La Naturaleza en mi calle: otoño

Probablemente porque me siento atrapado en la nostalgia, les voy a relatar como no hay que irse muy lejos ni ser muy mayor para disfrutar de todo un mundo de naturaleza, que casi sin darnos cuenta se ha ido diluyendo de nuestras calles como un azucarillo. En definitiva un borbotón de emociones y pasiones perdidas para siempre ¿o tal vez no? Para ello voy a utilizar el barrio de mi niñez y comenzaré por el otoño pues fue la estación que me vio nacer.

Me crié en las proximidades de la ermita de San Sebastián, en el barrio de la Canela, justamente en una de sus transversales, la calle San Miguel paralela a "Francisco Abreu" y al "Callejón Cagado". Siempre fue, y sigue siendo, un lugar tranquilo de momentos pausados con olor a dulces y canela, de empinados caminos con pedregosos suelos construidos con el callado robado al mar, que solo unos pocos coches se atrevían a recorrer.

Disfruté mi infancia en este mundo antrópico de humildes casas terreras de gruesos muros coronados por alicatadas tejas árabes que "morían" en los canalones de los patios interiores. Estos estaban adornados por artesonados de madera, pilas de agua, balcones y alzadas escaleras con destartalados escalones desgastados que te llevaban a las azoteas. Allí se localizaban las tendederas entremezcladas con desvencijados refugios para gallinas, palomas y conejos que nos hablaban de una economía limitada y de subsistencia. Ese era mi biotopo.

Así comencé a disfrutar de la naturaleza, hurgando entre los intersticios terrosos de sus calles empedradas, donde crecía una variopinta amalgama de plantas ruderales que a veces se tornaba frondosa -sobre todo en los laterales y márgenes de las aceras- por lo que los vecinos se afanaban en arrancarlas, y nosotros en espulgar para sacar de entre ellas una miscelánea de formas, flores, olores y bichos.

De entre los recuerdos más lejanos tengo el casi a diario despertar matutino entre el balar de las cabras y el tintineo de sus cencerros. Estos rebaños de rumiantes te hacían saltar de la cama, como la campana salivar al perro de Pávlov. Recorrían el barrio mientras eran ordeñadas por el cabrero R. Charijo. Siempre ante mis adormilados y legañosos ojos, que impávidos observaban como dejaba caer, en mi abollada jarra de aluminio, ese delicioso y tibio manjar desde aquellas enormes y apretadas ubres.

Luego venía la obligación de ir al chorrito de Cajita Blanca, a buscar baldes de agua para la comida y limpieza del hogar, pues la media paja que llegaba a nuestras casas era insuficiente para todo el personal que disfrutaba de ella. Eran colas interminables entre señoras mayores que no hacían sino recortar nuestro tiempo de libertad, hasta que un día a uno de nosotros no se le ocurrió otra cosa que "restregarle" por los muslos, a una de ellas, un manojo de ortiguillas. Jamás había visto correr tanto a una octogenaria. Si nos alcanza, nos pone en órbita como al Sputnik…

Después de un par de semanas arrestado por cómplice, el ocio mañanero se invertía en pensar en las estrategias de juego. Así, se preparaban los rincones de la calle, se quitaban hierbas y se dejaban otras, se abrían grietas para jugar al boliche, tanto a "gongo" como a "cate" o se quedaba con los amigos para organizar la tarde en pilladas, escondites, gallito inglés, piolas, planto, marros, alerta, la comba, etc., a no ser que en el crepúsculo y debido a las primeras lluvias surgieran por cientos, como un exótico enigma, unos pequeños escarabajos -que llamábamos bombones de lluvia– que con su lento y pesado vuelo a ras de suelo capturábamos para luego dejarlos despegar desde nuestras manos o azoteas.

Con los intensos chaparrones de aquella época, los chiquillos nos refugiábamos en los zaguanes a la espera de que escampase para inmediatamente ir corriendo con nuestras botas de aguas y los calcetines embutidos en sus bocas (para que no nos hiciera daño), a meternos en las muchas barranqueras y charcos que se formaban mientras tirábamos palitos y tablas que perseguíamos calle abajo hasta la Plaza de San Sebastián. También a consecuencia de este agua, desde los desagües de las casas salían negras y peludas ratas que los chicos hostigábamos con piedras y palos en una alborotada algarabía de gritos histéricos.

Otro acontecimiento en estos lejanos tiempos, era la aparición del interesante y poco frecuente ciempiés que cuando su hábitat se transformaba demasiado por la humedad, se desplazaba hasta otros lugares. En estas migraciones solía entrar en las casas y llegar a ser un problema para las personas. Aún retumban en mi cabeza los lamentos y gritos de dolor de una señora a la que le había picado uno de estos bichos, algo que como una impronta ha quedado en mi subconsciente en forma de un gran respeto por estos animalitos.

Cuando llegaba noviembre era toda una liturgia buscar las cotizadas latas de aceite de cinco litros, las tachas, el alambre, las virutas de madera y las castañas para luego celebrar los San Martines correteando por las calles con ellas incendiadas por hachos ateados -que desprendían humeantes torbellinos- y en cuyo interior se asaban las castañas que luego devoraríamos con avidez, al grito de "San Martín tirín tintín fuego a la castaña y mano al barril".

Aunque es solo una pincelada, creo que me he extendido más de lo que pensaba y por ello solo me he limitado al otoño, pero ha quedado claro que vivíamos la calle y que era nuestro lugar de esparcimiento y contacto con la naturaleza. Las demás estaciones, serán otras historias…

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