El amigo Felo García Becerra, con un artículo publicado aquí mismo hace pocos días, de golpe me ha traído -me ha regalado- el eco de una sucesión de recuerdos que por sí solos definen el palmerismo (déjenme usar el palabro, aunque sólo sea por una vez y para provocar una sonrisa de confabulación). Durante el período de mi infancia, infinito entonces y muy corto si se repasa desde esta altura de la madurez o comoquiera que se llame el tiempo en que cobra peso la experiencia, nuestra ciudad era pequeña, me cachis, tanto como ahora, y por eso en ella cualquier lugar valía para la ceremonia del encuentro, fuera cual fuese su motivo y su fin. Quizá porque aún influían, y mucho, los hábitos psicosociales de La Palma decimonónica, arrullada entre la ensoñación de la grandeza perdida y el liberalismo post-ilustrado y romántico, había necesidad de encontrarse casi a todas horas, en casa, en la calle, en el muelle, en la playa, en la escuela, en la iglesia, en la plaza, en el solar de al lado, en el bar, en el campo de fútbol, en la cancha de baloncesto, en el cine. A cielo descubierto o bajo techo, aquellos espacios se abrían de par en par respondiendo con creces a unas irresistibles ansias de evasión y redención de la gente, literalmente atrapada en el punto más remoto de aquel gran islote que era la España del Generalísimo. Todos conocíamos las limitaciones del islote y del Generalísimo ceceante, conocíamos las estrecheces de una economía de medio pelo y hasta conocíamos las derivas mentales y espirituales de los censores omnipresentes, pero no sabíamos cómo explicarlo con el debido fundamento (bien es verdad que en ningún momento nos prepararon para eso). Y, claro, no saber explicar una cosa, por simplona que parezca, es casi peor que no conocerla, así que nos resignábamos a vivir en una inopia comúnmente aceptada como fermento de la mezcla del destino nacional y el catecismo de los domingos.
Sin embargo, a pesar de los pesares, había momentos en que podía romperse el cascarón más allá de las fronteras físicas y morales sobre las que pontificaba, por ejemplo, la incansable voz en off del No-Do. Llamémoslos momentos de libertad total. Precisamente sobrevenían en el mismo contexto público del No-Do: para ser más exactos, después del No-Do, cuando sobre la pantalla del cine aparecía Miguel Strogoff cruzando la estepa rusa en un technicolor desvaído, el gran Johnny Weismuller clamando con el único grito imaginable para Tarzán, los Hermanos Marx haciendo diabluras, Ulises embrujado por el canto de las sirenas, Cantinflas cantando corazón de melón, de melón, melón, melón… Cómo no iba a haber libertad en aquellos trances de penumbra y fulgor en que por fin el mundo, el largo y ancho mundo, de pronto era nuestro, de cada uno de nosotros en particular y al mismo tiempo de todos por igual. Sí, tras la ficción del No-Do, con la película de turno venía a nosotros la realidad en todo su esplendor para volvernos cómplices portadores de un bien común en forma de sortilegio contra miedos e infamias. Porque el cine era la vida, con uve mayúscula de victoria, y la gente se aferraba a su encanto como a una esperanza de tiempos mejores.
Aunque hoy suene a cuento chino, en aquella era sin mando a distancia y sin google disponíamos de tres cines, tres: el Circo de Marte, el Avenida y el Parque de Recreo. Mi favorito, y el de casi todos los convecinos de la zona de San Telmo y San Sebastián, era el Circo, donde por cierto también se celebraban bailes de carnaval, funciones de teatro y de zarzuela, conciertos de música clásica y de pop-rock, festivales infantiles, riñas de gallos, conferencias y recitales poéticos. En cada descanso acudíamos corriendo a la cantina para pedir un vaso de agua milagrosa o unos caramelos de goma mientras los adultos fumaban y bebían con el mismo aire desenfadado de John Waine en un saloon del lejano oeste. Allí, tras la barra, se alzaban imponentes los hermanos Arrocha, Gerineldo y Galaor, reputados maestros en el arte de la taxidermia, ¡casi nada! (para nosotros, lectores de tebeos del Capitán Trueno, su trabajo más bien tenía que ver con un don legendario, tan fascinante como el de los alquimistas o los zahoríes). Y en medio de la barahúnda estaban, hieráticos aunque entrañables, aquellos bichos del trópico, aquellas aves de diferentes tamaños y plumajes, aquellas tortugas relucientes, aquella cabra de dos cabezas, aquella liebre gigantesca, aquel pez luna…
Hagamos memoria, señores: una cantina llena de humo, ruido de vasos y pesetas sueltas sobre el mármol del alto mostrador, y en medio, escuchando con atención sobre sus respectivas peanas de madera, varios animales disecados con mirada de ciego. Como en el rincón más lírico de Macondo. No me digan que no parece un decorado perfecto para una película de Jorge Negrete. Una película de argumento tragicómico y personaje colectivo al que le cuesta ceñirse al guión. Una película con mucho diálogo y mucho claroscuro que todavía, después de tantos años de cambios y tanto subidón de nuevos ricos homologados con la UE, nos deja perplejos y nos obliga a preguntarnos cuánto había de fantasioso o de real en nuestras vidas expectantes y si acaso no seríamos, sin darnos cuenta, personajes de alguna novela por entregas.

