Agárrense los machos, que en el 2010 toca Bajada de la Virgen. ¡La que se nos viene encima! Ay, Virgencita, ¡a ti tampoco te espera nada!: romerías, ventorrillos, pregones, procesiones, loas, carros alegóricos, minués, acróbatas, enanos, danzas de mariposas, misas con orquesta sinfónica, pandorgas, mascarones, bandas de música, fiestas de arte, recitales folclóricos, concursos de belleza femenina, bandos municipales, exposiciones a porrillo, homilías a destajo, eventos deportivos, fuegos de artificio, conciertos de alguno de los cuarenta principales, programas en formato de libro, folletos informativos para los mil y un eventos, llenazos en hoteles y bares, atascos en la calle, coches sobre las aceras, sobreabundancia de profesionales y sobreabundancia de falsos profesionales que cobran un pastón por hacer esto y aquello, buitres que cada cinco años planean desde el Real Santuario hasta la Plaza de España volando bajo, muy bajo, y saltando de cable en cable por la cuesta de El Planto a ver qué pueden trincar. Qué sé yo. Lo más de lo más, un rebotallo como el de los carnavales de Santa Cruz de Tenerife pero con mucho lustro, mucho lustre y mucho lastre de siglos de oro reducido a purpurina.
Compadezco al pobre Xerach, gerente del Patronato que supervisa y dirige la gran fiesta. Cuando me lo presentaron hace unos meses le deseé buena suerte y le dije en serio que anduviera con ojo, que aquí, sobre todo tratándose de la Bajada de la Virgen, no se juega en zona: aquí sólo se aplica el marcaje al hombre. Creo que me entendió y supongo que a estas alturas ya habrá sentido más de una vez cómo intimida el aliento ajeno cuando se acumula a tus espaldas, tal que una trapera armada con bastos retazos e hilo del grueso. No es para menos. Resulta que a la hora de opinar y proponer, todo el mundo se siente con derecho a levantar el dedo índice, admonitorio y doctoral, porque todo el mundo sabe más que nadie de lo que conviene y no conviene a nuestro glorioso cotarro. En fin, el censo de expertos en la materia es infinito -superior al de los que colaboran con la abnegación que proporciona la devoción mariana y el amor por las tradiciones-, aunque por cierto sólo sean dos o tres los que siempre se las arreglan para sacar provecho, lo que se dice provecho, de sus aptitudes "lustrales".
En la última Bajada participé -desinteresadamente, que conste- como editor del programa, así que por fortuna o por desgracia pude sentir el escalofrío de la responsabilidad mientras día a día, a pie de obra, se desvelaban ante mis ojos atónitos los entresijos de los preparativos y las presiones de tirios y troyanos entre afanes que cuesta entender. La gente se lo toma tan a pecho que llega a creerse de verdad la relevancia extrema e indiscutible de su participación. No sé cómo explicarlo sin hipérboles. Antes de tiempo se crea un clima de excitación que, si uno no adopta las debidas precauciones, llega a provocar gastritis, taquicardias, cefaleas y neurastenias de difícil tratamiento. Digámoslo con una metáfora borgesiana adulterada al gusto de La Palma: la Bajada es una gran función de teatro en la que todos quieren intervenir como dramaturgos, productores, actores, tramoyistas, taquilleros y espectadores a la vez. Si no me creen, fíjense en las reacciones que desde ya mismo ilustran por doquier la pasión colectiva. Y eso que aún estamos en enero.
Se me empiezan a poner los pelos de punta.

