TIBURONES EN LOS CANCAJOS
La semana había sido muy calurosa. El mes de julio agonizaba en su propio sopor. Las ranas iban con cantimplora. Las flores desplegaban sus paraguas. Los peces se hundían hasta tocar las piedras del fondo del mar. Olas de calor les dicen las nuevas generaciones. Los más viejos del lugar simplemente lo llaman verano. Por ese mismo motivo, la playa de Los Cancajos estaba atestada de gente. Cuerpos sudorosos que se horneaban vuelta y vuelta en la negra arena. Como si de hermosos chuletones de buey se tratasen. Y es que la carne de algunos es bien sabrosa. Que no la de todos. Pero el mar se encarga de salarla y especiarla. A todos les da su toque.
De vez en cuando un baño para refrescar e hidratarse. Ya se sabe que el sol es peligroso. Y más en los tiempos que corren, que tenemos los cielos hechos una porquería con tanto producto nocivo que lanzamos a las cañerías del espacio. No uses desodorante de espray. Usa desodorante de bola. No tires tanto humo contaminante con el coche. Vete a arreglarlo al taller y no esperes a pasar la inspección técnica. ¿Y que decir del mar? Lo utilizamos como si fuera un vertedero. Como si fuera un retrete gigante que pudiera tragarse toda la mierda que producimos. Como si hacerlo equivaliese a tirar de la cadena. Pero el mar no podrá soportar tanta carga. El mar no es una alfombra bajo la cual se puedan esconder todos los desperdicios. Algún día saldrán a flote. Algún día se tomará cumplida venganza. Lo malo es que no estaremos nosotros para pagar por ello. Les tocará pagar la cuenta a las generaciones venideras.
La playa de Bajamar, playa casi contigua pero separada por una serie de calas, estaba igual: a rebosar de gente. Si, muchas de esas personas hacían eso mismo: rebozarse en la arena; vuelta y vuelta; esta vez como croquetas caseras, que suelen ser las mejores. Las playas sacan nuestro lado más infantil y libertario. Nuestro lado más pícaro y gamberro. Una carrera en pos de empujar al agua a esa persona amada. Esa construcción de un castillo de arena que luego se llevará la marea. Una lance a cabeza cuando sube la ola (queriendo que te vean -mejor no te des un planchazo). Ese enterramiento en la arena hasta solo asomar la cabeza. Está bien, muy guay amigos, pero a ver si alguien me va a confundir con una pelota… no me dejéis solo: ¡sacarme de aquí!
Una semana complicada. Se había producido un incendio en la isla. Un cruento incendio. Malditos incendios. Lo devastan todo. Había quemado algunas casas, aparte de la naturaleza. También una persona sufrió quemaduras en los brazos. El mal menor fue que el incendio solo duró un día. Estuvieron rápidos controlándolo y apagándolo. Solo con medios humanos y un helicóptero. Todos se sentían orgullosos de los encargados de las labores de extinción. Esos si son unos héroes. Luchan y se juegan la vida contra un enemigo poderoso, superior e imprevisible. Un enemigo que no tiene compasión de ningún tipo. Estas personas merecen todos los honores. Merecen todo nuestro reconocimiento.
Apuré el gazpacho antes de bajar a la playa. Pensé cuan fan soy del gazpacho. En mi casa siempre se ha estilado. A veces lo tomo con cuchara, dentro de mi cuenco de sopa castellana, como si fuera una sopa. Otras veces directamente del vaso, comiendo, como quien se toma su cerveza o refresco. Puedo distinguir perfectamente quien hizo el gazpacho: si mi madre, mi hermana, o cuando lo hacía mi abuela. No hay dos gazpachos iguales. Pasa igual con la tortilla. Este es un poco más espeso. Este es más suave. Cuate, aquí hay tomate. ¡Premio! Y luego está el salmorejo. El cordobés, para entendernos, ya que el salmorejo en Canarias es un adobo que se le echa a las carnes o el pescado para especiar y dar más sabor. El salmorejo es como el hermano rico y mayor del gazpacho. El gazpacho es más para andar por casa, para el día a día, para jugar por los pasillos. El salmorejo más de vez en cuando, más selecto, como el traje de los domingos.
Después de tomar mi necesaria y vitamínica ración de fresco gazpacho, me dirigí a la Playa de Los Cancajos. Ahora si estaba preparado. Como en los viejos tiempos, caminando cuesta abajo por los atajos, como cuando era niño, cuando llegar a la playa requería su esfuerzo pero te recompensaba con creces: un día de chapoteo feliz y aventuras sin igual. Por el contrario, el regreso siempre era cuesta arriba. Era lo complicado después de un brioso día de playa. Se le echaban ganas, si no siempre estaba la guagua, incluso la bicicleta. Así aprendimos a amar las cuestas. No te quedaba otra. Al llegar extendí mi toalla. No era fácil encontrar un buen rincón. Pero uno ya tiene sus trucos y sus zonas. Extendido en horizontal sobre la toalla recordé unos días de tremendo calor, en el verano del 2004 si no me fallaba la memoria. Fue tanto el calor que las playas estaban llenas incluso a las doce de la noche. Pasabas y te sorprendías porque los coches no cabían en los aparcamientos y la arena estaba hasta arriba de personal. Como si la luna jugara a ser sol. Como si su órbita plateada ardiera en su interior en rojo combustión: como los frenos discos de los fórmulas uno cuando están al rojo vivo. Esta vez el calor apretaba bastante, pero no llegaba a tanto.
Se produjeron alertas en la playa por avistamiento de tiburones en esos días. Tres escualos de tres metros aproximadamente. Al menos eso decían. Tres tristes tigres sobre la pradera. Tres alegres tiburones bajo la mar. Personalmente nunca les he tenido miedo a los tiburones. Me refiero a los azules que hay por estas aguas atlánticas. Nunca los he visto. Aunque seguro que alguna vez he nadado cerca sin saberlo. Por lo general, suelen vivir alejados de la costa. Que se acerquen es la excepción. Realmente son inofensivos. Y no tengo constancia de un solo ataque a alguna persona. Pero si me dicen que es un tiburón blanco, ya me puedo asustar hasta las branquias. Como los tiburones de Moby Dick, tiburones de los Mares del Sur, esos si que acojonan, de fieros que son. Los balleneros, cuando no podían despiezar la ballena porque les sorprendía la noche, la amarraban a un costado del barco para hacer la faena al día siguiente; una parte del mamífero estaba en contacto con el agua, aunque intentaban arriarlo lo más arriba posible. A veces llegaban escuadrones de tiburones nocturnos a devorar la ballena. Los marineros tenían que bajar con unas especies de picas a luchar denonadamente contra ellos. Se producía una batalla sanguinaria. Caerse al agua significaba convertirse en alimento para peces de cartílago. Los tiburones eran tan fieros, tan voraces, que cuando sentían la sangre, se arqueaban como arcos para devorar sus propias entrañas. Una vez presenté este texto como parte de un trabajo de ciencias relacionado con el mar y los animales. La profesora me dijo que muy bien, que buen trabajo, pero que era macabro.
Se estaba a gusto en el agua. Me dirigí a mi pequeña isla. A mi roca en medio de la playa. Entre el agua y los prismas. A medio camino. Como un avituallamiento marino. Siempre me gustó sentarme allí a tomar un rato el sol con el cuerpo bien mojado y ver a la gente de frente en la arena. Confrontados cual figuras asimétricas. Curiosa escena. Cuando estás en la playa eres un personaje más. Cuatro pinceladas. Desde esta posición es como si mirases un lienzo… de Sorolla por ejemplo; como si yo mismo fuese Sorolla jugando a pintar los detalles. A veces reconocía a algunas personas. Alguna chica que te gustaba. O las nuevas que no tenías fichadas. Que se convirtieran en tus modelos para pintar sus sinuosas siluetas, sus finos talles, sus interminables piernas; para reflejar sus almas alegres: todo un deseo; todo un sueño; todo un privilegio. O te fijabas en la altura del sol y cuanto quedaba de él antes de ponerse tras las montañas. Y deseabas que su camino fuera lento. Que lo retardara. Que no tuviera prisas. Como buen pintor, querías atrapar el momento. Sentirlo, sentirlo, respirarlo muy adentro. La suave brisa del mar. El olor del salitre sobre las piedras. El ligero rumor del mar. Como una mecedora. Cerrar los ojos y dejarte arrullar. Cuando los abrí, me volví a tirar al agua para dirigirme a la arena.
Mientras nadaba, con parsimonia, sentí unas vibraciones extrañas en la playa, que se distribuían como ondas circulares sobre el agua. Como cuando lanzas una piedra a un estanque. Expansivas. De la playa hacia el mar. Algo raro ocurría pero no podía explicarlo. Solo sentirlo. Un rayo diurno e invisible pero estruendoso. Me fijé: más personas de lo normal recogían sus cosas para marcharse. Como si se hubieran puesto de acuerdo. Sin decirse nada. Solo con la mirada. En sus caras se dibujaba cierta inquietud. Incluso terror. Solo eran las cinco de la tarde. A esa hora, con un día tan apetecible, la gente no se va en desbandada. Pero ¿qué demonios pasaba?
Reconozco que unos ligeros nervios invadieron mi sereno cuerpo. Nervios que iban en aumento. Me llegaron unos sonidos, así que afiné el oído. Era música, la cual no reconocía, pero puedo asegurar que era siniestra. No aportaba tranquilidad precisamente. Estaba lejos de los aires alegres de Mozart. Intentaba mantener la calma, pero había un efecto contagioso del que era difícil aislarse, y lo conseguía a duras penas. Los humanos estamos interconectados por invisibles ondas electromagnéticas que nos hacen bailar y vibrar al mismo son. Para aislarte tienes que tener un caparazón demasiado grueso. El mío es de papel de fumar; como el de la mayoría.
De pronto me vi solo en el agua. No quedaba nadie. Por fin pude distinguir la música que se escuchaba. ¡Era la banda sonora de la película Tiburón! Pero ¿de donde diantres salía esa música? Ahora podía comprender la situación y porque la gente se asustaba y ponía pies en polvorosa. Es increíble el poder de sugestión de la música, como se clava en el imaginario colectivo, hasta llevarlo al paroxismo. Claro, había que tener en cuenta que el avistamiento de tiburones de esos días, y el consecuente conocimiento público, aumentaba el delirio.
Bueno, eso no iba conmigo. Intenté quedarme en el agua un rato, como si yo estuviera por encima de la influencia del terror colectivo. Quería imponerme al miedo. Pero sabía que era difícil. Por un momento recordé una Semana Santa Sevillana. Estaba en mi dormitorio en duerme vela con la radio encendida. La estaban retransmitiendo en directo. Jueves Santo. Procesión silenciosa. Cinco de la mañana. En la calle no cabía un alma. De pronto, como un escalofrío, un calambre la recorre en canal de arriba a abajo. En cuestión de segundos se había vaciado la calle. Todas las personas habían huido en estampida. El director del programa de radio intentó poner calma y recomponer los hechos. Pero hasta los reporteros habían huido. Y los costaleros. Incluso dicen que vieron al Cristo bajarse del pedestal y correr que se las pelaba. Como el mismísimo viento en palabras de algunos. Primeras informaciones. Que si corrió el rumor de que alguien portaba un cuchillo. Y creció el rumor como una bola de nieve hasta saltar en mil pedazos y correr ladera abajo y llevarse todo por delante. Que si un grupo de jóvenes se habían inspirado en la película Nadie conoce a Nadie y jugaron al rol y provocaron la histeria colectiva. Pero era imposible descubrirlo. Imposible llegar al principio. El poder y la inteligencia de las masas. Nunca sabes como crecen, respiran y caminan. Tiene similitudes con el fuego.
Pues en esas estaba, solo en el agua. Intentando mantener la cordura. De pronto vi lo que parecía ser… ¡una aleta de tiburón! Ahhhhh. Sentí un gran escalofrío. Grité como un poseso. Un tiburón se me acercaba… me estaba acorralando… ¡me quería convertir en su merienda! El cuerpo se me aflojó. Temblé como un flan antes de ser devorado por el niño. Pero era una falsa alarma. Resultó ser un buceador. Con sus aletas, con sus gafas y su tubo. Nadaba mirando el fondo del mar y hundiéndose y tomando aire por el tubo. No escuchaba y tampoco se enteraba de lo que pasaba en la playa. Que susto había pasado. Bueno, adiós valentía y abstracción social. Había decidido salir del agua y volver a la arena. Estaría más seguro. No quería más brincos en el corazón.
Sobre la arena habían algunas toallas y cholas. Pertenecían a personas que en su huida frenética las habían olvidado. Tal fueron sus prisas. La música seguía sonando. Me fijé en que sonaba desde los megáfonos oficiales de la playa, que están repartidos en toda su largura. En el agua no había nadie, salvo el buceador, que daban ganas de sacarlo en volandas. Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Aunque él veía mejor que nosotros: veía el fondo del mar como si fuera un espejo. En la arena quedaban muy pocas personas. La mayoría de los que habían permanecido en la playa estaban al lado de los vestuarios, a cierta distancia del mar, oteando el horizonte. Justo cuando llegué allí, se acabó la música.
La gente comenzó a pedir explicaciones a los vigilantes. Los cuales estaban confusos. Alegaban que no sabían nada. Que nada les habían dicho sobre tiburones ni tenían idea de quien había puesto la música. Algunos desconfiaban. Les replicaban que era imposible su desconocimiento, que algo tenían que saber. Que esa música endemoniada no se pone sola por arte de magia. Entonces se formó un debate. Todo el mundo daba su opinión. Existía mucho malestar. Algunos comentaban que habían temido por sus hijos. Estaban indignados. Otros preguntaban que donde estaban los tiburones. Una gran confusión y temor envolvía la tarde. El mar permanecía sereno, mágico, atractivo. El sol comenzaba a declinar, justo en ese momento en que su calor se vuelve más templado y delicioso; ese calor de la tarde es mi preferido.
Llegaron dos hombres, con dos batas blancas. Uno era alto y espigado, moreno, de ojos azules y mirada circunspecta. De unos treinta y cinco años. El otro era más bajo, robusto, castaño y cejas pobladas, casi cejijunto, sus ojos eran marrones y su mirada más desafiante. Tendría que estar cerca de los cincuenta. Llegaron acompañados de una pareja de la policía local. Se presentaron. El mayor en edad tomó la voz cantante. Tenía un marcado acento extranjero. Centroeuropeo me parecía a mi. Eran científicos de un grupo y proyecto internacional. Habían realizado un estudio sociológico, un experimento científico. Por eso habían puesto la música de Tiburón por los megáfonos. Para comprobar el grado de sugestión de la misma en las personas más de 30 años después de su salida a los cines. Lo estaban haciendo por diferentes playas del mundo. Alguien gritó que más que un estudio sociológico aquello había sido un susto social. El científico continuó impertérrito. El resultado era satisfactorio, decía. Otra persona exclamó que como podía ser satisfactorio, que todavía tenían el corazón en vilo, satisfactorio si acaso para los cardiólogos los días posteriores añadió. Algunas personas se les acercaron, la policía les cerró el paso. No parecía que tuvieran malas intenciones, los isleños no suelen ser agresivos, solo querían hacerle preguntas ya que sentían curiosidad. Eso mismo hizo un muchacho joven de torso desnudo. Le preguntó al científico si alguna playa no había sido atemorizada, o sea, si la gente permaneció tranquila al escuchar la música. El científico dijo: ¡Nain! En todas las playas del mundo donde se había realizado el experimento, sus bañistas se habían asustado considerablemente. Todas las playas se habían vaciado.
Así que esa era la solución del asunto. Un estudio sociológico a nivel internacional. Pero no habíamos pasado la prueba, o mejor dicho, nos habíamos comportado como la mayoría. ¿Qué nos hubiesen dado si hubiésemos permanecido en la playa como si nada? ¿Un premio? ¿El honor de haber sido los más valientes? ¿O los más desafiantes? ¿Quizás los más negligentes? Es difícil no contagiarse del miedo popular. Y más en este caso: playa, rumores de tiburones, y una música tan siniestra como impregnada en el imaginario colectivo. ¿Y si el rumor de los tiburones fue lanzado previamente como parte del plan? Ya me comenzaban a entrar las dudas. Supongo que todavía fue más bestial el susto en playas de California o Australia. Playas muchos más grandes y con miles de bañistas. En Australia si se conocen ataques de tiburones, son los Mares del Sur, los tiburones son más fieros, es como si el calor del agua les hiciera hervir la sangre. Allí el susto tuvo que ser morrocotudo.
Un tanto misterioso el asunto. Porque podía ser un estudio sociológico sin más pero, ¿y si había un proyecto oculto detrás? ¿un plan mucho más amplio y ambicioso para estudiar como controlarnos y someternos más fácilmente? El mundo está cambiando. Se va a producir una batalla desigual. Unos pocos contra una mayoría. Y los poderosos querrán seguir jugando sus cartas y sus ventajas. Una de ellas es controlarnos como masa. Saber nuestros puntos débiles y fuertes. Saber por donde pueden pincharnos sin que nos demos cuenta. Puede sonar demasiado intrigante, casi paranoico. Pero si estás en la playa y vives lo sucedido, es inevitable pensarlo. Por lo menos en mi caso. Quizás he leído demasiadas novelas de espías. O quizás, por eso mismo, como las novelas se inspiran en la vida, se que tras las cortinas del escenario principal que todos vemos, donde cada actor y actriz representa su papel, se oculta un oscuro mundo de intereses y guerras soterradas.
Resuelto el misterio, me fui a dar el último baño. Una cantidad importante de personas no se habían retirado del todo. Estaban agazapados a lo largo del paseo, o dentro de los vehículos, o en el interior de los locales: como lagartos asustadizos y tímidos, poco a poco comenzaron a salir de sus escondrijos. Por efecto mimético, los bañistas comenzaron a poblar de nuevo la arena, a tomar sus posiciones: la playa se volvió a llenar de vida. Gritos lejanos y cercanos; sonido de salpicaduras en el agua; raquetas y pelotas de ida y vuelta; besos y arrumacos en la arena; nadadas y brazadas sobre el agua. El miedo ya no existía. Se había esfumado. La tarde se consumía.
Recogí mis bártulos para regresar al hogar dulce hogar. Me quedaba un largo camino. Cuesta arriba, como en los viejos tiempos. Quería cumplir con mi propósito. Además, me apetecía. Después de lo sucedido, un poco de ejercicio me vendría bien. Quedaba gazpacho fresco en la nevera. Esa era mi meta, mi motivación, mi recompensa. Subí por las escaleras de Los Cancajos. Unas largas escaleras que sirven de atajo. Cuando era niño, me gustaba ir mirando a la playa y los últimos bañistas, quizás alguna chica… eso mismo hacía ahora. Subía silbando una melodía, la silbaba de una manera casi inconsciente, sin pensarla… Me paré en el último tramo de escaleras, me apoyé sobre la barandilla de madera, miré por última vez la playa y el horizonte antes de perderme por los diferentes vericuetos hasta llegar a casa. La música no se me iba de la cabeza, entonces me di cuenta que la canción que tarareaba era… ¡Tiburón!


Que buen relato Miguel!
Es una forma original como todo lo que escribes, de relatarnos ese "famoso" episodio de los tiburones!
Las ranas con Cantimplora
y El Palmero al Cielo Implora:
Líbranos de Tiburones,
que se coman los…
Esta Crisis que Acogota,
hace emular a NIJOTA.
Siempre han habido "tiburones" en Los Cancajos.En esta época estival los verás en el bar EL PULPO.Son muy cerveceros y de buen camarón.Este escuálido se diferencia de los demás en su campo visual,es muy bueno,por eso le dicen…. EL TIBURON RENDIJA.
Visión de tu particular "Verano del 42" con happy ending, aunque en éste caso, te has limitado a ser vouyer desde la gran roca situada a escasos metros de la arena, en Los Cancajos. Sorolla situaba su objetivo desde la orilla. Entretanto, los tiburones merodeaban por aquellos alrededores.
Si te cuento que desde que vi en el renovado cine Aguere de La Laguna, el estreno de la película-fue todo un acontecimiento en aquella época-, la escenita en la cual el tiburón viniendo desde el fondo le da un tajo a la chica, se me ha convertido en una pesadilla, en un recurrrente casi neurótico, que de pensármelo mucho se convierte en verdadera aungustia, a poco que me aleje unos metros de la orilla. Eso en un playero como yo, es un auténtico fiasco.
Algunas veces me he atrevido a hacer snorkeling por esos cayitos caribeños en busca de los corales y los pececitos de colores, previo pago de 40 dolares con ron "a la roca" incluido durante el trayecto. Algo que de pequeñín hacía en mi Playa de las Canteras. "¿Y no habrán tiburones por aquí?"."No se haga problema compañero, aquí está todo controlado"
¡Sálveme Dios!.
Cambiaba tu gazpacho, que a buen seguro estará riquísimo; curiosamente hice un par de litros hace par de días, del que ya hemos dado buena cuenta, por una cervecitas sentadito en la Avda, en la terracita del bar El Pulpo, desde donde igualmente tenemos buen ángulo de visión y además allí "los tiburones", seguro que ni osarán atacarnos. Hay otros seres mucho más peligrosos.
De los "rendijas", ni te fíes. Te lo digo yo que soy algo menos joven.
Lo que dá un día de playa.
Buenos y calurosos días.
Saludos cordiales.
me encata este relato, me lleva a mi infancia,esos andares por los cancajos, esas subidas y bajadas , me gusto mucho, felicidades