La Naturaleza en mi calle: primavera

Eran tiempos de pantalones cortos y calzoncillos de algodón que asomaban por debajo del vuelto, de polos apretados y suéter de lana o anorak, rematado todo con un corte de pelo al alemán y unas enormes ganas de conocer cuanto nos rodeaba. Por eso hacíamos cacerías de bichos, sabandijas o de cualquier animal pequeño que apareciese por el barrio. Así, los íbamos reconociendo mientras averiguábamos sus nombres para luego -tras un inmediato aprendizaje- reafirmarlo entre los amigos. Discutíamos sus costumbres y poco a poco casi sin querer nos llenábamos de conocimiento y naturaleza.

Casi todos los años, con la llegada de la primavera solía visitar nuestras farolas de manera sigilosa un búho chico que en sus continuas idas y venidas capturaba los zorros que hipnotizados revoloteaban entre las luminosas luces de la calle, llevándose si la ocasión lo permitía alguna rañosa o salamanquesa despistada (con la globalización hemos importado el nombre de perenquén), pues también solían acudir para dar cuenta de los abundantes zorrillos. Nosotros, expectantes y boquiabiertos esperábamos que algún apagaluz cayese al suelo, cual Ícaro deslumbrado, para rápidamente socorrerlo tirándolo hacia el cielo.

Igualmente, era costumbre recoger burriquitas, chupasangres y cochinitas que guardábamos en nuestros acartonados terrarios de cajas de zapatos donde intentábamos crear las condiciones naturales de su entorno: hierbas, tierra y piedras con algún trozo de fruta que hiciera más llevadero su cautiverio, aunque superados los primeros días dejábamos en libertad para dedicarnos por entero a la cría de los gusanos de seda que todos los chicos orgullosos sacábamos a la calle para presumir del número y tamaño de nuestras "mascotas".

Una entretenida competición consistía en espulgar las plantas callejeras para recoger en tarros de cristal -mientras estaban devorando los abundantes pulgones- todas las mariquitas o sanantontones que se escondían entre sus hojas, actividad que estos escarabajos abandonaban al sentirse agrupados para pasar inmediatamente a la cópula, enseñándonos que la naturaleza no desperdicia ni un segundo de vida.

Otro deseado objetivo era encontrar las poco frecuentes adivinas, a las que se les pedía todo tipo de acertijos siempre con la misma letanía: "adivina, adivina quién es el próximo que la empina". Sin embargo, existían muchas otras interpelaciones en función del momento o los propios acontecimientos del devenir cotidiano.

A finales de la primavera eran continuas las alegres excursiones al estanque de Nazario, éste nos surtía de toda una variopinta gama de bichos. Allí, agazapados entre los hierbajos, esperábamos pacientemente el croar territorialista y de cortejo de la rana común que, a veces, encaramada en los bordes solía tomar el Sol. Asimismo, eran muy frecuentes los renacuajos y sus terribles depredadores los cortatijeras que criábamos  junto con los pequeños peces multicolores en garrafones y tarros de cristal. Alimentados con miguitas de pan, todos ellos eran expuestos en las aceras como si de un concurso de belleza se tratara -en espera de la fase final de la metamorfosis- sorprendiéndonos siempre el casi mágico transformismo de las ranas y la belleza desprendida en el sutil momento del desplegar de alas de las emergentes libélulas.

También era temporada de competitivos y extenuantes trinos eternizados entre los muchos cazares de canarios y milleros enjaulados que junto con la artesanal prisión de caña de los capirotes, adornaban la treintena de comercios del barrio: una zapatería, tres carpinterías, un taller, tres tabaqueros, dos "estudios" fotográficos, dos peluquerías, tres dulcerías, dos panaderías, una sastrería, un mayorista y diez ventas (seguro que alguno más se me escapa), en poco más de 200 m de vía pública. Tan prolífica y variada gama de pequeñas empresas, deja muy a las claras la inquietud emprendedora de mis vecinos y el instinto de supervivencia. Tal profusión de gorjeos trinados se mezclaban con el alborotado piar de los, por ese entonces, abundantes pájaros pollos, palmeros de adopción, que anidaban en los canalones de las casas o entre los muchos huecos de las tejas, incluso temerariamente en cualquiera de los cajetones de la luz o de telefonía que trazaban y afeaban nuestras fachadas. Igualmente, pasábamos muchos instantes observando en muros y azoteas el arrullar de los henchidos palomos buchones que cortejaban a las hembras de los palomares vecinos y rivales, momentos solo quebrados por la llegada casi furtiva de los tabobos o abubillas que revoloteando espasmódicamente iban de tejado en tejado buscando entre las tejas algo que llevarse al pico, o el siempre fugaz vuelo acrobático de las anduriñas o vencejos persiguiendo a ras de suelo y con gritos estridentes a todos los insectos voladores del momento.

Sí, recuerdo con nostalgia que disfrutábamos de la calle y como ésta se convertía en nuestro jardín particular.

 

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