¡Bingo, nuevo récord de distancia!

La noche del 23 de abril fue una noche histórica en el Observatorio del Roque de los Muchachos: la luz procedente del objeto más lejano que jamás haya sido observado por la humanidad fue capturada por los espejos y detectores del telescopio italiano Galileo, situando el nuevo récord de distancia en, ni más ni menos, que unos 120 mil trillones de kilómetros, o unas 800 millones de millones de millones de veces la distancia entre La Palma y Tenerife. Para aquellos familiarizados con los términos astronómicos, el objeto en cuestión tiene un corrimiento al rojo de 8.2, o sea, que emitió la luz que ahora recibimos cuando el Universo tenía tan sólo el 5% de su edad actual aproximadamente.

La buena nueva nos la transmitió Emilio Molinari, director del Telescopio Nacional Galileo, el sábado 25 de abril por la mañana y desde entonces todavía nos estamos frotando los ojos y sacudiendo las neuronas.

Pero, ¿qué objeto en el Universo es capaz de emitir luz en el rango visible (más concretamente en el rango del infrarrojo cercano) a semejante distancia y llegar hasta nosotros tras un viaje de 13 mil millones de años sin apenas extinguirse? La respuesta son los nuevos faros del Universo, o por su nombre, los GRBs (del inglés, Gamma-Ray Bursts).

Los GRBs son fuentes de luz enormemente energéticas, de las más brillantes del Universo si dejamos aparte el Big-Bang, las cuales se piensa están relacionadas con un tipo de objeto que sólo ahora empezamos a entender, denominado hipernova. O dicho de otra manera, los GRBs son unas explosiones estelares que emiten  mayor cantidad de energía que una supernova estándar, que ya de por sí eran de las explosiones más intensas del Universo.

En cierta manera, los GRBs se comportan como los voladores que se tiran en las fiestas: estallan emitiendo un inmenso flash cegador de rayos gamma que dura apenas unos segundos o minutos y que invade (casi) todo el Universo, seguido de otras manifestaciones energéticas de menor intensidad. Cuanto más lejos están los GRBs de nosotros, la intensidad de su explosión se aprecia desde la Tierra con menor brillo y de ahí el enorme mérito observacional de la detección realizada el pasado 23 de abril.

Los GRBs fueron precisamente descubiertos en el rango óptico (ya se conocían por su emisión en rayos gamma) por el telescopio William Herschel una noche del 28 de febrero de 1997. Recuerdo todavía la excitación de mis colegas en una oficina cercana a la mía el día que se confirmó la noticia. Y no era para menos. Aquellas observaciones ofrecían a los astrónomos la primera luz al final del túnel, el comienzo del final de un misterio astronómico que había ocupado las mentes de los científicos durante casi 30 años, y que tras esta primera detección en el rango óptico del espectro electromagnético, ofrecía el primer indicio para conocer su origen. Desde aquella primera detección, su observación y su estudio se ha acelerado y es hoy por hoy uno de los campos de la astrofísica de mayor actividad.

Como el origen de los GRBs es estelar y las galaxias llenan todo nuestro cielo, los GRBs tienen una distribución isótropa, es decir, que no hay una dirección privilegiada donde su frecuencia de aparición sea diferente. La imposibilidad de predecir la próxima explosión y la corta duración del flash, son factores añadidos que obstaculizan su detección y estudio. ¿Cómo se pueden detectar entonces?

Los primeros en detectarlos y dar el chivatazo son los instrumentos científicos a bordo de unos satélites especializados en la detección de luz de rayos gamma que de forma continua espían una gran área celeste. Cuando estos testigos dan la voz de alarma, en cuestión de minutos decenas de telescopios en todo el mundo se movilizan para apuntar en la dirección donde el GRB ha sido detectado. Entre estos telescopios se encuentran algunos de los más potentes del mundo, y cómo no, varios de nuestro observatorio. Por ejemplo, los telescopios Isaac Newton, William Herschel, Nórdico, Galileo o MAGIC, todos poseen unos programas de observación que, una vez recibida la alerta, se activan e interrumpen las observaciones que están realizando en ese momento para observar el GRB recién detectado. En algunos casos, como el telescopio MAGIC, la activación es automática y en menos de 40 segundos su enorme espejo primario de 17 metros de diámetro, el mayor espejo del mundo de uso astronómico, empieza ya a estudiar los fotones acabados de llegar a la Tierra y procedentes del GRB.

Y eso fue exactamente lo que pasó el 23 de abril. El telescopio Galileo fue uno de los alertados y tan solo una horas después del primer aviso emitido por el satélite Swift, y nada más atardecer, ya estaba recibiendo esos fotones procedentes de un Universo joven,  pero que habían envejecido – o enrojecido – tras un viaje tan enorme. Al fin los fotones podían descansar, y el Galileo se llevaba el premio gordo.

¡Bingo! El Galileo ha cantado bingo, bien por La Palma.

Para saber más, aquí les indico la dirección de la página web del Telescopio Nacional Galileo que recoge la noticia: http://www.tng.iac.es/news/2009/04/24/grb/, y aquí algunas notas de prensa emitidas sobre este nuevo récord:

European Southern Observatory:
http://www.eso.org/public/outreach/press-rel/pr-2009/pr-17-09.html

Science and Technology Facilities Council:
http://www.scitech.ac.uk/PMC/PRel/STFC/GRBRec.aspx

Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics:
http://www.cfa.harvard.edu/news/2009/pr200911.html

Astronomy Picture of the Day:
http://apod.nasa.gov/apod/ap090429.html

Entrada en Wikipedia:
http://en.wikipedia.org/wiki/GRB_090423

 

 

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