El futuro del mar

Hace unas semanas vi el documental (se los recomiendo) "The End of the Line" (2009) que revela el impacto de la sobrepesca en nuestros océanos, lo cierto es que me sobrecogió pues analizaba, entre otras cosas, la inminente extinción del atún rojo llevada por la creciente demanda occidental de sushi. Una de las muchas "perlas" que ofrecía a modo de denuncia es que Mitsubishi está acaparando las capturas del atún rojo del Atlántico hasta casi llevarlo a la extinción (no pescan solo compran). Así llevan varios años, almacenando en gigantescas naves congeladoras el 70% de las capturas, que se calcula en unas 60.000 toneladas (una verdadera fortuna). Ahora que apenas quedan ejemplares, esta compañía es la principal conservacionista de esta especie que ellos mismos han agotado, por lo que se han apresurado en hacerse protectores de la misma, para inmediatamente controlar el mercado al haber acaparado toda la producción. Lógicamente las demás empresas y los demás países no están de acuerdo y proponen pescar hasta el último atún sin importarles en lo más mínimo lo que pueda pasar en el futuro. Esto se ha podido constatar hace unos días cuando, en una reunión de la CITES en Qatar, se rechazó la propuesta de prohibir pescar este pez (43 votos a favor, 72 en contra y 14 abstenciones), lo cual llevará a sus poblaciones al borde del precipicio.

Mientras veía este documental me acordé de cuando era un crío y me acercaba por las tardes, en los meses de bonanza, al malecón marítimo o a la muralla del muelle para ver pasar los miles de atunes, patudos barrilotes, rabiles, albacoras, toninas, etc. que durante días iban cruzando nuestras costas en sus migraciones anuales y que nuestros pescadores de altura buscaban para atraparlos con sus rústicas cañas de bambú y sus "cerecos" de mimbre donde se enrollaba la "liña" cargada de matadores anzuelos -zafra que luego descargaban desde sus bermeanos por la segunda meseta entre un jolgorio de gentes asombradas por los hermosos frutos que llenarían nuestras mesas y sus bolsillos-. Pero todo esto desapareció, aguas abajo, en la década de los 80 cuando los pesqueros palangreros de compañías multinacionales comenzaron a extender artes tan agresivas como las redes de cerco a la deriva y los palangres kilométricos (más de 100 km de cordel). Y es que no tenemos remedio: con este lamentable uso y abuso han esquilmando nuestras despensas y futuro.

La realidad nos dice que los efectos de la sobrepesca son demoledores, dejan diezmados los caladeros y alteran los ecosistemas, creando así un problema global de desequilibrio, propiciando la desaparición de unas especies y el desarrollo anormal de otras que a su vez rápidamente son agotadas con la consiguiente pérdida de biodiversidad. Pero está dinámica destructiva también afectará a la calidad del agua ya que, al haber menos especies, en no mucho tiempo caerá en picado la capacidad de "efecto tampón" para amortiguar los cambios.

El desolado futuro del mar que algunos científicos pronostican ya está teniendo lugar en los bancos del norte, donde las áreas sobreexplotadas han derivado en un ecosistema ecológico vulnerable ante la inminencia del colapso total. Un claro ejemplo es lo que está ocurriendo en el Mar del Norte, donde la desaparición del bacalao está favoreciendo el aumento de las poblaciones de gambas y langosta (sus presas potenciales), con lo que las compañías pesqueras han cambiado sus artes para aprovechar esta bonanza; así se va agotando una especie detrás de la otra, con el consiguiente debilitamiento de la salud de los ecosistemas y la inevitable destrucción del mañana.

Creo que el hombre no va a cambiar, hemos organizado nuestra economía de manera irracional en torno al consumismo salvaje de cualquier cosa. Por eso arrasamos caladeros de peces con los que hacer piensos para el engorde de las especies de granja (pescamos más que lo que producimos luego con ellos). Será muy difícil salir de esta espiral si continuamos con la misma tónica y por eso sabemos que nuestro mar va a agonizar o tal vez morir.

Un ejemplo: hace mucho tiempo que no se ve un merlín o un emperador en los supermercados (prácticamente agotados) y mucho del pescado fresco que consumimos es de piscifactorías (doradas y lubinas) o bien viene de países exóticos (viejas de Mauritania, salmonetes del Senegal, etc.).

Las reservas marinas son absolutamente necesarias, así que mi propuesta, desde este humilde rincón virtual y más concreto ciñéndome al caso de La Palma, es que se amplíe la que existe o bien se cree alguna más. También propongo que se realicen paradas estacionales en las áreas permitidas si queremos tener futuro. Eso lo tenemos que reclamar nosotros, los palmeros de a pie, a nuestras autoridades. Deberíamos dejar descansar el mar para que tenga tiempo de recuperarse. Por favor, ejerzamos -como condición necesaria- un férreo control de los pesqueros y la utilización de artes que permitan una pesca sostenible.

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