El Pico de la Cruz

Debe ser que me estoy haciendo viejo o quizás la llegada de la primavera, y tal vez sea por eso, que me apetecía invitarles a mi lugar favorito. De él podría escribir muchas páginas, pero hoy solo les daré unas pequeñas pinceladas, siempre cambiantes con las estaciones.

Las islas Canarias son, según decía de manera muy gráfica el humorista "Pepe Monagas" en sus cuentos, "…cagaditas de moscas… en un napa…", pero pocas veces se ha dado, en tan poco espacio sobre la Tierra, tal cúmulo de circunstancias que haya permitido realizar tan increíble despliegue de exuberancia a la naturaleza.

Dentro de este archipiélago existe una Isla provocadoramente mágica, cordialmente pequeña y colmatada de sutiles rincones. En muchos de estos espacios se destila puro encanto que narcotiza nuestros sentidos y exalta nuestros sentimientos.

Hace mucho tiempo que llevo recorriendo mi Isla tanto por la superficie, arañando barrancos, saltando andenes, descansando en fajanas y salvando verticales desniveles que pueden hacer, por unos instantes, que tu constante sonrisa se convierta en una mueca cadavérica ante el puñetero "Paso de la Pitera". Como asimismo me he aventurado por las entrañas del subsuelo palmero sorteando columnas magmáticas y arrastrándome por gateras de escoria -en busca de un asombroso infinito- de nombres hiperbólicos como "La Gran Putada". Igualmente, he nadado en plácidas calas y me he sumergido bajo las transparentes aguas oceánicas persiguiendo ilusiones y fugaces sueños iridiscentes.

Pero de todo lo que he descubierto en La Palma, quizás lo que más me ha maravillado es el Pico de la Cruz. La perspectiva que se tiene desde aquí de nuestra catedral del agua es inmejorable, podríamos decir que es una miscelánea geológica, botánica y faunística, condimentada con una cúpula celeste recomendable a cualquier aventurero que visita nuestras tierras. Es una mole rocosa de 2356 m de altitud sobre el nivel del mar que guarda en silencio todas las entradas del Reino de Aceró mientras vigila las andanzas de Abora e Iruene, al tiempo que actúa como vértice geodésico.

Si nos aventuramos a cabalgar (si no se tiene vértigo) sobre un farallón que la encumbra, divisaremos a nuestros pies una fortaleza en todo su esplendor que es nuestro más internacional exponente geológico: La Caldera de Taburiente.

Si nos atrevemos a pasar la noche en su terraza comprenderemos lo insignificantes que somos al contemplar un mundo exterior lleno de estrellas y planetas. Veremos así uno de los espectáculos más increíble constituido por un oscuro cielo (el mejor del hemisferio norte) que derrocha fantasía en forma de cientos de millones de puntitos blancos. Aunque igualmente grandiosos son los amaneceres por detrás del Teide (según la época del año) con un mar de nubes blancas a tus pies. Es de las ilusiones ópticas más gratificantes para los sentidos y el alma.

Desde este eje que divide casi simétricamente nuestra corona se pueden observar nuestras fronteras y nuestros vecinos insulares. Si prestamos atención captaremos el símbolo fálico de los auritas, también divisaremos las imprevisibles y cambiantes playas de Taburiente bañadas por el serpenteante río encajado por estratificadas laderas verticales, reticuladas por miles de fisuras filonianas y adornadas por los campos cultivados en las Casas de Taburiente.

A nuestra diestra veremos -tan lejano y tan distante- el millonario complejo astrofísico colgado en el abismo. A la siniestra se encuentra un torreón, El Bejenado, que cierra nuestra fortificación. Detrás de él, un mar de nubes que se desfleca en una cascada sobre Cumbre Nueva; más lejana se divisa Cumbre Vieja, un macizo volcánico que cuando emerge entre las nubes recuerda una segunda isla. Al final, allí donde desembocan nuestros sueños que mueren en el mar, nos encontraremos con la monotípica riqueza de nuestra agricultura cada día más apagada por plástico y ocultos intereses que se despachan desde el puerto de la desolación.

 

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