El Veneno que nos ronda

Desde siempre hemos utilizado todas las armas mecánicas o químicas disponibles para recoger los frutos de la naturaleza y mantenernos saludables. Así, sin viajar muy lejos, nuestros antepasados utilizaban el látex de las higuerillas y cardones recién cortados para sumergirlos en las charcas intermareales y asfixiar a los peces que luego recogían. Asimismo, hacían purines de albahaca, ortigas o helechos para combatir los pulgones en nuestras cosechas. Igualmente, sahumaban con hierbas aromáticas y colocaban dientes de ajo u hojas de laurel para eliminar los nidos de cucarachas. También depositaban ramas de eucalipto bajo las camas, esparcían semillas de camomila, lavanda o cilantro en el canasto de su mascota y plantaban estas hierbas en el jardín ya que su olor repele a las pulgas… Pero poco a poco, ante la demanda de más recursos e higiene, el uso de plaguicidas químicos se ha convertido en una práctica abusiva para el control de afecciones tanto en el campo como en la ciudad. De manera que se utilizan contra plagas agrícolas, forestales y las que afectan a los productos almacenados; asimismo, contra plagas domésticas en el interior de las viviendas, en la jardinería, en los campos de golf, en los edificios públicos, en las bodegas, en los puertos y aeropuertos, etc. Nada se libra, nadie está libre.

Los plaguicidas o pesticidas son sustancias químicas altamente tóxicas que se esconden bajo nombres como: herbicida, fungicida, nematicida, insecticida, rodenticida, acaricida, larvicida, ovicida, molusquicida, etc., y tienen en común que todos detienen los procesos que mantienen y producen la vida. Fueron diseñados y fabricados para matar, no para curar ni mejorar, eliminando muchas más especies de lo que dicen sus etiquetas. Tenemos que tener muy claro que no son sustancias inocuas y que producen síntomas como: irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, electrocardiogramas anormales, daño renal y están probados sus efectos carcinogénicos y de alteración reproductiva en animales. Con una base de más de 100.000 sustancias químicas sintéticas en el comercio mundial y casi 1.000 nuevas sustancias cada año, hay muy poca probabilidad de detectar su destino en los ecosistemas o cuantificar sus efectos en los seres humanos y otros seres vivos hasta que el daño es evidente. El problema radica en la toxicidad a largo plazo de estos compuestos, con el agravante de que la distancia en el tiempo entre la aparición de los síntomas y la exposición puede hacer que ni el paciente ni el observador asocien la patología con el elemento productor.

Igualmente hay que decir que en la mayoría de los casos el veneno no es selectivo y se acumula en la cadena trófica. He visto, en Buenavista, cómo un agricultor ha colocado cebos para que el lagarto no le coma la viña y a los pocos minutos varios cernícalos caían fulminados. También hay que resaltar que estos productos pueden crear resistencia en los animales y plantas atacados que luego se desarrollan sin competencia por la eliminación de sus propios controladores naturales. Es decir, al final habrá más lagartos que deberán ser "fumigados" con productos mucho más potentes, creándose una "escalada tóxica".

Todos hemos oído historias de personas que se han sentido mal y que han tenido que ir al médico por estar "accidentadas" con pesticidas de forma consciente (suicidios con fosferno, furadán, etc.) o involuntaria. Recuerdo, recientemente, el caso de un vecino de Puntagorda que utilizó veneno para eliminar varias decenas de grajas que se comían sus uvas: fue tan eficaz que hasta él se emponzoñó. De todas formas estos son datos que están en poder de Sanidad, y ya se sabe que sus responsables siempre han sido reacios a presentarlos en público, pues no saben o no quieren ver la relación entre agrotóxicos y salud.

La realidad es que, cuando paseo por el subsuelo, observo que -en aquellas cuevas próximas a zonas cultivadas- están desapareciendo muchos de nuestros troglobios endémicos, que a su vez están siendo sustituidos por cucarachas y animales introducidos con una amplia valencia ecológica que resisten todos los plaguicidas que gastamos en mantener nuestros cultivos. Esto implica que nuestro suelo, al igual que nuestra superficie, se está contaminando lenta pero inexorablemente, con todo lo que eso significa para nuestras islas, ya que prácticamente todo lo que bebemos lo extraemos de los diques y mallas que recorren las entrañas de nuestra Tierra.

Hace unos pocos días leía un comentario -en un periódico de tirada nacional- sobre un estudio científico donde se afirmaba que la exposición a insecticidas organofosforados usados en ciudades y campos afecta a la inteligencia, ya que produce un deterioro del desarrollo cognitivo. A veces se nos está vendiendo por "verde" puro veneno, y por "sostenible" lo inadmisible, por no decir insalubre, y resulta que nos lo creemos. Con tanto monocultivo… Así nos va.

Lo cierto es que la ambición y la necesidad hacen que se pierda el respeto por la naturaleza y se altere el sentido común al ver como un enemigo a todo aquel que discrepe sobre estos usos y abusos.

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