Recuerdo haber oído de niño mil historias sobre el Maestro López, todas ellas impregnadas de afecto y admiración. En casa era como de la familia: sus cinco hijos fueron apadrinados por mi tío Geno, y con eso creo que queda dicho todo. En consecuencia, cualquier consideración que sobre tan señero personaje me atreva a dejar aquí por escrito inevitablemente será parcial, de entrada cariñosa y como mínimo reinvindicativa. Así, lo mejor que puedo hacer desde ya mismo, sin más preámbulos y sin mandangas retóricas, es proclamar con orgullo que el merecidísimo homenaje que este mes de octubre le dedica la ciudad y la isla entera -con motivo del centenario de su nacimiento- ha de convertirse en un acto de justicia reparadora. Al fin se reconoce con todos los honores el talento y la constancia de un artista singular, formado en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid entre la década de los 20 y los 30, período de efervescencia cultural que acogió, entre otros, el fenómeno de la generación del 27. Hablamos del primer palmero que llevó escrita en el carné de identidad la palabra "músico", un hombre cabal y generoso que demostró con creces sus capacidades como director, intérprete, compositor, orquestador y transmisor de conocimientos en un medio social tan complejo y acomplejado como el nuestro durante el marasmo de la posguerra.
A pesar del gozo que produce la noticia, en sí misma un motivo de felicitación para todos los músicos de La Palma, todavía sentimos un escozor extraño en la nuca cada vez que nos preguntamos por qué han tenido que pasar treinta y siete años desde la muerte del Maestro López para que las instituciones públicas se hayan puesto de acuerdo en el respaldo incodicional de un homenaje que no admite vuelta de hoja. ¡Cuánto les cuesta a "las autoridades" laurear en vida a sus convecinos más ilustres (si exceptuamos a los deportistas, a los políticos de fuste y a los profesionales que frecuentan las pantallas de cine y tv), y con cuánta pompa se les ensalza cuando ya no son más que montoncitos de huesos o de ceniza! Habría que analizar a fondo esa inclinación "oficial" a la necrofilia. Quizá se deba a que los muertos no matizan, no cuestionan, no discuten. Al mismo tiempo, mucho me temo que en estos casos las distinciones benefician sobre todo, más que a los muertos que las reciben, a los vivos que las conceden.
Desde luego, y volviendo al tema que nos ocupa, podemos dar por zanjado el asunto pronunciando en voz alta, como un conjuro contra los demonios del olvido, el manido refrán: más vale tarde que nunca; sin embargo, ay, este tipo de resarcimiento, por supuesto positivo en tanto que restituye parte de la conciencia colectiva aún empañada en ciertas cuestiones sin duda revisables, desentraña las consecuencias del desgaste moral a que se vieron sometidas varias generaciones de españoles durante un período demasiado largo y sombrío, incluso en el pausado proceso de transición a la democracia. Sí, ya sé que el Maestro López recibió en vida las más gratificantes muestras de respeto y gratitud de sus paisanos -como por ejemplo las del estudioso Juan García, que desde una perspectiva historiográfica y musicológica siempre ha subrayado la importancia de esta y otras personalidades anteriores-, pero aun así seguimos acusando como un lapsus imperdonable el silencio que se impuso tras su desaparición física. Un silencio escandaloso, por qué no admitirlo.
Aparte o además de sus composiciones y arreglos, lo que Felipe López legó a la posteridad tiene el valor de aquello que crece a paso lento en progresión aritmética imparable, pues desde la faceta de docente altruista, paralela a la de director musical, es seguro que plantó mucho más que un semillero. Sus discípulos, como nuestro querido Julio Hernández Gómez, y los discípulos de sus discípulos, como la mayoría de los directores de banda de La Palma, sólo han tenido que inspirarse en el esfuerzo generoso de la figura -hoy histórica- en que se sustentan. La transmisión de aquellos conocimientos y de aquel espíritu de entrega total, por encima o por debajo de los aparatos administrativos, no ha cesado en ningún momento. Por eso resulta tan importante, tan esperanzador, el gesto simbólico de desempolvar el retrato de Felipe López y exponerlo al nivel que le corresponde. Para no perderlo de vista jamás. En nuestra mejor tradición palpita nuestro mejor futuro.

