Fútbol base: ¿educar o ganar?

Desde hace varias temporadas mi hijo milita en una escuela de fútbol de esta isla, lo que ha hecho que haya tenido un contacto muy directo con el fútbol base, me estoy refiriendo a las categorías más bajas, ya que esta temporada aún era benjamín.

  La propia filosofía de la escuela en la que juega es muy cuestionable al ser totalmente selectiva, es decir, selecciona los jugadores de los equipos según su calidad; la ventaja es que su mejor equipo no ha perdido un solo partido y lo discutible es que otro equipo, ocurrió no en esta sino en la anterior temporada, no haya sido capaz de ganar un solo partido. Según mi opinión, los equipos se tendrían que confeccionar de forma más equilibrada, anteponiendo la formación a los triunfos.

Se ven jugadores que apuntan condiciones, los campos son ya todos de hierba artificial, los monitores parecen cualificados y disponen de recursos con los que hace treinta años ni soñábamos. Sin embargo, siguiendo con mis reflexiones han salido menos jugadores de la isla que en los años sesenta o setenta; también las condiciones han mejorado en otras partes y ahora encima con la ley Bosman y la globalización hasta los equipos de Segunda están repletos de extranjeros y muchos clubes han descuidado sus canteras. Me decía un compañero que ahora trabaja con la cantera del CD Tenerife que un jugador palmero en caso de que no salga a formarse fuera con catorce o quince años tendría que ser muy superior a los otros para poder triunfar;  siendo la situación la que describo, en sitios más grandes y clubes más poderosos los medios  son todavía muy superiores.

 No obstante, hecha una referencia al paisaje futbolístico en estas edades quería incidir en la educación. Los padres nos volcamos en el seguimiento de los chiquillos y muchas veces nos dan ataques de entrenador que debemos reprimir; en pleno partido damos instrucciones, corregimos  y queremos quizás conseguir con nuestros hijos muchas cosas que nosotros no logramos. Yo particularmente he prometido corregirme y creo que esta temporada he sido fiel más o menos a mi promesa. Los chavales muchas veces nos dan lecciones de madurez,  puesto que la mayoría de las veces son fieles a las estrategias de sus entrenadores a pesar de las comentadas correcciones que sus padres les imparten desde las bandas.

El ambiente que rodea estos partidos afortunadamente es muy cordial: los árbitros lo tienen muy fácil para pitar, cada afición suele animar a su equipo respetando a la contraria y a la mayoría nos gusta ganar, pero somos conscientes de que a esta edad debe ser  más importante inculcar otros valores. En este paisaje idílico que describo, por supuesto, hay nubarrones y algunos, a mi entender, muy grandes. Como muestra les contaré un episodio que afortunadamente espero que haya quedado en anécdota que me ocurrió esta temporada. Jugaba el equipo de mi hijo contra otro superior que ya le ganaba por dos a uno, cuando el árbitro no dio gol en una jugada en que el balón traspasó la raya; la afición, es decir, los padres del otro equipo comenzaron a increpar e insultar al colegiado; ante tal ejemplo un jugador, hablamos de un niño de nueve años, por dos veces le desplazó el balón al árbitro del lugar  en que lo había colocado; este, hecho inusual en esta categoría, lo expulsó. Aquí  intervine yo, reconozco que mi intervención tampoco fue muy afortunada, diciéndole al colegiado "está bien, que se relaje", ante lo cual un padre me replicó "que se relajee…", yo le contesté "a esta edad es más importante la educación que el resultado", a lo que el aficionado que además era visitante contrarreplicó "ese chico tiene más educación que tú", visto el cariz de los acontecimientos opté por callarme y evitar entrar en más polémicas. Ahora, con tales actitudes de los padres qué podemos esperar de nuestros hijos.

Scroll al inicio