Descripción de una habitación carnavalera.

Procedamos a describir una habitación carnavalera, la cual podría ser de cualquiera ¿a quién no le gusta la fiesta y el carnaval?

A simple vista, lo primero en resaltar es el desorden. Pero es un desorden ordenado. Poco a poco se van apreciando más detalles. Dichos detalles los expondré sin ningún orden en concreto; es decir: desordenadamente ordenados como mi cuarto.

Los disfraces están por todas partes, ya sea: asomando en un cajón, saliéndose de un bolso de viaje (a todo buen carnavalero le gusta viajar a otros carnavales) o apoyados sobre una silla. Esto le da un toque de colorido sin igual a la habitación. Todo disfraz posee el don de la viveza y ni el mejor diseñador de habitaciones podría preparar algo tan alegre, visual y espontáneo.

Disfraces que se pueden observar: de india, con coletas incluidas; de espantapájaros, cumpliendo  su trabajo (espantando todo pajarillo silvestre, o paloma, o urraca, que curioso se pose a mirar sobre el marco de la ventana); de Elvis Presley, ¿quién dijo que hubiese muerto?; de mariachi, con botella de tequila incluida; de Napoleón Bonaparte, para encontrar a su Josefina… Tranquilos, hay más disfraces, pero están escondidos debajo de la maleza carnavalera: ¡a remangarse quien uno quiera!

Sobre una mesa hay ingente cantidad de discos desperdigados caóticamente. Ya se sabe que los carnavales sin música no son nada. Y cuando se llega de juerga pocas ganas hay de ordenar, así que se van acumulando mientras se espera, infructuosamente por lo general, a que los duendes los ordenen y clasifiquen. ¿Cómo lo van a hacer si ellos también están de farra?

En una gran caja hay muchos sombreros. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que el sombrero es el complemento perfecto del disfraz. Es como la guinda del pastel. Se puede poseer un gran disfraz pero sin sombrero le falta algo especial. Un buen carnavalero, cuando sale,  no lo pierde nunca, es más, lo protege como si fuera un tesoro, como si su vida dependiese de ello. Si por alguna razón llega a su casa sin él, no puede reprimir que la tristeza y nostalgia lo embargue, todo ello sin dejar de preguntarse: ¿dónde estará mi sombrero? Mi sombrero me lo robaron estando yo de carnavales… podría ser la canción que tararease… a modo de autoengaño, porque no nos engañemos: ¡en el fondo sabemos  que no hemos protegido como debíamos a nuestro honorable sombrero!  

En la mesa de noche hay arañas, las cuales tejen sus propias hamacas. Estas arañas pueden provocar dos tipos de reacciones; o bien pensarán al verlas: ¡que tipo más repulsivo!; o por el contrario: ¡que sintonía con los animales! Penséis lo que penséis, no os asustéis: son de mentira. Posibles compañeras inseparables de algún disfraz terrorífico. Siempre han arrastrado leyendas misteriosas estas damas de ocho patas.

En cualquier rincón aparecen diferentes complementos: arcos y flechas, una lanza espartana, una peluca a lo afro, un micrófono bromista… También hay objetos encontrados en el camino de vuelta al regresar a casa: una maraca, una carta de la baraja española, unas gafas de sol, una guitarra… Todo forma una gran oficina de objetos carnavaleros perdidos y no perdidos del que poder tirar ahora o el día de mañana. Quien sabe: puede ser el detalle  para completar el disfraz; o el detalle para comenzar un gran disfraz. Como el pez que se muerde la cola. Nunca se sabe donde va a surgir la inspiración; nunca se sabe donde estará lo que nos hará falta.

Y por supuesto, no puede faltar el toque palmero: una buena  rociada de polvos de talco sobre disfraces, muebles, ropa…  mientras el aire endulzado, con su cálido olor, lo invade todo. Hasta la almohada tiene motas blancas. Por eso, cuando el carnavalero se convierte en durmiente, es un disfraz invisible el que se pone. Sus sueños estarán envueltos en bruma carnavalesca. ¿Y cuando despierta? Muy fácil: ¡disfraz y a la calle a festejar! En carnavales no hay tregua y hasta piñata todo es carnaval.

COMENTARIOS (2)

  1. Queen dice:

    Mi habitación no tiene disfraces… No es un mérito. Tampoco, estimo, lo contrario. Me refiero a un disfraz completo. Solo complementos, muchos de los cuales servirían lo mismo para un día de carnaval como para salir a la calle cualquier otro día del año.

    Reflexiono sobre lo que aquí nos escribe D. Miguel y me quedo ensimismado como cualquier otro mal caranavalero de mi edad… y mascullo bajito: Mi situación no sé realmente si obedece a que nunca he sido caranavalero o a que en realidad me tomo la vida cotidiana como un carnaval…

    Por no tener, no tengo ni sombrero… quizás porque me falte cabeza para llevarlo. Y eso ya empieza a no tener remedio.

    Esto termina demasiado trascendente… Qué carajo estoy diciendo…¡Viva el caranaval con o sin cabeza! ¿Acaso es malo perder la cabeza de vez en cuando?

  2. Luis Rollán dice:

    Me gustan los cuartos desordenadamente ordenados como el tuyo, Miguel. Y si están llenos de colorido, en este caso carnavalero, tanto mejor.

    La libertad y la espontaneidad, siempre permiten dar paso a la creatividad, a lo inesperado. Esencia de la vida, que este caso se impone al orden neurótico, al aburrimiento y al desdén de saber que siempre vas a encontrar lo mismo, a hacer lo mismo.

    Y a todas estas, ¡Caramba! ¿dónde deposité mis llaves?

    Saludos cordiales…

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