, 2008).

Los padres deben ser el punto de partida y el eje de un acuerdo sobre Educación, porque si la sociedad demanda una actitud resuelta de la Administración, ésta abordará con decisión la financiación del sistema educativo y la problemática de la convivencia en los Colegios, y, si el profesorado se siente respaldado por la familia, desempeñará en mejores condiciones su labor. De no lograrse esta alianza, unos miles de profesores no podrán resolver los problemas que sufren millones de sus conciudadanos. Los colegios e institutos se tornarían en Álamos cercados por los problemas de una sociedad que, en lugar de colaborar, acosa a sus defensores. Quizás, el sueño para el futuro sería convertir El Álamo en oasis.

 

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