Sosó

Mientras nos sacudimos los polvos de talco recordando el día de los indianos como un sueño sin pies ni cabeza, igual que en años anteriores por estas mismas fechas intentamos explicarnos cómo es posible que nuestra pequeña ciudad sea capaz de armar tal rebotallo sin contar apenas con presupuesto (digo en comparación con el que requieren los espectáculos de masas de las dos capitales de provincia). Para lo bueno y para lo malo, al menos en asuntos festivos los palmeros nos hemos acostumbrado a armar la de Dios sin depender de los cuartos de ninguna corporación municipal. Seguramente por eso, por la espontaneidad que los mueve, ha aumentado el impacto de los indianos hasta sobrepasar como un ventarrón las fronteras físicas y psíquicas de la canariedad: nadie puede controlarlos desde abajo ni manipularlos desde arriba -extremo que sí llega a darse en el pandemónium de Santa Cruz de Tenerife, por ejemplo, con la hábil política carnavalera del zerolo de turno-. Tampoco los indianos se dejan encauzar por etnógrafos y artistas que con buenas intenciones piden peras al olmo al reclamar mayor "pureza" y mayor cuidado en la vestimenta de cada cual y en la compostura colectiva. Ni siquiera hay forma de frenar el impulso de imitación de otros pueblos en otras islas dispuestas a llevar el espíritu de la globalización hasta sus últimas consecuencias.

Por la misma regla de tres, y creo que por fortuna, en líneas generales nos resistimos a seguir la tónica del carnaval estándar -ese que parece concebido para la televisión por publicistas horteras-. Por ejemplo, no nos interesa montar galas de reinas o reinonas. ¿Para qué, si tenemos una monarquía estable en la figura de la negra Tomasa, desde hace tiempo encumbrada sin plebiscitos ni líneas sucesorias? La negra Tomasa, ¡casi nada!, representa y exhibe cuanto cabe esperarse de una soberana alérgica a la plata de las coronas: simpatía, caderas sandungueras, desprecio del protocolo, pelo en el pecho y demás atributos de la donosura. Su sola figura nos remite al sentido del humor de Monty Python antes que al jolgorio de los rumberos neocariocas. Además, qué ejemplo el suyo: anárquica a más no poder, reparte amor a manos llenas, y sin esperar nada a cambio. Desde aquí, en justa correspondencia, públicamente me arrodillo a sus plantas para declararle pleitesía.

No debiera sorprendernos que el grandioso corazón de la negra Tomasa sea el mismo que mueve a otro icono de la gracia callejera en La Palma: la encantadora Luna de Valencia, mascarón "histórico" que sacude los brazos de marioneta y baila por calles y plazas en fiestas señaladas. Se trata del mismo corazón que hace años llenaba de energía positiva al más travieso y perserverante de todos los enanitos de la Virgen de Las Nieves, aquel "número 5" que se resistía a meterse en la caseta porque deseaba ardientemente que la magia no acabara nunca, nunca, nunca. Un corazón grande de niño. Un corazón de niño grande. El más hermoso corazón. El único capaz de albergar el cascabeleo de todas nuestras ilusiones juntas. El corazón de ese ser maravilloso, irrepetible e imprescindible que no se cansa de alegrarnos la vida y que cuando va de paisano responde al nombre de Sosó.

 

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