– LA VIRGEN Y EL FUEGO
En aquella ocasión, el día 26 de marzo de 1770, la Virgen ya se encontraba retornando a su Santuario ascendiendo por el Barranco homónimo, en las proximidades de la "Cueva de La Virgen", cuando "sonaron voces de ¡fuego!, ¡fuego en la ciudad!, viéndose luego humo negro que lo indicaba. Amedrentose la gente y contristáronse todos". Las voces unánimes solicitaron la presencia de la sagrada imagen: "de no ir la Virgen, se abrasará toda la ciudad". Rápidamente la procesión regresó a la capital palmera "y se hizo una deprecación". El enorme incendio se había propagado rápidamente por el centro de la ciudad. La comitiva se paró en la Iglesia del Hospital porque se hacía desaconsejable el acceso a El Salvador por el riesgo que se corría; "de aquí se sacó y puso la Santa Imagen a vista del fuego cerca de la plaza, bajo de la torre de la iglesia". Debido al calor sofocante que brotaba del voraz incendio, la procesión se presentó en la esquina superior de la plaza, cerca del Pósito (hoy sede de la sociedad "La Cosmológica"). Es aquí donde se hicieron más deprecaciones y sentidas rogativas. Siguiendo con la narración del alcalde constitucional Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: "el caso verdaderamente maravilloso: el incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, para acudir a apagarlas, pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas". Detalladamente el historiador nos relata cómo el pueblo se hallaba profundamente consternado, pero firme en sus ruegos a la "Morenita"-imagen históricamente milagrosa-, le pidieron su intercesión. Testigo del suceso, el sacerdote José Antonio Momparlé, redactó estas palabras: "Así se arruinaron catorce casas en poco más de tres horas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra algunas aunque antes habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista Nuestra Señora de Las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante".
En la segunda Bajada Lustral, en el año de 1685, la Virgen había llegado a la ciudad y ocurrió que "al hazer la salva en la plaza de la parroquia, las piezas de campana, una de ellas, o sea ya lo más acondicionado o sea el estar recargada, con la violencia del fuego voló en diversos pedazos por los ayres". Fray Diego Henríquez narra así en 1714 cómo los grandes trozos de metal habían caído sobre la multitud, tanto sobre el escuadrón de soldados que tributaba honores a la imagen como sobre "las mugeres, tan juntas y oprimidas como siempre lo están en tales concursos". Lo que debería de haber sido una desgracia mortal, tan sólo quedó en un susto, pues ninguno de los fragmentos de la pieza reventada hirió a ninguno de los presentes que abarrotaban el lugar. Concluye diciendo: "sin que tuviesse permiso de la reyna universal de lo criado alguno de aquellos duros fragmentos para ofender ni al que dio fuego a la pieza, ni a otro alguno de quantos allí se hallaron en obsequio suyo, acompañando y venerando su maravillosa imagen, siendo a todos fuerte escudo la poderosa sombra de su real presencia".
Hablando de fuego, en este caso, no incendio, pero sí del curioso caso milagroso de la llama de aceite que iluminaba el templo, el religioso fray Diego Henríquez informaba así del suceso acaecido antes de 1649, cuando el pequeño santuario era asistido por ermitaños. Precisamente sería después de dicha fecha cuando el licenciado Juan González Viera, capellán, se haría cargo del oratorio, elevado al rango de parroquia en 1657. El desconsolado ermitaño que le tocaba velar por la seguridad de la "Morenita" asistía asolado a la carencia de aceite puesto que éste no había sido traído desde la ciudad en cantidad suficiente. Entonces, "aparejó su lámpara con agua el vidrio, y nueva torcida, y encendiola diziendo a la Virgen con su casta sencillez (era hombre muy sincero y de virtuosa pureza) si quería luz en la lámpara la proveyesse de azeyte". Tras esto, cerró la iglesia con llave y se fue a dormir. Sin casi dormir, se levantó muy temprano y entre la oscuridad, contempló extasiado cómo salía "por sus rimas mucho excesso de luz". No daba crédito al comprobar cómo, al abrir la puerta, la lámpara lucía "con más lucido farol que el que pudieran muchas luces componer". El prodigio se extendió por toda la isla con mucha celeridad y un canónigo de visita en el santuario, "puso por obra el autenticarlo con los mismos hermitaños que lo vieron". Desde entonces, se llamó la lámpara "de los milagros". A partir de entonces, muchas personas aquejadas de varias dolencias, acudían a ver a la Virgen "con diferentes dolores y accidentes van a vicitar aquel santo templo; y ungiendose con el azeyte desta lampara, buelven sanos a sus casas, teniendo tanta fee con este azeyte que frequentes lo piden y llevan para las necessidades".
– LA VIRGEN , LAS EPIDEMIAS Y ENFERMEDADES
En el año 1759 volvieron a invadir las viruelas a la Isla, y desde el 25 de agosto hasta 17 de noviembre de ese año fallecieron 81 personas, niños en su mayor parte. Las rogativas públicas ante la Patrona no se hicieron esperar. Según los cronistas, gracias a su intersección, esta epidemia se estancó milagrosamente, sin causar más muertos.
En el año 1763 se padeció en La Palma una enfermedad "al parecer epidémica, que se le designa con el nombre de "puntada", y como dice una partida de defunción del Libro 8, folio 61 v., que la puntada "andaba mezclada con sofocación"; es evidente que tal enfermedad no era otra cosa que pulmonías". Así narraba estos hechos Juan Bautista Lorenzo. Los muertos aquí ascendieron a 39 personas, desde el 25 de noviembre hasta el 18 de marzo de 1764. Nuevamente el pueblo imploró a la Virgen y la epidemia no causó más daños en la atemorizada población.
En el año 1789 volvieron las viruelas a invadir toda la Isla, desde el 17 de octubre hasta el 18 de diciembre, falleciendo sólo en la capital 145 personas, niños en su mayor parte. El mismo cronista nos relata: "no sé ni puedo comprender cuál fue la causa, pero es lo cierto que los cadáveres de estos niños se encontraban amortajados en las puertas de los templos y aun dentro, sin saberse ni poderse averiguar quiénes eran sus padres, y llegó a tanto el escándalo que en una misma noche, se pusieron seis cadáveres en la Parroquia de El Salvador". Así consta en el Libro nueve de Defunciones, folios del 178 al 187 inclusive. El Santuario llegó a ser un hervidero de fieles que, postrados a los pies de la venerada imagen, pidieron su intersección. Así fue.
Más epidemias sacudieron la población palmera. Por ejemplo en 1720, las viruelas causaron la muerte a 104 personas entre el 17 de abril y el 19 de junio. Pero la que fue especialmente virulenta, ya que causó nada más y nada menos que 490 personas en toda la Isla (sólo en la capital fueron 115 los fallecidos) fue la que se padeció a partir del 21 de diciembre de 1767 y duró hasta el 16 de marzo de 1788. Se le conoció como "epidemia catarral". El pueblo de La Palma ascendió el barranco en rogativas y trajo en multitudinaria y solemne procesión a Nuestra Señora de Las Nieves el 2 de enero de 1768. Justo en ese momento, la mortandad fue decreciendo considerablemente.
Se cuenta que Isabel Méndez de Mendoza, esposa del inglés Francisco They, estaba "enferma de lúcidos tan furiosamente que era necesario el cuidado de sujetarla". Su madre y abuela, desesperadas, la llevaron ante la Virgencita de Las Nieves con gran dificultad, "pero luego que se hallaron en la presencia de tal poderosa reyna, con viva fe pusieron aquella enferma en manos de su clemencia". Se cuenta que su marido ofreció algunos dones y juró una promesa por la salud de su amada. Cuando le ungieron la cabeza con el aceite de la lámpara "de los milagros", se serenó inexplicablemente la enferma y, ante la admiración de la concurrencia, regresaron con Isabel a su casa con la quietud y sosiego que antes gozaba.
Otro caso prodigioso conocido fue el del doctor Natur, médico que ejercía en La Palma. Enfermó gravemente y no paraba de expulsar gran cantidad de sangre por la boca. Lejos de visitar a otro colega, "no discurrió su cristiana prudencia recurrir a mejor médico": imploró el auxilio de la "Negrita", " a cuya presencia se halló libre de enfermedad tan penosa y con perfecta salud". Para perpetuar las maravillas de la imagen, quiso colocar en el santuario un lienzo que recordara este milagro y "la clemencia que obró con él esta soberana señora".

