Gestos simbólicos

 

Me lo decía el otro día Nicolás Melini, después de que yo le enviase uno de los muchos correos electrónicos que recibo con informaciones descorazonadoras sobre los despropósitos del tinglado bancario y la administración política que ahora tanto se cuestionan en plazas y asambleas populares de indignados: "Pero si eso ya se comenta desde hace meses en las redes sociales", me advertía Nicolás, casi como en un reproche por mi despiste, ante un determinado dato que ponía los pelos de punta y que quise compartir con él como si fuera una primicia. Y sí, realmente estoy un poco desfasado porque no participo en los debates de ninguna de esas redes y porque, quizá debido a que resido en una isla menor de una región menor -demasiado apartada de los verdaderos centros de poder-, no voy a la última. De todas formas, tampoco soy un ingenuo, que conste. Llevo años siguiendo con razonable mosqueo la involución de tantos y tantos valores psicosociales que nos afectan. Por ejemplo, la telebasura y la crisis en la educación, que conozco y sufro como docente profesional, han crecido hasta límites que cuesta asimilar sin un retortijón en el estómago. Por otra parte, no por casualidad he puesto el grito en el cielo en más de una ocasión aquí mismo, desde esta tribuna virtual.

Lo cierto es que, gracias a las posibilidades de comunicación alternativa vía Internet, la verdad empieza a desvelársenos de forma urgente, instantánea y precisa fuera de los conductos oficiales: quien quiera estar "al loro" tiene oportunidades de sobra para enterarse de que la democracia sufre todo tipo de ataques desde el centro mismo del poder económico.

Claro, los que más pierden son los de siempre. Embobecida desde los tiempos de las vacas gordas, no tan lejanas, la gente, el pueblo en su conjunto, paga el pato. Las evidencias afloran, cada día con más pujanza, a nuestro alrededor, en la vida cotidiana. Sin embargo los principales medios de comunicación apenas inciden en el meollo del problema. No al menos como debieran. Se nos habla de las cifras del paro y de la caída de la economía, síntomas de la enfermedad, pero no se plantean las claves de un tratamiento adecuado ni se denuncian con absoluta determinación las fallas que ponen todo en peligro.

Por lo pronto, y siquiera como indicio esclarecedor, sigo a la espera de algún gesto simbólico de la clase política. Han pasado varias semanas desde las últimas elecciones y comprobamos atónitos cómo los gobernantes se limitan a pactar un reparto del pastel que ellos mismos cocinan en sus trastiendas, pero -manda huevos- no se bajan el sueldo, no renuncian a sus privilegios, no eliminan cargos ni estatus innecesarios, no suprimen la farsa del senado, no combaten con eficacia el fraude fiscal, no ponen coto a las desvergonzadas estrategias de acoso y derribo de los popes financieros. No aplican, en fin, una política de austeridad que dé ejemplo de que hay voluntad de cambio.

En estos días hemos oído, como un ruido de fondo que no conduce a ninguna parte, palabras vanas en el debate del estado de la nación. Eslóganes y dardos de miras cortas para una batalla limitadísima. En el parlamento que -se supone- debe representarnos, los líderes mantienen su discurso de confrontación en un plano superficial que sólo tiene sentido dentro del círculo vicioso en que se mantienen. En el fondo viven una realidad paralela, con sus propias reglas de juego, que no responde a las expectativas de la ciudadanía.

Los gestos simbólicos no resuelven de raíz aquello que más nos preocupa, desde luego, pero sin duda pueden anunciar un propósito noble, un plan moral de cierta altura en que sustentar nuestras esperanzas. Carajo, ¿es mucho pedir que por una vez se bajen del guindo?

 

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