Un largo trecho

Hoy es el día de la mujer trabajadora. Ponga usted la fecha. Da igual el 8 de marzo que el 20 de abril o el 2 de julio, o el 30 de octubre, o el 31 de diciembre. Repito que da igual. Es hoy. Y mañana, y pasado mañana. De hecho, decir mujer es decir trabajadora. Y mucho más. No basta con que se haya internado por sus propios medios en la jungla del mercado laboral (por supuesto las amas de casa tradicionales no son menos trabajadoras). No deja de turbarnos que, al menos aquí, en las Españas de la post-transición, aún se tenga que recordar en voz alta, y no sin conciencia colectiva de culpa, la retahíla de imponderables y puñetas sin fundamento a que se enfrenta cualquier mujer que aspira a ganarse el pan con el sudor de su frente. Ciertamente no hemos superado del todo la inercia machista de nuestra cultura católica, apostólica y romana, así que conviene reincidir, por lo menos una vez al año, en el recordatorio-homenaje a través de los medios de comunicación.

            Si el siglo XX trajo como hitos históricos la igualdad entre negros y blancos en USA y la liberación de las colonias europeas en África y Asia, en el XXI queda pendiente el desenlace de la revolución de la mujer, que viene de vuelta de otro tipo de remoto sometimiento. Por desgracia, esta expectativa no es totalizadora porque hemos de dejar fuera de su lento pero imparable efecto dominó a las naciones alienadas bajo el radicalismo religioso -papanatismo al cuadrado-. Por increíble que nos parezca, todavía hay lugares en el mundo donde la mujer no puede pasear sola por la calle (a lo mejor con un niño varón sí), ni acceder a un puesto de trabajo remunerado, ni opinar libremente sobre cualquier tema, ni siquiera mostrar el rostro.

            Qué difícil se hace desbrozar el camino para el cambio definitivo. En el instituto de Enseñanzas Medias en que imparto clases puede comprobarse cómo el machismo recalcitrante se cuela por las grietas de muchos cerebros adolescentes, resquebrajados vaya usted a saber en qué ambiente familiar (por ejemplo, los alumnos más conflictivos suelen mostrar mayor agresividad ante las profesoras que ante los profesores). También entre los adultos en general se deslizan cotidianamente lapsos y pifias que recuerdan de dónde demonios venimos. Yo mismo me sorprendo al tomar conciencia de que la educación machista, heredada de generación en generación desde el año de la pera e inculcada a veces con sutilezas que casi ni se dejan sentir, rebulle como un íncubo tozudo en mis entrañas con mínimos detalles de actitud ante las tareas domésticas, y por eso, además de reconocerlos (hay que empezar por ahí), los combato (hay que seguir por ahí) con el mismo ahínco con que abomino de los viejos prejuicios. En este sentido, mi señora esposa, por cierto compañera de estudios y de trabajo a la que tanto admiro desde hace tanto tiempo, sabe que no hablo por hablar y que en efecto tengo que hacer examen de conciencia a cada paso, en cada gesto.

            De cualquier manera, el peor síntoma de esta enfermedad social es la hipocresía que aún asoma en el comportamiento de muchísimos ciudadanos supuestamente progresistas que de puertas para fuera claman contra las injusticias y se rasgan las vestiduras ante las desigualdades de sexo, y que, al mismo tiempo, en privado cuentan chistes machistas y hacen la vista gorda cuando asoma cualquier amago de discriminación. No por casualidad abundan los políticos que delante del micrófono recurren con sospechosa reiteración al doble vocativo (esa forma de hacer demagogia mancillando el uso del lenguaje) "compañeros y compañeras", "trabajadores y trabajadoras", "alumnos y alumnas", "canarios y canarias", etcétera y etcétero, mientras en su propio despacho y en su propia casa se dejan llevar por los más rancios tics machistas. No me cabe la menor duda de que otro gallo cantaría si hubiera muchas más mujeres en cargos públicos de máxima responsabilidad. Qué curioso resulta comprobar cómo su predominio en las aulas universitarias -un fenómeno que nos llena de esperanza- no se traduce en una mayor presencia en los puestos de poder. Con sólo echarle un vistazo a los organigramas de las diferentes Administraciones y de las principales empresas nacionales e internacionales caemos en la cuenta de que queda un largo trecho por delante.

 

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