En el cuerpo superior, a los lados del San Miguel, se halla la talla barroca del siglo XVIII San Joaquín, procedente de El Salvador y la de San Francisco de Asís, del XVII, anteriormente entronizado en su altar de la misma iglesia.
La imagen de San Joaquín, la talla más pequeña de las seis, tenía altar propio en la Parroquia Matriz, fabricado por el regidor Juan Mateo Poggio Monteverde, cuya licencia fue otorgada por el Obispo Fray Valentín Morán el 20 de mayo de 1752. El "Padre de la Virgen María" es representado con barba gris y vestido con la túnica de los rabinos ceñida con ancha faja anudada por delante y gran manto terciado recogido en su brazo izquierdo, con cuya mano sostiene un libro cerrado. Como atributo personal, porta un cayado curvo en forma de muleta, que sostiene con la mano derecha.
La imagen de San Francisco está revestida por un hábito de la Orden seráfica de color castaño con valona (especie de esclavina muy breve) y capuchón del mismo color que cae sobre su espalda. Lleva cordón blanco en el cinto del que pende un rosario. Se le representa descalzo y joven. Nos recuerda la postura forzada hacia la izquierda del San Francisco, patrón de la iglesia homónima de esta ciudad. Sostiene un crucifijo en su mano derecha sobre el que inclina su bien esculpida cabeza, mientras que la derecha es posible que esté preparada para aguantar el peso del estandarte en el que campea el escudo de la Orden franciscana, como sucede en el titular de la parroquia homónima de esta ciudad. El movimiento de los ropajes viene dado también por la inclinación de la rodilla derecha hacia delante, así como el alzamiento del pie derecho, sobre el que se ve una de las cinco llagas o estigmas.
En el cuerpo inferior, en la hornacina de la derecha, la bellísima Dolorosa, conocida por "La Magna", obra del mismo Estévez y en la izquierda a San Juan Evangelista, de Manuel Hernández "el Morenito"(1756-1815). Estas dos últimas sustituyeron a las de los dos Papas que se hallaban inútiles y fueron colocadas solemnemente el 27 de junio de 1858, ante la petición del Sr. Marqués de Guisla Guiselin, Luis Van de Walle Llerena. Esta fecha se grabó detrás del frontal del altar. Ambas tallas se pusieron al culto el Miércoles Santo de 1842.
Mientras que las tres imágenes del cuerpo superior del retablo son tallas completas, las tres de las hornacinas inferiores son de candelero o de vestir.
El San Juan se representa con ropajes de terciopelo, túnica y manto y, como evangelista, tiene objetos de escribir: la pluma de ave en su mano derecha (alzada) y un pergamino enrollado en su izquierda. Tiene su rostro forzado y dirigido hacia su derecha en leve giro hacia arriba. También toma parte en la misma procesión que el Nazareno y la Magna. Su papel en la escenificación del Santo Encuentro, le ha valido el calificativo de "Alcahuete", y es así como popularmente se conoce a este santo en la capital palmera. La bella escultura del Evangelista la costeó el presbítero Esteban Van de Walle y Llarena.
La bellísima imagen de la Dolorosa, "que refleja el dolor más intenso, pero sereno en su Rostro y en la laxitud de sus miembros", es también obra de Estévez. La Virgen estrenó unas nuevas andas procedentes de París en 1937 y fue la primera vez que en La Palma se adornó un trono con flores naturales.
El magnífico traje de terciopelo negro de seda fue donación de doña Mercedes de Sotomayor y Van de Walle, VIII Marquesa de Guisla-Ghiselin, supliendo el antiguo que ya estaba deteriorado y había sido donación de doña Dolores Santos Duque.
La Virgen desfila también el Viernes Santo en la Magna Procesión del Santo Entierro desde la Parroquia Matriz de El Salvador. En esta ocasión utiliza el fabuloso trono de estilo rococó sobredorado -el mejor de toda la Isla- perteneciente al Nazareno. La acompañan en su majestuoso caminar por las empedradas calles de la capital los cuatro preciosos "Ángeles de la Pasión" de los que se dice que fueron esculpidos por un esclavo negro. Había sido otro obsequio del acaudalado comerciante y mecenas palmero Cristóbal Pérez Volcán y enviados desde América.
Para llevar a cabo esta nueva entronización de las imágenes en el retablo, se necesitó adaptar las hornacinas y reformarlas, ya que las nuevas tallas eran mayores que las antiguas. Se hizo preciso el aumento de su tamaño y, lamentablemente, fueron "bárbaramente mutiladas las veneras que coronaban ambos nichos", como reflejaba el profesor Morera.
El retablo continúa en silencio y a oscuras, esperando que los insectos xilófagos -que campan a sus anchas- terminen de destrozarlo. Estamos ante un legado histórico-artístico-cultural de primer orden, irrepetible y, a su vez, inconcebible y terriblemente olvidado por la desidia y tal vez por el desconocimiento de su existencia. La iglesia se abre tan sólo los sábados para la misa de la tarde. Es lamentable cómo se ha permitido y aún se permite y se tolera que este riquísimo tesoro -templo y dependencias conventuales- no haya sido restaurado. Esta obra de arte debería de ser luego abierta como, por qué no, museo de arte sacro, tan anhelado en el centro de la preciosa e histórica ciudad de Santa Cruz de San Miguel de La Palma. Sería entonces un extraordinario expositor de todas las magníficas piezas que se custodian en las dependencias de la parroquia matriz de El Salvador y de las vecinas ermitas de San Sebastián, San Telmo y, por supuesto, de la propia de Santo Domingo, solución ésta que podría ser ampliable a otras iglesias de la ciudad.
BIBLIOGRAFÍA:
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– Idem-. «Iglesia de Santo Domingo».Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife, 2000
– Idem. «El Convento Dominico de San Miguel de La Palma después de la invasión francesa de 1553: discurso escatológico y contrarreformista». I Encuentro Geografía, Historia y Arte de Santa Cruz de La Palma (Separata), 1993.
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