La Naturaleza en mi calle: invierno

El invierno con las copiosas lluvias y la humedad imperante hacía que el pavimento se tornase verde como un prado de césped. Las plantas en su mayoría eran nitrófilas y se desarrollaban por doquier dando un encantador aspecto de salvaje y abandonado, pero permitiéndonos, en innumerables ocasiones, tener una botica en la misma puerta de la casa, que en determinados momentos servían para la aplicación de la socorrida medicina popular. Así podíamos encontrarnos por todas partes con cagaleronas utilizadas como remedio casero para el estreñimiento; de igual forma, las ortigas muertas, temidas y temibles por sus pelos urticantes, eran usadas como laxante. Mucho más frecuente eran los cerrillos y gramíneas que periódicamente eran utilizadas por nuestros perros y gatos para purgarse y así eliminar las bolas de pelos del estómago o las malas digestiones de alguna imprudente comida. Igualmente, eran abundantes los quemones, cotizado alimento para los canarios enjaulados. Otra hierba muy profusa era el incordioso amorsécalo pequeño usado en ocasiones para hacer gargarismo. Otra planta buscada era el llantén, cuyas hojas se empleaban machacadas como cataplasmas en heridas, llagas, quemaduras, picaduras de insectos o para el cuidado y lavado de los ojos,  aunque ante su escasez se solía mezclar con la manzanilla la cual a su vez se utilizaba para calmar el estómago. Una intimidante planta era el estramonio que con sus hermosas y acampanadas flores blancas hacía que entre nosotros susurráramos "es la semilla del diablo" y haciendo corrillos contábamos casos de que alguien dijo que dicen que puede causar locura, alucinaciones y muerte (es un potente somnífero psicotrópico muy tóxico). No se le queda atrás en toxicidad la cicuta, presente en huertas y parcelas abandonadas, y otras muchas plantas que simplemente se quedaban colgadas de tejados y grietas como los bejeques, verodes, lechugillas, etc.

            Por las tardes, cada vez que el tiempo nos daba una tregua, emprendíamos alegres y fugaces excursiones hasta las diferentes plazas (Santo Domingo, San Sebastián y la algo más lejana y señorial Plaza de España) todos al unísono grito de: ¡Tonto el último! O el menos políticamente correcto de ¡Maricón el último! Corríamos, brincábamos, nos peleábamos y poníamos en tela de juicio nuestro valor saltando desde muros imposibles al voceo de: ¿A qué no te atreves? O el afrentoso ¡Eres un gallina! Luego al atardecer y ya más relajados retornábamos a nuestros entretenimientos cotidianos en las proximidades de nuestras casas.

En esta estación jugábamos con los asiduos caracoles que recogíamos por doquier y que guardábamos en nuestras cajas de zapatos o de dulce de guayaba -estas eran todo un lujo- utilizadas como socorridos terrarios o para guardar nuestros más íntimos tesoros (conchas, boliches, estampas, etc.). Los alimentábamos con las frondosas hierbas de la zona para luego entretenernos echando carreras y apostando a quién sacaba el cuerpo antes, animándolos normalmente con canciones como: "caracol corol col col saca los cuernos al sol que tu padre y tu madre ya los sacó".

A veces, en las frías tardes de invierno -entre soplidos y bufidos- comenzaban las enceladas serenatas gatunas. Veladas que frecuentemente -como el lacónico llanto de un niño en la distancia- llegaban con su letanía hasta el justo instante del reparador sueño. Al mismo tiempo, estos maullidos quejumbrosos que nos adormilaban nos hablaban de peleas y riñas por el territorio y el amor de alguna gatita.

También eran muy habituales en casi todas las viviendas del barrio, los perros caseros, aunque desde luego no le iban a la zaga los callejeros. Era muy normal encontrarlos deambulando por las esquinas en busca de algún resto de comida o alguna bolsa de basura, puesta a destiempo, que rápidamente rasgaban y esparcían todo su contenido por la vía. Asimismo, era usual ver jaurías organizadas de chuchos apostados en la puerta de aquellas casas que tenían alguna perrita en celo siempre atraídos por la idea de trincar o persiguiendo furtivamente a las escapadas de sus hogares y que por riguroso orden jerárquico iban montando, hasta que el macho alfa con su hueso peneano echaba el "nudo" que los vecinos intentaban "desatar" con palos y cubos de agua mientras los chiquillos los observábamos.

En esos años, muy de cuando en cuando y de un súbito impacto -como si se tratara de un meteorito abatido desde el cielo- golpeaba las paredes iluminadas y caía a tierra un escarabajo rinoceronte. Todos corríamos en su busca, al encontrarlo nos disputábamos la posesión de este impresionante insecto que se defendía haciéndonos oír sus amenazadoras estridencias. Chirriantes sonidos que surgían al frotar entre sí el abdomen y los élitros de este hermoso animal. Era un gran "trofeo" que ofrecía durante días mucha distracción y prestigio a su poseedor.

Así, entre juegos y hallazgos, lentamente se nos iban pasando las eternos días invernales. Aunque pronto nos alcanzaba la primavera…

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