Desde muy niño fui consciente de que los grandes creadores -repito: los grandes- se caracterizan, antes que nada, por su sencillez y generosidad, pero no tuve ocasión de comprobarlo de primera mano hasta que en febrero del 93 me presentaron a José Saramago. En aquellos días, el tinerfeño Víctor Álamo y yo participábamos, junto a casi cien jóvenes escritores de España, Portugal y Latinoamérica, en el congreso "Literatura y Compromiso" celebrado en el municipio malagueño de Mollina bajo el patronazgo del Gobierno de España y la Junta de Andalucía, y en él intervenían como ponentes de lujo algunas de las figuras más aclamadas por crítica y público a un lado y otro del Atlántico (Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Ana María Matute, Wole Soyinka, etc.). En ese grupo selecto se encontraba Saramago, quien, después de impartir una conferencia inolvidable, preguntó a los organizadores del evento si en la sala había portugueses y canarios. Nos mandó a llamar porque quería conocernos y, por increíble que parezca, quería ofrecernos su casa de Lanzarote. Así como suena. En compañía de su inseparable y encantadora Pilar del Río, nos dio un abrazo fraterno, nos regaló parte de su precioso tiempo charlando en privado sobre el oficio de la escritura y sus servidumbres, sobre compromiso social e ideológico, sobre Canarias y Portugal, y antes de despedirse nos dijo por dos veces, mirándonos a los ojos con verdadero sentido de la camaradería: "En Lanzarote tienen mi casa, que es la suya. Vayan cuando quieran". Víctor y yo nos quedamos boquiabiertos. Un par de años después, al enviarme textos inéditos para la revista La fábrica, confirmó con hechos la altura de aquellas palabras.
En más de un lance he recurrido a esta anécdota para explicar la nobleza y el carácter incorruptible de Saramago, tantas veces asaetado por sus filias y fobias sobre el tablero de la política internacional. Podría adentrarse en berenjenales minados, no digo que no, pero actuaba de corazón y de frente, sin dobleces y con las mejores intenciones. La calidad artística de su obra, algo que no se discute, le cubría las espaldas mejor que ningún premio. Ahí germinaba su arrojo. Ahí y en la vejez liberadora con que prácticamente se había iniciado -después de una larga carrera de periodista- como fabulador de primera magnitud. En cualquier caso, lo más importante es que, se sintiese o no respaldado por el éxito, no dudaba en moverse, cuestionar, opinar, poner el dedo en la llaga y el grito en el cielo ante lo que a su juicio mereciese un mínimo análisis digno de ser compartido. Por otro lado, la hiperactividad de Saramago, siempre a pecho descubierto, venía a mostrarnos la indolencia de tantos y tantos escritores que por comodidad y por no perder el buen nombre ni el favor de los poderosos o del público prefieren morderse la lengua contemplando el tambaleo del mundo como un problema ajeno.
A cada rato, sobre todo cuando me doy de bruces contra la cruda realidad que intenta adocenarnos a todos en el mismo saco del anonadamiento, pienso en este ejemplo vital de compromiso frente a lo que se considera injusto o, cuando menos, difícil de tragar. A sabiendas de que nada puede salvarnos de la quema, suelo invocar su nombre como un talismán para superar el desaliento o el mosqueo sin paliativos. Cuántos Saramagos hacen falta para contrarrestar la hipocresía imperante y las incongruencias de lo políticamente correcto, cuántos Saramagos para poner puntos sobre las íes, cuántos Saramagos para decir oiga usted, a mí no me la dan con queso; cuántos Saramagos para advertir de que a día de hoy la palabra que mejor rima con "menceyato" (recientemente pronunciada en vano por Zerolo y Rivero) es "mentecato". Cuántos Saramagos para contar historias universales e intemporales con el empaque de un ateo que no renuncia al sueño de la espiritualidad. Cuántos Saramagos para escribir del mismo modo en que se habla de lo que más conmueve, es decir con las tripas pero sin dejar que llegue la sangre al río. Cuántos Saramagos para combatir el chaqueterismo, la chocarrería, la pereza, el miedo. Cuántos Saramagos para bruñir verdades entre falsedades y descubrir falsedades entre verdades. Pero cuántos.

