INVESTIGA QUE ALGO QUEDA

España es un país que históricamente no ha apostado por la Ciencia, de hecho se ha permitido el lujo de pregonar una penosa frase lapidaria: "Que inventen ellos". Secularmente no ha arriesgado en crear escuelas o líneas de investigación, desperdiciando el talento de estupendos científicos por las cortapisas administrativas, la desidia social, la envidia, las ingerencias de la iglesia y muchos otros disparates sin sentido ni lógica que echaron por tierra años de indagación.

Hace unos cuatro años la ministra Cristina Garmendia decía que España realmente estaba consiguiendo traducir su potencial científico en una economía ganadora e internacionalizada, y, emulando a su presidente, nos incluía en la "Champions" de la investigación científica mundial, recordándonos que en poco más de dos décadas habíamos pasado del puesto número 30 al número 9, lo que implicaba que por primera vez estuviésemos por delante de países como Rusia, Suiza, Australia, Italia, etc., tanto cuantitativa como cualitativamente. Asimismo comentaba que eran necesarios crear unos 50 ó 60.000 científicos nuevos, pues nuestra media, en ese aspecto, es muy inferior a la europea. ¿Para qué queremos formar a tantos si a los que ya tenemos los maltratamos? Por ese entonces comenté indignado con algunos colegas que lo que realmente se debería hacer es facilitar la labor y ayudar a los que ya están. Según ella, todo esto debería estar vertebrado por la nueva ley de Ciencia que daría facilidad y estabilidad a los jóvenes investigadores españoles y una mayor implicación a las empresas. Igualmente, nos dijeron que iban a incrementar el PIB que se dedica a la investigación hasta alcanzar el 2% de la media europea.

Pues va a ser que no. Resulta que donde dije digo, digo Diego. Han pasado los años y ahora expelen por esa boquita mentirosa que suelen tener muchos de nuestros políticos que solo hemos llegado al 1,3% del PIB, y que además lo vamos a reducir aún más, y para que no queden dudas de su torpeza nos comunican que se están cerrando algunos departamentos de investigación del CSIC, como el de Agroecología o el de Física Teórica, y que la cosa no se va a quedar ahí ya que se plantean cerrar un tercio de los centros del CSIC, y nos dicen que todo es para buscar la excelencia en la investigación. En este punto de mi vida no sé si creerme lo de la excelencia, ya que hemos apostado por producir en grandes cantidades amorfos sociales.

Mientras tanto España cae por debajo de la media europea en innovación, casi al mismo ritmo que se nos van muchos de nuestros mejores cerebros. Y en lo que respecta al tan cacareado I+D + i (Investigación, desarrollo e innovación), resulta que el más apoyado por el estado es el I+D de asimilación, que comprende y absorbe los resultados de la investigación extranjera, ya que requiere una reducida inversión. Algo así, como: "Inventa tú que yo te lo compro".

Pero, señores, la realidad es que quien nos tiene que sacar de la crisis y de la mediocridad en la que está enterrado este país es la Ciencia, y el vehículo de nuestra lengua debe facilitar el diálogo para conseguirlo.

Hacer Ciencia es realmente muy caro, libros y material cuestan una verdadera fortuna, y además lleva mucho tiempo completar un proyecto de investigación, de ahí la importancia de las ayudas económicas en forma de becas y subvenciones.

Mientras tanto, en este país a los que investigan les quitan las ayudas, les racanean las subvenciones, les burocratizan los proyectos y les cercenan las ilusiones y las ganas. Todo debido al desinterés que muestran estas administraciones dirigidas por incompetentes casi siempre más pendiente "de lo suyo".

Pero de nuevo tropezamos con la realidad. Así, por ejemplo, en el campo de la biodiversidad son muchos los profesores de Enseñanzas Medias que, utilizando su tiempo libre y gastando su sueldo -sin recibir nada a cambio-, llevan a cabo una labor impagable en el campo de la investigación. Como diría el poeta: "País de charanga y pandereta…"

 

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