Vivir sin cine

El pasado domingo el suplemento de El País prestaba atención a algunos directores y actores del cine español más reciente, nombres que empiezan a sonar con o sin justicia en medio de un clima de mediocridad artística (lo de la mediocridad lo pienso y lo digo con todo el dolor de mi corazón). En el reportaje -vamos a llamarlo así, con benevolencia- se hacía una encuesta entre estos profesionales acerca de las películas que pretendían ver, o volver a ver, durante las vacaciones de verano. La lista de títulos que allí unos y otros proponían era pobre pero significativa en tanto que mostraba parte de lo que parece ser una orientación generacional. El caso es que, salvando un par de excepciones, el interés cinéfilo de los encuestados, cuando lo hay, se limita a lo que han dado de sí las dos o tres últimas décadas, tanto en las pantallas comerciales como en las programaciones televisivas. De ahí para atrás, nada o casi nada. En resumidas cuentas, se tiene la impresión de que para estos "cachorros" de nuestra raquítica industria, la idea de lo que debe ser el cine clásico, como mucho, se remonta al ejemplo de El padrino, de Francis Ford Coppola, a la serie Los Soprano y alguna que otra obra de referencia en el incipiente siglo XXI… y pare usted de contar. Viniendo de donde viene, el dato tiene su miga. Y no resulta casual. La idea de lo que ha de ser la expresión cinematográfica ha cambiado, al menos entre los jóvenes.

Puesto que me dedico a la docencia en un instituto y suelo proyectar películas como recurso didáctico complementario, sé a ciencia cierta que, por desgracia, los alumnos de ESO y bachillerato apenas conocen el vasto patrimonio de la historia del cine. Para muchos de ellos, me consta, una "peli" rodada antes del 2000 es poco menos que una antigualla. No debiera sorprendernos esta cortedad de miras. Se trata de una carencia de la que no tienen ninguna culpa, desde luego, pero no por ello vamos a pasarla por alto. Además de zambullirse a todas horas en el chat cibernético, los niños y los adolescentes, que por cierto suelen padecer de diversas maneras las secuelas de la incomunicación familiar, nutren sus ansias de trascendencia con un imaginario titilante y efímero, el de los videojuegos y la televisión a granel, y estos dos canalizadores, no lo olvidemos, hoy lo abarcan todo, por el derecho y por el revés, influyendo incluso en el lenguaje audiovisual del cine que exporta Hollywood. De esa teta han mamado desde chiquititos, admitámoslo, y en consecuencia sus gustos están sometidos a un plan visual y estético muy concreto que en cierto modo compone el sustrato de la técnica de los dibujos animados: rapidez de movimiento, colorido intenso, reducción de matices, lenguaje onomatopéyico, etc. Cuando los sacas de estas de estructuras y les muestras otro tempo discursivo y otro tipo de mirada, los chicos se sienten incómodos.

Las generaciones precedentes, entre las que he de situar la mía, sí que tuvieron oportunidad de disfrutar con intensidad de la cultura del cinematógrafo, hasta el punto de compartirla por igual padres e hijos, abuelos y nietos. Cuando yo era un mocoso, en Santa Cruz de La Palma había tres salas de proyección bien diferenciadas que pasaban sin orden ni concierto películas de los años 20 (por ejemplo las de Charlot), 30 (por ejemplo las de Tarzán con Johnny Weismuller), 40 (por ejemplo los primeros éxitos de Cantinflas), 50 (por ejemplo las de espadachines y las de romanos), 60 (por ejemplo los últimos grandes "westerns") y 70 (por ejemplo las de catástrofes). En la penumbra de la sala se desdibujaban las barreras de edad en una suerte de sintonía psicológica y social que ayudaba a la gente a compartir filias y fobias por encima de prejuicios y más allá de consignas políticas o religiosas. Allí la gente asumía, sabiendo distinguirlos como una forma natural de aprendizaje en la vida, los códigos de cada género -melodrama, comedia, terror, acción, musical…- El cine entretenía, aleccionaba cuando era preciso y de paso hacía pensar en otro mundo posible que al fin y al cabo no quedaba tan lejos de nosotros. Los cineastas se asemejaban, en sus propósitos como en su ambición artística, a los dramaturgos y más aun a los creadores de literatura narrativa. Su talento, sin dejar de lado el componente visual, provenía de la tradición de la escritura, y la prolongaba con un mínimo rigor asentado en el trabajo de guión. Además, el público, culto o iletrado, era cómplice del juego comunicativo porque conocía y reconocía el trasfondo de esos referentes literarios.

A mitad de 2011 podemos afirmar que, por unas o por otras causas, el mejor cine de ayer y de siempre, legado maravilloso e imperecedero a pesar de la fragilidad del celuloide, no llega a los "nuevos" consumidores. No es que no guste. Es que sencillamente no llega. O sea, sólo se exhibe, para minorías, en filmotecas y en canales de pago de televisión. De modo que aquel efecto catártico, estimulante, democratizado y democratizador, se ha esfumado.

De un tiempo a esta parte, conforme aumenta la rentabilidad de los multicines de los centros comerciales, el ritual de ir al cine se asocia más de la cuenta, a veces casi exclusivamente, al aliciente de las cotufas, los refrescos, el sonido dolby souround, la animación digital y la tecnología 3-D, todo revuelto en el mismo saco. Cultura de la imagen electrónica. Cultura del aperitivo salado. Cultura de peter-pan. Es un hecho que los exhibidores ganan más dinero con la venta de cotufas que con la venta de entradas para el cine. En fin, lo preocupante es que este tipo de oferta lúdica a menudo se reduce a la proyección de un cine basado en la espectacularidad de los llamados "efectos especiales", como si no hubiera otra propuesta artística de mayor provecho. Lo queramos o no, el público que acude a los multicines es, en su gran mayoría, chiquillada adicta a las cotufas; por tanto, démosle grandes dosis de puerilidad y grandes cartuchos de cotufas. Así de simplona suena la coartada de quienes justifican la deriva del negocio.

El pirateo informático y la morralla emborronadora de la telebasura, nuevo opio del pueblo, se han ido encargando del resto del desahucio: han compuesto el acta de defunción de un lenguaje, el del cinematógrafo, a través del encumbramiento de un soporte, el de la imagen digital, que prefiere lo virtual a lo real -un soporte que de momento puede convertir en virtual lo real pero no lo virtual en real, por más que se intente-.

Todo ello, me temo, nos valdría para buscar una explicación inmediata a la ausencia de salas de cine en nuestra ciudad, tan llamativa como la ausencia de una biblioteca municipal en condiciones. Incluso aquí, tan lejos de las grandes urbes, la telebasura se ha adueñado de los hogares aguanajando a sus moradores, indolentes y fijos al sofá. Incluso aquí, tan lejos de los centros de poder, el ciber-garbeo lobotomiza cerebros y desarma conciencias hasta dejarlas para el arrastre en una postración que no conduce a nada positivo.

En este contexto es normal, pues, que el rito colectivo de ir al cine no se parezca en nada al de antes: la oferta ha cambiado, el público ha cambiado, los medios y los canales de distribución han cambiado. Para bien y para mal. Sobre todo para mal.

 

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