Coraje

Durante la madrugada del pasado 15 de septiembre se reprodujo el drama de las pateras que llegan a España procedentes del continente africano, inagotable epopeya a la que en los últimos años nos hemos ido acostumbrando con una malsana sensación doble de impotencia e indolencia. A pesar de que la mar se mostraba insidiosa cerca de las costas de Tarifa, por fortuna esta vez no hubo muertos, en parte gracias a una llamada anónima de alerta a la Guardia Civil; sin embargo encontramos motivos de sobra para prestarle especial atención al suceso: los tripulantes de la patrullera que interceptó esa patera -por lo visto de plástico hinchable, lo cual le daba apariencia de balsa de juguete – se sorprendieron al comprobar que entre los emigrantes clandestinos no había ningún adulto. Ni siquiera había jóvenes, ni adolescentes. Eran, literalmente, seis niños ateridos y abandonados a su suerte que sólo llevaban consigo unos dátiles y unas chocolatinas. Parecían salidos por ensalmo de alguno de los episodios más truculentos de la antiquísima tradición del cuento oral, o de sus sucedáneos románticos.
    Muchas de las historias que comparten misteriosamente los imaginarios de todos los pueblos del mundo inquietan por las zozobras que sufren los protagonistas infantiles, valientes pero frágiles e incautos, siempre en pos de un secreto o un tesoro no del todo reconocible, entre la inocencia de sus sueños y la perversión de lo que la realidad les ofrece. Pienso en la pequeña cerillera de Andersen, cuyo corazón deja de latir cuando se apaga la última llamita en sus manos, pero pienso también en Caperucita devorada por el lobo, o en las niñas violadas por sus padres en algunos romances medievales, o en los chiquillos que caen atrapados por brujas y demás alimañas del bosque. Recuerdo además, no sin un escalofrío, la cruzada de los cuarenta mil niños que, según cuenta una vieja leyenda magistralmente recreada por Marcel Schwob, en 1212 partieron desde el norte de Francia como un ejército de almas puras para liberar Jerusalén de los infieles. Las versiones de esta historia varían cuando tan extraña expedición se detiene en el puerto de Marsella: según unas, los niños esperan infructuosamente a que las aguas del mar se abran para seguir avanzando a pie; según otras, logran embarcarse rumbo a oriente pero enseguida son vendidos como esclavos a piratas berberiscos.
    Con la única fortaleza de su candidez, los seis chiquillos que el otro día se salvaron de chiripa también buscaban la gloria de un mundo mejor. No dejan de ser héroes sin rumbo fijo en la espiral de una quimera, míticos odiseos que en silencio y con la mirada perdida, como si de golpe se volviesen maduros o incluso ancianos, en cuanto llegan a tierra parecen decirnos por encima del bien y del mal: "Mi nombre es nadie". Ceden al impulso primario de buscar lo que tanto anhelan a pesar de los peligros de lo desconocido, y por eso, aunque en el fondo consideremos que están abocados a la incertidumbre de un final abierto y sin moraleja, admiramos la decisión con que afrontan el sino de sus vidas quebrantadas por la violencia, la pobreza y el abandono.
    Lo cierto es que vienen de muy lejos en el espacio y de muy atrás en el tiempo. Vienen de nuestra propia y remota semilla. Y da igual que queramos y creamos ignorar tanto las claves de su pasado personal como el desenlace que les aguarda; al verlos llegar de uno en uno con la tiritera de una madrugada infinita, nos dejamos estremecer por su coraje. Esa es la palabra. En el coraje de estos niños, similar al de nuestros abuelos emigrantes, acaso se vislumbra por contraste, como la imagen real en el visaje de un negativo fotográfico, algo terrible y sin nombre que nos concierne removiéndose más abajo del fondo limoso de la tierra prometida: la desesperanza que a la larga suele envolver las rutinas de una vida segura y cómoda.

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