Jaime Pérez García

A escasas horas de su último adiós, cuando aún nos estremece el simple enunciado de la noticia con que ayer nos despertaban los medios de comunicación insulares, siquiera apresuradamente debemos recordar las virtudes que hicieron de Jaime Pérez García un referente en la vida cultural de Santa Cruz de La Palma, a cuya historia ha quedado unido desde dentro, como parte activa del entramado social, y desde fuera, como analista objetivo y preciso. A esta ciudad que tan a menudo se envanece en el brillo fantasmagórico de su pasado, Jaime le dedicó algo más que el esfuerzo creador de toda una vida. La amó de verdad, con el fervor que reservamos para lo más sagrado.
    La obra de Jaime, rigurosa y exquisita como él, gira en torno a una idea primordial que a menudo pasan por alto los profesionales y los pseudoprofesionales de la investigación: el interés real por lo que se esconde tras el mármol y el trampantojo de la oficialidad, esto es, el transcurso de lo cotidiano, el pulso continuo y sereno, no espasmódico ni grandilocuente, de la gente que labora y vive y muere sin pena ni gloria. Jaime, heredero tardío pero eficaz de la mejor tradición paleográfica e historiográfica española, la de finales del XIX y principios del XX, supo leer entre líneas el largo relato de lo que nadie grabó en letras de oro. Unamuno lo llamó intrahistoria -palabra hermosa e inquietante que nos remite a un mundo en sombras por el que vagan nuestros antepasados de nombres olvidados y acaso perdidos para siempre-, y así hemos de asumirla: la historia por dentro y desde dentro, la historia chica que en verdad es grande, inconmensurable; la historia verdadera que nos describe tal como somos.
    Para alcanzar esta hondura -esta amplitud de miras- el investigador tiene que desprenderse de sí mismo, por lo pronto del ancho y el largo de su ego, hasta fundirse en el objeto de sus afanes. Jaime lo logró con un sencillo propósito sólo al alcance de los más sabios: ser humilde, trabajador, generoso, honrado, decente. Lo fue, todo ello a la vez, con una discreción que no deja de admirarnos. Lejos del fragor de los estamentos académicos, hoja a hoja y línea a línea recorrió con ojos ávidos de conocimiento el contorno de nuestras entrañas. Y lo hizo serenamente, del mismo modo que observaba la convulsa realidad social del presente imperfecto: a cierta distancia, con respeto pero sin perder el punto de fina ironía, para nada hiriente, que coronaba esa su elegancia innata de hombre bueno, tan necesaria por ejemplar, hoy más que nunca.

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