Hace escasas semanas el ser humano volvía a sentirse, por enésima vez, insignificante e impotente ante las fuerzas de la Naturaleza -con "N" mayúscula- cuando se desatan por sí solas y sin avisar. La nube del volcán islandés se paseó tan pimpante por el hemisferio norte sin que nadie supiese cómo detenerla ni cómo abordar el problema que provocaba en el tráfico aéreo. Con su sombra de plaga bíblica, sembró por todas partes una inquietud sin límites, enseguida sobredimensionada por los medios de comunicación. Los peligros de su propagación incontrolable y azarosa volvían a remitirnos a los ataques de cólera de los dioses del Olimpo y a los excesos de testosterona que con tanta frecuencia les hicieran perder la cabeza. Lo cierto es que estamos en manos de los mismos dioses caprichosos que en su momento respondieron, no sin un poético sentido de la justicia y la venganza, a los excesos de los mortales, tan informales, tan engreídos, tan cantamañanas en sus alardes de poder y en sus ansias de controlarlo todo sin importar el precio ni las consecuencias.
Otra cosa bien distinta es la reciente y creciente mancha de crudo en el Golfo de México, desastre ecológico que tiene un origen inequívoco, esta vez previsible y por tanto evitable, en la intervención del hombre sobre el equilibrio del medioambiente. Por ello, porque sabemos que era evitable, nos ha dejado la boca casi tan seca como las amenazas armamentísticas en tiempos de la guerra fría, cuando la globalización empezaba a ser entendida como una huida hacia adelante y sin retorno. Esa mancha no sólo propicia pérdidas millonarias en la economía mexicana en general y en las actividades turísticas y agropecuarias de la costa del sureste de Estados Unidos; además, y antes que nada, debilita y prácticamente destruye los ecosistemas de la zona. Una tragedia, se mire como se mire, que incluso ya le está pasando factura a la zarandeada política reformista del gobierno norteamericano. El propio Obama, viéndole las orejas al lobo, ya ha advertido de la importancia del cuidado de los recursos naturales, vitales en el presente en tanto que pueden salvaguardar las posibilidades de subsistencia en un futuro no muy lejano. Claro que, por suerte, parece que a Obama le preocupa el futuro (por lo menos ha dado más muestras de interés que su predecesor en el cargo, ¿lo recuerdan?, aquel hombrecillo con ojos y orejas de murciélago que veía el mundo como la prolongación de un latifundio texano lleno de pozos petrolíferos).
Ante la repercusión de este tipo de sucesos cuya magnitud desborda y asusta, podemos preguntarnos no sin cierto sobrecogimiento: ¿todos los gobernantes -nacionales, regionales, locales- son capaces de asimilar esta gran responsabilidad ante los patrimonios naturales que forman parte de su área de influencia? Y si la asimilan, ¿están dispuestos a afrontarla como un reto a su inteligencia y a su capacidad de gestión? Mucho me temo que la respuesta, en ambos casos, es casi siempre negativa. Sin ir más lejos, el Gobierno de Canarias, por ejemplo, ha dado y sigue dando sobradas muestras de lo que le importa la preservación de la biodiversidad: un carajo. Ante los peligros que pueden acarrear esta miopía institucional -esta sordera institucional, esta cojera institucional, esta esclerosis institucional-, incluso los biólogos canarios se han movilizado con la fuerza de la razón y del conocimiento científico para denunciar los zarpazos que recientemente el Ejecutivo regional se ha permitido lanzar contra los listados de especies protegidas.
La reacción ciudadana, si es necesario desde fuera de la arena de la lucha política, a veces interviene de forma directa sobre lo que los resortes del poder se empeñan en ocultar o en complicar burocráticamente en aras de oscuros intereses de desarrollismo y especulación. Los biólogos, que sin duda conocen mejor que los consejeros y los presidentes autonómicos el misterio y la belleza de la vida, han tenido que poner el grito en el cielo mucho más allá de su campo de acción profesional, y aunque parezca increíble, algo han logrado: para empezar, con la debida urgencia han forzado, siquiera parcialmente, la modificación de las leyes con el consiguiente salvamento de alguna que otra especie, pero sobre todo han demostrado que el efecto adormecedor del bienestar burgués, con el que de un tiempo a esta parte creemos estar viviendo el sueño de nuestros padres y abuelos, puede disiparse si se tensa la cuerda más de la cuenta. Algunos miembros del Gobierno de Canarias creyeron que todos los canarios estaban apollabobados por completo. Y resulta que no: ni lo estaban por completo ni mucho menos eran todos.

