No hay historia más hermosa que la del nacimiento de un niño, ni más conmovedora que la del nacimiento de un niño en un establo. Un niño de padres muy pobres. Un niño pobre que es al mismo tiempo rey de reyes. Un niño pobre que es al mismo tiempo Dios. Nada más y nada menos.
Todo sucede como por un soplo del azar. Se acerca la media noche, hace frío y la pareja errante sólo encuentra cobijo en aquel cobertizo con el techo roto. La mujer rompe aguas y, allí mismo, acompasada por la lenta respiración de un buey, alumbra.
Cada año se entraña y se renueva este viejo mito que siempre hemos aceptado como un misterio. Fuera de las coartadas con que la razón explica aquello que entendemos por realidad, el misterio nos sobrecoge porque, en vez de ofrecer respuestas, plantea preguntas sobre lo que somos y lo que queremos ser. El misterio, insondable, acaso consiste en una acertada suma de belleza, emoción y verdad.
En un mundo convulso marcado por el desencuentro, de repente todos nos ponemos de acuerdo para celebrar, con los mismos deseos de feliz equilibrio, la gracia de ese misterio que nos deja absortos y sin embargo reconfortados. Todos queremos que esa pareja llegue bien a su destino. Todos queremos que esa silenciosa parturienta se sobreponga a las fatigas del viaje y, lo más importante, que el niño nazca sano y salvo. El niño debe nacer. El relato de lo que acontece esa noche sin nubes implica una necesidad insoslayable: el niño tiene que nacer. Se trata de una necesidad moral, más poderosa aun que la belleza del propio mito.
Pero ¿por qué el nacimiento de este niño es un misterio? ¿Y por qué su historia resulta tan familiar? ¿Por qué está ungida de la gracia de lo que perdura, la gracia del encantamiento sin fin? Porque se sustenta en una gran paradoja, la más estremecedora: Dios, que todo lo puede, en esencia es un indefenso recién nacido que inspira ternura y requiere la protección de nuestro abrazo. Dios es la más delicada criatura de Dios.
La paradoja obliga a darle la vuelta a todo, y sin esfuerzo. Por eso nos rendimos a su gracia. Como humildes bendiciones en la madrugada, le dedicamos villancicos que aprendemos desde muy pequeños, tonadas populares que hablan de arbolitos, mantas de lana, ruiseñores, portales, tomillos y romeros. Así, cantándola, recordamos esa paradoja punto por punto como una historia fundacional, e incluso en nuestras casas la simbolizamos ingenua y deliciosamente con figurillas que evocan al Niño, María, José, los pastores, los Reyes Magos y el astro volador cuya estela vienen siguiendo desde las arenas de Oriente. La disposición de esas imágenes responde al carácter narrativo que las relaciona. Abarcada por nuestros ojos de un lado a otro, la escena del nacimiento se desarrolla como un cuento, con su arranque, su nudo y su desenlace. La linealidad del espacio se adapta a la linealidad del tiempo narrado, admite diversas perspectivas con saltos atrás y adelante, y por supuesto se recrea en los detalles descriptivos a partir de los cuales las figurillas interactúan como personajes con vida propia. Vida, sí.
No nos cansamos de reconstruir esta escena porque la condición humana necesita de Dios en la misma medida en que necesita del arte narrativo. Uno y otro, compenetrados en un irresistible impulso creador, ayudan a comprender cuanto nos rodea.
Además, el nacimiento es la mejor de las noticias. Un niño viene al mundo. ¿Qué otra forma de calor puede superar tanta esperanza en una sola promesa?
Al son de los panderos sentimos que protegemos a ese niño con nuestra alegría, cuando es más bien lo contrario: el niño nos protege a nosotros, nos contagia de ganas de vivir, y no sólo por envolvernos en la luz de su buena estrella. Basta con que seamos capaces de comprobar que está sano y que resplandece en brazos de su madre.
Lo demás es belleza, emoción y verdad, es decir, puro misterio.

