Hace años, John Kennet Galbraith, profesor emérito de economía en la Universidad de Harvard, opinaba, en un artículo publicado por El País, que buena parte del futuro de la humanidad dependía de la enseñanza. Dos eran las razones que le llevaban a esta reflexión: la primera que la educación "era la fuerza pacificadora más poderosa", al "igual que la ignorancia es la mayor fuente de conflicto"; la segunda, que no existía "ninguna población alfabetizada del planeta que sea pobre y no hay ninguna población analfabeta que no sea pobre". Según este prestigioso economista, a la vuelta del 2000, el mejor medio para escapar de la pobreza era darle "mayor importancia a la educación".
Otros investigadores coinciden con los planteamientos del economista americano. Gabriel Tortella, en su obra sobre el desarrollo económico de España durante los siglos XIX y XX, mencionaba un estudio comparativo sobre 21 países europeos donde quedaba establecida la estrecha relación entre niveles de educación y riqueza de un país, de modo que los naciones europeas con un alto grado de escolarización aparecían, décadas más tarde, como los países más desarrollados económicamente. Esta investigación fue aplicada a España con idénticos resultados: las provincias con mejores baremos educativos emergían, 20 o 30 años después, con las rentas per cápita más elevadas.
No sólo el progreso material, también la humanidad del hombre depende de la educación. Fernando Savater, en su recomendada obra El valor de educar, escribe que "para ser hombre no basta con nacer, sino que también hay que aprender. La genética nos predispone a llegar a ser humanos pero sólo por medio de la educación y la convivencia social conseguimos efectivamente serlo".
Podemos deducir que tanto la aspiración al progreso como el sueño de humanizar nuestro futuro justifican la inclusión de la Enseñanza en el equipaje que debe acompañar al hombre en su camino a través del tiempo. Sin embargo, esta continuada aportación al porvenir que se hace desde la Escuela se ve amenazada, en la actualidad, por la carencia de medios materiales y por la inexistencia de una disciplina democrática y razonable capaz de crear y sostener un ambiente favorecedor del aprendizaje en Colegios e Institutos.
En un informe elaborado hace años por los servicios de inspección de Gran Bretaña sobre los resultados de la reforma educativa que se implantaba en ese país, se llegaba a la conclusión de que el mismo proyecto había sido un éxito en la Enseñanza Privada y un fracaso en la Pública. La explicación que aportaban los inspectores británicos era rotunda: mientras la Enseñanza Privada disponía de medios materiales suficientes y de instrumentos para mantener la disciplina en los Centros Educativos, la Enseñanza Pública carecía de ambas cosas. Posteriormente, en Cataluña, se han realizado estudios similares que llevaron a conclusiones semejantes: medios materiales y disciplina son requisitos básicos para proporcionar una imprescindible enseñanza de calidad a la Sociedad. También, los impresionantes resultados del alabado sistema educativo finlandés provienen de los recursos que el fin de la Guerra Fría permitió trasvasar de las Fuerzas Armadas a la Educación. Tras la caída del Muro de Berlín, la Unión Soviética dejó de ser percibida como una amenaza y buena parte del presupuesto de Defensa engrosó la partida destinada a Educación.
La dotación de medios a las escuelas debe ser una reclamación de los estudiantes y los padres, una reivindicación de los profesores y una exigencia para los gobiernos. Escatimar las asignaciones a Educación con los niveles actuales de fracaso escolar no es la mejor manera de abordar el futuro de un pueblo. Un gobierno nacionalista no puede convertir la crisis económica en una excusa para recortar sino en un acicate para invertir.
La otra contingencia que amenaza con devorar la calidad de la enseñanza es la cuestión de la disciplina. Antes que nada, desactivar alarmas y prejuicios. No se trata de volver a la "escuela-cuartel" o al "reformatorio universal" porque la escuela debe formar a ciudadanos libres y, por tanto, debe ser tenazmente democrática.
Quizás sería bueno anotar, como hace el propio Fernando Savater, que la palabra "disciplina" "proviene de discipulina, compuesto a su vez de discis, enseñar, y la voz que nombra a los niños peripuella". Vocablos que, también, tienen relación con la palabra discípulo, según el Diccionario de la Real Academia Española, persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro. La aceptación de esa dirección del profesor a la que alude la Real Academia es intrínseca a los procesos de aprendizaje. La disciplina es esencial para educar a los discípulos. Pensemos que, inevitablemente, para aprender una cosa es necesario practicar, una y otra vez, hasta que se domina un tema o una habilidad. Esto requiere un esfuerzo y un rigor que no siempre se obtienen de jóvenes que, por su inexperiencia, no comprenden todavía el sentido de formarse y de saber. Más, cuando tienen a su alrededor, proporcionados por la moderna sociedad de consumo, decenas de entretenimientos que les ofrecen más diversión, sin exigirles, a cambio, sacrificio alguno.
La eficacia docente no puede garantizarse en centros educativos donde hay alumnos desinteresados que deterioran la convivencia en el seno de la comunidad escolar con abusos, amenazas, maltratos a compañeros, insultos a profesores, saboteo de las clases, roturas de material o agresiones físicas a docentes. Cada vez más colegios e institutos se encuentran con alumnos niñatos (dícese del joven sin experiencia), que se comportan como brutos (persona violenta, ruda, carente de miramiento) y que llegan al grado de abusadores (persona que usa su mayor fuerza o poder para tratar indebidamente a otra) sin que la escuela encuentre medios para preservar la docencia, instrumentos para proteger el derecho a la enseñanza de los demás estudiantes (la mayoría), ni recursos eficaces para, con una postura firme, convencer y encauzar a estos alumnos que, equivocadamente, han adoptado esa actitud.
Un sector relativamente amplio de padres escasamente colaboradores, una administración educativa llena de prejuicios y temerosa de la impopularidad que conllevaría una actuación decidida y un profesorado intimidado y pasivo han confluido para que este aspecto de la crisis adquiera carácter crónico y sea imposible de resolver desde los parámetros actuales.

