Recientemente, vía Facebook, he tenido ocasión de leer una reflexión compartida por uno de aquellos jóvenes que, como diría el periodista, escritor y apasionado del mar, Ángel Tristán Pimienta, llegó al mundo de la vela por el “acceso optimist”.
Se trata del grancanario Alberto López-Amado Barros, regatista, monitor de tecnificación de vela ligera, y por ende entusiasta de este mar que nos rodea, entusiasmo que comparte con la fotografía, otra de sus aficiones, y que también le ha reportado algunas satisfacciones en forma de premios en algún concurso, aunque como él dice, siente un gran respeto por los verdaderos fotógrafos.
Pero si el verdadero fotógrafo es capaz de plasmar el sentimiento de un instante, creo que estamos ante uno de ellos. En la fotografía que acompaña este texto, Alberto captó a su hija a bordo de un optimist que destaca sobre un fondo que no está nada claro, como clara es la determinación con que la niña aferra el timón y la escota, mirando hacia delante consciente de que puede, y debe, afrontar cualquier interferencia que afecte a un rumbo que solo ella determina.
Si algo aprendí navegando es el espíritu de sacrificio, mientras otros niños veían la tele o jugaban, uno se pegaba cinco horas en el agua pasando frío y algo de hambre. Mientras navegas te olvidas de los problemas, estás concentrado, desarrollas un sexto sentido que no sabría explicarlo, aprendes a buscarte la vida por ti mismo. Eso sí, siempre disfrutando del viento y el mar, por eso siempre he recomendado que los niños hagan un curso de iniciación, aunque luego no sigan navegando.
Que un niño de 10-11 años salga a navegar a las 10:00 de la mañana y regrese a las 15:00 horas dice mucho de ellos. Mientras una inmensa mayoría está el sábado con la tablet, tumbado en el sillón, con su refresco en una mano y la bolsa de papas en la otra, los nautas están con una mano en la escota y la otra en el timón.
Eso sí, al acabar el día uno se siente orgulloso de la proeza. Se fomenta muchísimo el compañerismo, los niños se prestan cualquier cosa que necesite el otro, desde un simple cabo hasta un timón, una orza, una vela. Los lazos de amistad son para toda la vida.
Probablemente los genes tengan algo que ver con esa pasión por el mar, aunque creo que debemos tener en cuenta otra herencia, en este caso intangible, que viene dada por nuestra condición insular y la íntima relación que siempre ha existido entre el mar y nuestro modus vivendi.
No hace muchos años el mar era nuestra única vía de comunicación, y la navegación a vela una actividad que permitió el desarrollo comercial y cultural de nuestras islas.
El mar y el viento siempre han tenido algo que ver con nosotros; en lo económico, como el emigrante que embarcó en busca de un futuro mejor, el pescador que fue a la zafra en la Costa o el cambullonero que trapicheó con los mercantes de paso por nuestras aguas; en lo cultural, como las compañías que, rumbo a América, representaban alguna obra en las islas; e, incluso, en lo más prosaico (o no), como el disgusto que se llevaba alguna joven casadera al no recibir su vestido a tiempo de estrenarlo en el baile de turno porque el correíllo no pudo atracar debido al mal tiempo.
Le debemos mucho al mar, sobre todo respeto. Y la mejor forma de respetarlo es conocerlo. Por ello comparto totalmente las palabras de Alberto recomendando que los niños se inicien en el mundo de la vela, no porque sea un deporte estrechamente vinculado a la Naturaleza, que crea una interacción con el medio físico con tintes de aventura y desafío, ni porque dispongamos en las islas de una “cancha” natural totalmente gratuita y cada vez más accesible, ni porque ha sido la disciplina deportiva que más satisfacciones ha dado al palmarés español (Canarias ha aportado 7 Medallas de Oro Olímpicas, 10 Diplomas Olímpicos, más de 40 Campeonatos del Mundo y 35 de Europa), ni porque lleve aparejado un alto grado de formación y maduración personal, ni porque promueva valores y aptitudes como el respeto, el compañerismo, la iniciativa, la autoconfianza, la comunicación…
En el sentido más práctico, invitaría a que los niños (y por qué no los padres) al menos se iniciaran en este deporte porque mientras navegas te olvidas de los problemas, estás concentrado, desarrollas un sexto sentido que no sabría explicarlo, aprendes a buscarte la vida por ti mismo.
Y sobre todo te diviertes…


Mario, me alegro mucho de que hayas vuelto a tu blog «Mar y viento», sobre todo porque es una forma de sentirte mas cerca de tu casa y de tu familia…recibe un fuerte abrazo de tus padres y hermanos. Masupi.
Para aquellos que no conocen la mar estar en ella es un susto por la grandiosidad que ella ofrece.
» Si algo aprendí navegando es el espíritu de sacrificio » nos deja saber Mario Suárez Rosa, al tiempo que nos dice que «hoy nuestros muchachos están con la tableta en mano» simbolo del presente donde todo se puede ver y el tiempo deportivo perder, la curiosidad va por arriba de la que el deporte le pueda ofrecer, en este caso el de la vela por la fortuna nuestra de contar de frente en el día a día con esa masa fabulosa que se come mas del 75% de nuestro planeta, si nos vamos a la novela de Ernest Hemingway «El viejo y el mar» encontraremos un solitario pescador que lucha solo por el trofeo de un gran tiburón al cual no logra vencer, llegando a la orilla cubana derrotado después de una noche de esfuerzo, cansado pero con la ilusión de haberlo intentado lo que da el calor de lucha al ser humano y de seguro al día siguiente lo volvería a intentar.
El medallero conseguido por nuestros atletas demuestra la gran capacidad adquirida por los entusiastas en nuestra mar, no es cosa fácil una medalla de oro al competir con tantas naciones que se preparan con muchos mas recursos que los nuestros, pero por lo que se deja ver no con mas fuerza a la hora de luchar por el triunfo, esta vez no del tiburón sino de una de oro para gloria y el recuerdo de haberlo hecho bien.
Todo se hereda?, pregunta Mario, pudiera ser, recuerdo a mi abuelo pescador con chalana pequeño en mar bravo luchando en busca del puerto palmero, no es fácil remar cuando aparece un cambio en la mar no esperado al tiempo que miramos la distancia que nos queda por llegar, no es fácil remar y remar como en esa época el abuelo hacia o en mi experiencia con pequeño motor en aguas del Caribe.
Mis amigos foreros años ya, viajando en el Ciudad de Sevilla, Tenerife / Málaga a medio «camino» nos «agarro» un ciclón no anunciado, en esa época sin satélites que lo anticiparan, desde primera clase, debajo del lugar de mando del barco con gran ventanal, pude observar la ferocidad de un mar bravo que al barco comer quería, la proa subía y bajaba en busca del agua para volver a salir como si aire deseara para embestir otra vez, aun siendo de peligro no dejaba de ser un gran espectáculo el que allí junto a mi hermano veía, y de seguro el abuelo estaba con nosotros pues no mareamos ante tanto ir de arriba a abajo y de lado a lado, gracias a los gins del abuelo pescador.
Disfrutando de la pesca submarina tuve «la suerte» de encontrarme con un tiburón caribeño en las costas de Venezuela, a mi me pareció grande, posiblemente por el susto y sus movimientos el cual se escurría de mi vista como si de agua en la manos fuera, chapaleando pude llegar a mi barca y allí respirar buen aire aun cuando rifle de pesca llevaba por si me hubiera atacado defenderme.
Existen formas de vida y la noche para mi va acompañada del ruido de olas al dormir que sostiene toda la noche un aparato musical en mi mesa de noche, es que el mar siempre te da alegría verlo u oírlo consciente o no a la playa llegar, y es que nací frente a la playa de mar.
Muy bien Mario !
Le has puesto acertadas palabras a nuestras vivencias como padres y como alumnos.
Creo que unas de nuestras mejores herencias, además de la que determinan los genes, viene dada por lo que nos muestran nuestros padres y en su elección de las manos con quienes nos dejan.
El equipo de instructores con los que contamos y entre los que te encuentras, sois unas joyas.
Con una mano en la escota
Y la otra en el timón
La vista en el horizonte
Y la mente sabe Dios
Saludos, don Mario.