Querida Elsa:
Por la presente quiero hacerte llegar un tropel de palabras llenas de admiración y gratitud, escritas todas ellas en caliente, casi con las tripas, pocos días después de la clausura de la feria del libro y de la exposición que Nicolás Melini ha organizado con tanto mimo en la Casa Salazar en recuerdo de la revista Azul y en homenaje a la labor, aún saludable, de Ediciones La Palma. De entrada pensé dedicarte para la ocasión un artículo en tono elogioso, pero enseguida caí en la cuenta de que tu inmensa personalidad, que desde siempre se desborda una y otra vez arrollándolo y recomponiéndolo todo a nuestro alrededor, da para mucho más -muchísimo más- que un simple comentario publicable en prensa. No. Tu vida y tu obra, tu obra y tu vida, da igual en qué orden las pongamos, se merecen como mínimo, más allá de la socorrida retórica literaria, el calor de un abrazo, bendición que no se explica sino más bien se siente y que sólo puede liberar su energía con una carta entregada en mano.
Te queremos, Elsa, ya lo sabes, pero cuesta encontrar el momento oportuno para proclamarlo en voz alta, y lo cierto es que a menudo conviene por diversas razones que el mundo se entere de esta suerte de devoción y de sus porqués. Cuando digo "te queremos", incluyo a conciencia a mis compañeros de viaje, "tus hijos" de Ediciones La Palma, aquellos jóvenes que hace más de veinte años compartían las únicas armas de defensa posibles para sobrevivir con dignidad en una isla menor como la nuestra. ¿Te acuerdas? A cada rato venías de Madrid con la maleta llena de luz y, quizá porque buscabas la raíz de casi todo, entre viaje y viaje supiste encontrar en cada uno de nosotros la pureza de una inocencia nunca rehuida, la perplejidad de una mirada que no hacía más que descubrir maravillas y motivos para el desasosiego, la osadía del escritor primerizo y la humildad de quien acepta la condición de náufrago en medio de ninguna parte. Pero lo que no ha dejado de asombrarnos desde entonces es la generosidad y la fe ciega con que nos llevaste en volandas muy por encima del cotarro editorial de las islas mayores. Más allá de lo que se espera de una editora al uso, te desvivías por aquellos chicos como un hada madrina, tal cual, poniendo en juego tu fuerza creadora, tu tiempo y hasta tu dinero (ya sólo por el fervor con que reivindicaste a Leocadio Ortega, grandioso poeta secreto al que seguimos reverenciando, te ganaste el cielo y te ganaste la tierra). Con el tiempo hemos podido comprobar de continuo que en la república de las letras aquel gesto tuyo -este gesto tuyo que no claudica ni en períodos de crisis moral y económica- es algo más que una excepción: es un milagro que nos obliga a creer en el lado bueno de las cosas.
Luego pasa lo que pasa. Tu ejemplo animó a Nicolás Melini en la aventura del cuaderno literario Azul, aglutinador de escritores de generaciones diversas -aunque no muy distantes-. Más tarde, a partir de 1995, también inspiró la creación y sobre todo la perseverancia durante una década de La fábrica (Miscelánea de arte y literatura). Mientras tanto, claro, seguías en tus trece, moviéndote aquí y allá como un torbellino fertilizante, escribiendo sin cesar en todas partes -¡hasta en los aviones!- poemas, artículos de opinión y novelas con la misma intensidad lírica, llamando pan al pan sin renunciar a la gracia de la música e incidiendo justo en los asuntos que más nos sobrecogen: la deliciosa imperfección del amor, los ecos fragantes de la niñez, la penumbra de las nostalgias que nos definen, la belleza de la lealtad, el coraje como opción de vida frente a la hipocresía y la pobreza de espíritu.
No hace falta que te repita cuánto apreciamos ese torrente de tu obra ni cuánto disfrutamos bebiendo de él. Sacia justo la sed que nos hace frágiles y libres. Remueve las entrañas y empuja hacia delante, siempre hacia delante. Pero más aun nos sacude el ímpetu vital de tus ojos de niña que convierten en poesía todo lo que ven. Tus ojos de hada nos miran de cerca o de lejos y ya no nos queda más remedio que apelar a lo mejor de nosotros mismos.
Por eso, querida Elsa, gracias, gracias y gracias.
Firmado: uno de tus "niños".
P.D.: Dale un abrazo al comandante Cabrera, corazón de águila y mecenas en la sombra al que no olvidamos.

