De un tiempo a esta parte proliferan las llamadas de atención de sociólogos y psicólogos preocupados ante los excesos de los sistemas de comunicación electrónicos, cada vez más presentes en los hábitos cotidianos de todo tipo de consumidores. Por doquier nos condiciona el asedio de un sinfín de cámaras de vídeo -muchas de ellas ocultas, como recursos de control y vigilancia-, fotos digitales captadas para diferentes soportes que pueden interconectarse, microtextos transmitidos entrecortada y apresuradamente a través de la telefonía móvil, confesiones privadas circulando en el ámbito público de una red de contactos cuya extensión se desconoce, etc. Además, al abrirse todas las compuertas de expresión posibles -un derecho social que nadie cuestiona-, en los frecuentadísimos conductos electrónicos de los equipos informáticos a cada rato se siembran campos de minas para incautos. No sólo debieran inquietar los virus, los ataques piratas o los brotes de publicidad no deseada. Hay otros peligros al acecho que han de conjurarse con tino y sin que tiemble el pulso: el borboteo de mensajes intrascendentes, el tránsito a tontas y a locas de un dominio virtual a otro, la relajación de los criterios selectivos y en suma la pérdida de control en la administración del tiempo delante del ordenador.
Incluso podemos comprobar cómo muy a menudo se desvirtúa el valor intrínseco de la información de los diarios digitales por el modo en que se banalizan sus contenidos, trasegados con urgencia de un medio a otro según el procedimiento del "recorta y pega" inmediato. Esto no sucede en todos los casos, desde luego, pero es un hecho que la rapidez impone ritmos frenéticos que nos exponen al resbalón. A riesgo de una merma del rigor informativo, se intenta imprimir en cualquier situación la mecánica del mando a distancia. Es el zapeo total. Ya no se trata de estar al día, sino a la hora y al minuto. Así, la avalancha de datos e imágenes nos pone la mosca detrás de la oreja y hace que nos preguntemos si hay equilibrio entre el "peso" del material ofrecido, el criterio selectivo en que se sustenta y la fiabilidad de los procesos electrónicos.
Como colofón de este zaperoco, tenemos otra modalidad ofrecida por Internet en la prensa digital: la incorporación de miles de usuarios lectores que opinan sobre los temas que van surgiendo. Es el chorreo definitivo, la confirmación de una sobreabundancia que a menudo, más que enriquecer o articular el material informativo, lo empaña y llena de grumos. Los ejemplos están ahí. Sin ir más lejos, repase usted las opiniones de los lectores en elapuron.com. Aunque sin duda conforman una parte jugosa de este medio -que de entrada, que conste, no se entiende sin el planteamiento de interactividad que en pocos meses lo ha convertido en un referente periodístico para La Palma-, a cada rato comprobamos cómo, a partir del anonimato, se puede incurrir en la maledicencia, la insidia, el maniqueísmo, el enredo, la discusión bizantina, el exabrupto (casi el eructo), el desprecio de las buenas maneras, el vertido de datos falsos, la falta de decoro en el fondo y en la forma (si se descuida la ortografía y la sintaxis, se descuida todo)… Se concentra así, en cápsulas o dardos o escupitajos, la atmósfera viciada que con tanta eficacia propaga la telebasura en las horas de máxima audiencia, una actitud de chafalmejas irreductibles que tarde o temprano se deja sentir en cualquier lugar.
Espero que no se malinterpreten mis palabras. No digo que sea perniciosa la participación de los lectores. No. La participación de los lectores es, en principio y a la larga, una experiencia positiva. Lo que en cambio intento denunciar es la cobardía y la falta de escrúpulos de ciertos e inciertos usuarios (no son muchos, la verdad) que, sin dar la cara, literalmente defecan y vomitan bilis sobre un bien común tan necesario como el de la libertad de expresión. Algunos siguen un plan premeditado en defensa de intereses personales, políticos, ideológicos o económicos; otros simplemente se desmelenan confundiendo la velocidad con el tocino (en un lúcido análisis de este fenómeno, el periodista José Luis Barbería relaciona a los trolls, internautas especializados en provocar y crispar, con los espontáneos que sacan las cosas de contexto para pontificar sobre la humano y lo divino).
No nos engañemos: entre el intercambio de opiniones y el griterío se abre un abismo, el mismo que separa el espíritu constructivo de la chinchosería.

