Déjà vu literario con susto

 

No ha mucho tiempo me leí una estampa del cuento En la bahía, de Katherine Mansfield. Concretamente el capítulo 9 de 12.

EN LA BAHÍA

IX

Después del té el lavadero de los Burnell recibió a una extraña asamblea. Alrededor de la mesa tomaban asiento un toro, un gallo, un asno que constantemente olvidaba que lo era, una oveja y una abeja. El lavadero era el lugar idóneo para la asamblea porque podían hacer todo el ruido que quisieran sin que nadie les interrumpiese. Estaba formado por un pequeño cobertizo de planchas metálicas algo alejado del bungalow. Junto a la pared había una honda artesa y en un rincón una caldera con una canastilla de pinzas para la ropa. El ventanuco, casi tapado por las telarañas, tenía un cabo de vela y una ratonera sobre el polvoriento alféizar. Varias cuerdas para tender la ropa se entrecruzaban y, colgada de una clavija en una de las paredes, había una enorme, grandísima y oxidada herradura. La mesa estaba en medio y tenía una banqueta a cada lado.

-No puedes ser una abeja, Kesia. Una abeja no es un animal, es un "ninsecto".

-Oh, pero si lo que más me gusta es ser abeja -se lamentó Kesia… Una abejita pequeña, con su terciopelo amarillo y patitas listadas. Se sentó sobre los talones y se inclinó hacia la mesa. Le parecía que ya era una abeja.

-Un "ninsecto" debe de ser un animal -dijo con terquedad-. Hace ruido, no es como un pez.

-¡Yo soy un toro, un toro! -exclamó Pip. Y soltó aquel tremendo mugido, tan espeluznante (¿cómo conseguía hacer aquel ruido?) que Lottie le miró alarmada.

-Yo figura que soy una oveja -dijo el pequeño Rags-. Esta mañana han pasado un montón de ovejas.

-¿Cómo lo sabes?

-Papá las has oído pasar. ¡Beeee! -parecía un corderito que corriese tras el rebaño, como esperando a que se lo llevasen.

-¡Quiquiriquííí! -cantó Isabel. Sus pómulos sonrosados y sus ojitos brillantes la hacían igualita a un gallo.

-¿Y yo que puedo ser? -preguntó Lottie a todo el mundo, mientras estaba allí sentada, sonriendo, esperando que los otros decidieran por ella. Tenía que ser un animal fácil.

-Puedes ser un asno, Lottie -sugirió Kezia-. ¡Hii-haa, hii, haa! De esto te acordarás.

-¡Hii-haa, hii-haa! -repitió Lottie solemnemente-. ¿Cuándo tengo que decirlo?

-¡Yo lo explico, yo lo explico! -dijo el toro, que era quien tenía las cartas. Las mostró por encima de su cabeza-. ¡Todo el mundo a callar! ¡Escuchadme! -y esperó a que lo hiciesen-. Fíjate bien, Lottie -dio vuelta a una carta-. Ésta tiene dos puntos ¿lo ves? Bueno, si pones esa carta en medio y hay otro que también tiene una con dos puntos, tú dices "hii-haa", y la carta es tuya.

-¿Mía? -Lottie abrió unos ojos enormes-. ¿Para siempre?

-No seas tonta, mientras dure el juego, ¿entiendes? Sólo mientras juguemos -el toro estaba muy enfadado con ella.

-Oh, Lottie, de verdad que eres un poco tonta -dijo el orgulloso gallo.

Lottie les miró. Luego bajó la cabeza y el labio le tembló un poquito.

-No quiero jugar -murmuró.

Los otros se miraron como conspiradores. Todos sabían lo que aquello representaba.

Se iría y luego la descubrirían en cualquier parte tapándose la cabeza con el dentalito, en una esquina, o contra una pared, o incluso detrás de una silla.

-Sí, sí quieres jugar, Lottie. Es muy fácil -terció Kezia. E Isabel arrepentida, dijo con un tono de persona mayor:

-Fíjate en mí, Lottie, y así aprenderás enseguida.

-Vamos, ánimo, Lot -dijo Pip-. Mira, ya sé lo que haré. Te daré a ti la primera. La verdad es que me toca a mí, pero te la doy. Toma -y golpeó fuerte con la carta, colocándola ante Lottie.

Ante aquello, Lottie se reanimó. Pero ahora se encontró con otro problema.

-No tengo pañuelo -dijo-. Y lo necesito urgentemente.

-Toma, Lottie, toma el mío -dijo Rags, metiendo la mano en el bolsillo de su blusa marinera y sacando un pañuelo muy mojado con algunos nudos-. Ve con mucho cuidado -le advirtió-. Utiliza solo esa punta. Y no deshagas los nudos. Dentro tengo una estrellita de mar y quiero probar de domesticarla.

-Oh, empecemos de una vez, niñas -exclamó el toro-. Y no hagáis trampas, no se pueden mirar las cartas. Poned las manos debajo de la mesa hasta que yo diga "Vale".

Fue repartiendo las cartas alrededor de la mesa. Pusieron todo los sentidos en intentar ver algo pero Pip era demasiado rápido para ellos. Era fantástico, allí sentados en el lavadero; tuvieron que hacer un esfuerzo para no estallar en un pequeño coro de animales antes de que Pip terminara de repartir.

 -Vamos, Lottie, ahora empiezas tú.

 Lottie alargó tímidamente una mano, tomó la carta de encima de su montón, la examinó un buen rato -era evidente que estaba contando los puntos- y la volvió a dejar.

-No, Lottie, no puedes hacer eso. No vale mirar primero. Tienes que girarla al revés, boca arriba.

-Pero entonces todo el mundo la verá igual que yo -dijo ella.

El juego prosiguió. ¡Muuuuuuu! El toro era atronador. Cargó contra la mesa y pareció tragarse las cartas.

-¡Bisssssss! -decía la abeja.

-¡Quiquiriquíii! -cantó Isabel con tal excitación que se subió de pie en la banqueta y movió los codos como si fueran alas.

-¡Beee! -el pequeño Rags tiró el rey de bastos y Lottie tiró la carta que llamaban el rey de España. Ya casi no le quedaban cartas.

-¿Y tú porque no cantas, Lottie?

-No me acuerdo de lo que soy -dijo el asno angustiado.

-¡Bueno, pues cambia! ¡Eres un perro! ¡Guau, guau!

-Oh, sí. Eso es mucho más fácil -volvió a sonreir Lottie. Pero cuando Kezia y ella sacaron un uno, Kezia esperó ex profeso. Los otros hicieron signos a Lottie y señalaron. Lottie se ruborizó; parecía desconcertada, pero por fin dijo:

-¡Hii-haa!, Kezia.

 -¡Chist! ¡Callad! -Estaban en pleno juego cuando el toro les interrumpió, levantando la mano-. ¿Qué es eso? ¿Qué es ese ruido?

-¿Qué ruido? ¿Qué quieres decir? -preguntó el gallo.

-¡Chist! ¡Quietos! ¡Escuchad! -se quedaron más quietos que un ratón-. Me ha parecido oír como si llamaran a la puerta -dijo el toro.

-¿A la puerta? -dijo débilmente la oveja. Pero no obtuvo respuesta.

La abeja sintió un escalofrío.

-¿Porqué hemos cerrado la puerta? -inquirió suavemente. Oh, ¿por qué, por qué tenían que cerrar la puerta?

El día había ido agonizando mientras jugaban; el deslumbrante ocaso había lucido con esplendor y ya se había apagado. Y ahora una rápida oscuridad avanzaba por el mar, ocupando las dunas y el jardín. Daba miedo mirar hacia los rincones del lavadero y, a pesar de eso, uno tenía que mirar con todas sus fuerzas.

Lejos, en algún lugar, la abuela debía de estar encendiendo una lámpara. Las persianas se cerraban y el fuego de la cocina lamía con sus llamas los cazos colocados sobre la plancha.

-¿No os parecería horroroso -dijo el toro- si ahora cayese del techo una araña y fuese a parar encima de la mesa?

-Las arañas no caen de los techos.

-Sí, sí caen. Min nos dijo que había visto una araña grande como un platito, y peluda como una castaña.

Rápidamente todas las cabecitas se volvieron hacia lo alto; los niños se apretujaron uno contra uno, resguardándose.

-¿Porqué no vendrán a buscarnos? -gritó el gallo.

¡Ah, los mayores, riéndose confortablemente, sentados a la luz de la lámpara, tomando el té! Se habían olvidado de ellos. No, la verdad es que no les debían haber olvidado. Su sonrisa lo indicaba claramente. Simplemente habían decidido dejarles allí solos.

De pronto Lottie dio un chillido tan agudo que todos saltaron de un brinco de las banquetas y se pusieron a gritar.

-¡Una cara, he visto una cara que nos miraba! -chilló Lottie.

Y era cierto, había una cara. Asomada a la ventana se veía una cara lívida, de ojos negros y negra barba.

-¡Abuelita! ¡Mamá! ¡Alguien!

Pero todavía no habían tenido tiempo de alcanzar la puerta, tropezando los unos con los otros, cuando el tío Jonathan apareció en el umbral. Había ido a buscar a los niños.

Al terminar, aparte de maravillarme por esa sensibilidad tan especial de Katherine, por su forma de embaucarnos en el mundo infantil y hablar su idioma, creí tener un Déjà vu de esos que llaman, pero literario: tuve un sentimiento parecido bastantes años atrás. Tiré de hemeroteca y rebusqué en mi biblioteca personal: encontré esta postal, mucho más breve, de Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Concretamente la estampa 102 de 138.

PLATERO Y YO

CII

Susto

Era la comida de los niños. Soñaba la lámpara su rosada lumbre tibia sobre el mantel de nieve, los geranios rojos y las pintadas manzanas coloreaban de una áspera alegría fuerte aquel sencillo idilio de caras inocentes. Las niñas comían como mujeres; los niños discutían como algunos hombres. Al fondo, dando el pecho blanco al pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fría.

De pronto, Blanca huyó, como un débil rayo, a los brazos de su madre. Hubo un súbito silencio, y luego, tras un estrépito de sillas caídas, todos corrieron tras de ella, con un raudo alborotar, mirando espantados a la ventana.

¡El tonto de Platero! Puesta en el cristal su cabezota blanca, agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido.

 

 

COMENTARIOS (4)

  1. Queen dice:

    No sé si será porque me empeño en ser asquerosamente realista, cosa que tampoco consigo. O porque soy torpón, como Lottie, al olvidar que soy medio burro. O porque la sensibilidad, en la vida y en la literatura, exige además un talento que se nos escapa… pero no me imagino escribiendo estas cosas. Al menos nos lo planteamos… ya es algo.

    Las dos muy buenas, pero en mi ignorancia, el "susto" de Platero es mejor; parece imposible mejorar los tres "parrafitos" de esa "tierna y tenebrosa escena". Claro, son genios.

    Saludos.

  2. Juan C. Bartolomé dice:

    A todos nos pasa Pedro Luis cuando leemos a escritores de esta enjundia: nos sentimos pequeños pero increíblemente vivos. Los has definido bien, son genios, la mayoría de mortales no aspiran a escribir algo siquiera parecido. Así que nos queda el privilegio de leerlos y disfrutarlos sin dejar de maravillarnos y admirarlos.

    Juan Ramón Jiménez escribía poesía en prosa. Platero y yo contiene 137 estampas más de este tipo. Toda una delicia. Un maestro condensando retazos de la vida. Incluso nos hace plantearnos si no será que toda la vida es poesía pero no lo sabemos ver como él.

    Katherine Mansfield escribía prosa en poesía. Tengo que decir que nunca había oído este término, puede que me lo esté inventando, pero por su sensibilidad y su lenguaje, me lo parece. De hecho, con ella a menudo tengo la sensación de estar leyendo poesía aunque sepa que en puridad no lo es.

    Hay detalles que nos indican su condición de genios.

    De Juan Ramón Jiménez ya lo ha dicho usted, vaya manera de pintar un cuento tan breve y poético, tierno y tenebroso a la vez (buenos términos).

    Al acabar Platero, imposible no querer más a esos nobles pero testarudos animales llamados burros.

    Eso si, le aseguro que es como el buen perfume, hay que leerlo poco a poco, saboreándolo en pequeñas pero concentradas dosis.

    Del pasaje de Katherine Mansfield hay un detalle que me llama poderosamente la atención. En ningún momento nos dice las edades de los niños pero damos por hecho que la más pequeña es Lottie. Realmente ni lo pensamos, simplemente lo asimilamos; su genio era así de sugerente.

    Por cierto, que amor es Lottie.

    Saludos.

  3. Verónica Pérez Méndez dice:

    SE LE OLVIDÓ DECIR QUE MURIÓ EN EL EXILIO COMO OTROS TANTOS
    ———————————————
    Juan Ramón Jimenes falleció en el exilio como tantos otros Españoles ilustres que si se me ocurre mencionarlos a todos la lista seria demasiado extensa.

    Cuando la academia Sueca le otorgó el premio nobel en 1956 por el conjunto de su obra no pudo ir a recogerlo y un amigo suyo lo recibió en su nombre.

    También creo que es importante destacar que el famoso pintor Joaquín Sorolla plasmó su figura en un lienzo.

    Platero y yo fue su obra cumbre, yo la considero sencillamente deliciosa.

    Saludos Miguel.

  4. Juan C. Bartolomé dice:

    Bien visto Cosmonauta, la vida de un escritor condiciona su obra, y no digamos el exilio. A menudo es imposible desligar ambas facetas. Aquí queda registrado su complemento.

    Hay una canción de Estrella Morente llamada Moguer que es un poema del propio Juan Ramón Jiménez hablando del exilio, adaptado por su padre, Enrique Morente. Recoge su experiencia vital nombrando todos los lugares que recorrió. Si alguien quiere escucharla, ya sabe, copiar y pegar.

    http://www.youtube.com/watch?v=l3A-TQ9YPWI

    Katherine Mansfield murió con 34 años víctima de una enfermedad de la que nunca pudo escapar (tuberculosis) tras una vida tan intensa como dolorosa. De alguna manera podríamos decir que se exilió voluntariamente: emigró muy jovencita (14 años) desde Nueva Zelanda a Inglaterra buscando su propia libertad y camino artístico; era una adelantada a su época. Murió en Francia, donde está enterrada (Fontainebleau, Avon).

    Juan Ramón Jiménez murió en San Juan de Puerto Rico. O sea, ambos lo hicieron muy lejos de donde nacieron.

    Juan Ramón Jiménez está enterrado en el cementerio de Moguer (Huelva).

    Suyos son estos versos:

    “Te llevaré, Moguer, a todos los países y a todos los tiempos.

    Serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los agoreros, inmortal”.

    A fe que lo consiguió. Una vez esperando un tren en Sevilla entablé una pequeña conversación con una bella muchacha. Cuando le pregunté de donde era y me dijo Moguer, impulsiva e inevitablemente le contesté: “¡como Juan Ramón Jiménez!” (interiormente también pensé que como Platero). Quizás se lo dije, no lo sé.

    Ambos fueron coetáneos: se llevaban 7 años. Juan Ramón nació en 1881 y Katherine en 1888, pero ella murió en 1923 y él en 1958: le sobrevivió 35 años. Platero y yo fue escrito antes, en 1917, y En La Bahía (cuento al que pertenece el cuadro expuesto aquí) en 1921.

    Es improbable que se leyeran. Aunque no lo sabemos. Ocurre que la gran literatura nos descubre las grandes verdades de la vida. En este caso: niños, juegos, noche, oscuridad y miedo, incluyendo susto final, por eso sus similitudes. Me gusta pensar que alguien se dio cuenta del detalle durante la vida de Juan Ramón y le pasó este cuento de Katherine, y que él sonreiría pensando que parecidos pueden ser los niños jugando en sitios tan lejanos y dispares como Nueva Zelanda y Moguer.

    Algunos lectores conocen la vida y obra de Kahterine ya que le dediqué un extenso artículo en este medio en octubre del año pasado. Si alguien quiere leerlo, con solo poner la etiqueta “Katherine Mansfield” en el buscador de la hemeroteca, lo encontrará (también por “cuento”). Se llama Katherine Mansfield: una mente privilegiada y una sensibilidad extrema.

    A Juan Ramón le dediqué un capítulo de un decálogo que hice con 10 de mis libros favoritos, en julio de 2012. Se titula Libros, libros, libros, hasta 10 veces. Platero es el apunte número 6. Con solo poner “libros” o “decálogo” en el buscador, ya sale.

    Cordiales saludos.

    Posdata: Gracias por el apunte de Joaquín Sorolla, Cosmonauta, son muy bonitos sus luminosos cuadros. Lo he buscado, intuyo que pintó a Juan Ramón Jiménez varias veces.

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