Juanera

 

El pasado 9 de septiembre el grupo Los Viejos, tan genuino como en sus primeros tiempos -casi legendarios, ¿verdad?-, celebró en el Circo de Marte un recital memorable con la colaboración de varios amigos artistas. Los que tuvimos la suerte de presenciarlo nos dejamos estremecer por la emoción cuando esa noche salió al escenario el gran Juan Pérez Álvarez, Juanera, con sus pasitos cortos, su naturalidad y su sencillez de siempre. Fue un homenaje en toda regla, un homenaje popular (sí, popular, no institucional: no intervino ningún representante de la clase política, algo que por un lado irrita y por otro reconforta), y al mismo tiempo fue un acto benéfico puesto que Cáritas recibió, como un respetuoso empujoncito, la recaudación en taquilla. Aparte de la música, evocadora a más no poder, allí floreció también la humanidad del músico-musicólogo Juan García, sabio presentador del acto, y las palabras deslumbrantes de los mejores oradores que, junto a Luis Cobiella y Emilio Lledó, jamás hayamos escuchado "en vivo y en directo": Luis Ortega y el padre Checa. Uno y otro ensalzaron por separado las virtudes de la gente de La Palma, tan necesitada hoy de refuerzos afectivos, a partir del ejemplo de Juanera y Los Viejos. Llegado el momento, como era de esperar, el público, puesto en pie y entregado a la doble causa, premió a los cantantes con el más atronador de los aplausos, sobre todo después de que Juanera, ¡con sus ochenta y ocho años!, se luciera como solista en la interpretación del bolero "Celoso". Doy fe de que se desató entonces un correntazo de energía colectiva, catártica, de los que muy de tarde en tarde nos devuelven el don de la inocencia para recibir de golpe, como si fuera la primera vez, el destello de una verdad que nos define y, por ello, en parte nos libera de nuestras propias incertidumbres. De tan bello, de tan intenso, no se puede ni se debe describir aquel instante de gloria compartida, así que me limitaré a dar las gracias a Los Viejos por haberlo hecho posible.

Hubo un tiempo en que Juanera, mientras hacía chasquear las tijeras con los brazos en alto, cantaba romanzas en su barbería de la Calle Real, casi enfrente de la joyería de "El Alemán". No sabías muy bien si ibas a que te atusaran las greñas o a disfrutar con la gallardía de  aquella voz de héroe, arrolladora como una mañana de sol. Muchos de ustedes saben a qué me refiero. Aún recuerdo con nitidez cómo, siendo un pequeñajo, me sentaba sobre la caja de madera que Juanera colocaba en el asiento de barbero. A continuación ponía en su pick-up un disco de vinilo de los grandes, de los de treinta y tres revoluciones por minuto, para que a través del altavoz de un aparato Philips con pantalla de tela recamada resonaran las voces de Alfredo Kraus y  Manuel Ausensi. Con timbre de barítono atenorado rozando la excelsitud, Juanera se lanzaba a cantar junto a sus "maestros", y no les iba a la zaga. Aunque parezca la secuencia de una película en blanco y negro, les aseguro que no es un sueño ni una novelería: Juanera envolviéndome, de cuello para abajo, con un baby de nailon; Juanera rociándome la cabeza con colonia Floïd aguada; Juanera recortando el cabello con tijeretazos rápidos, seguros; Juanera gorjeando como el mismísimo Fígaro, el travieso barbero de Sevilla, cuya sombra se había adherido a la suya para siempre; Juanera recibiendo el saludo cordial, colmado de admiración, de los viandantes que pasaban por delante de su puerta.

Hubo un tiempo en que Juanera cantaba por todo y por todos: carros triunfales para la Virgen de Las Nieves, loas para la Virgen de La Luz y San Telmito, canciones parranderas para sus amigos parranderos… Hubo un tiempo en que los palmeros nos sentíamos personajes de una gran zarzuela en la que Juanera siempre daba el fraseo justo y como colofón emitía un agudo que cortaba el aliento.

De ahí que el gesto de Los Viejos haya concitado tantas palabras de gratitud y felicitación, tantos apretones de mano, tantas afirmaciones con la cabeza. Esto sí es honrar a lo grande a alguien que se merece todo el cariño de sus convecinos. Honrar a los vivos: sano intento que no debe perderse, mucho menos en una isla como esta, tan proclive al marasmo, tan arregostada a la resignación y al cómodo silencio de los muertos.

 

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