El Conde de La Gomera, Gaspar de Guzmán Ayala y Roxas, se hallaba en La Palma aquejado de una grave dolencia. Prácticamente había sido desahuciado por los médicos. Hizo voto ante la Virgen de asistir nueve días a su templo y, si mejorara, a su regreso a Garachico (en Tenerife) le enviaría cuatro candeleros de plata y "unos dozeles para el culto de la iglesia". Como se salvó milagrosamente, después de hacerle una novena, cumplió con lo prometido. Ya en el inventario de 1672 aparece dicho regalo entre los tesoros del templo, aunque fueron fundidos a principios del siglo XVIII para invertir su plata en el fabuloso trono de la Virgen.
La rica heredera de las haciendas de Argual y Tazacorte, doña Beatriz Corona y Castillo, madre del regidor perpetuo don Diego de Guisla y Castillo (mayordomo y esclavo de la Virgen) tuvo una grave enfermedad tras un parto. Durante más de seis meses sufrió de "calenturas cuyo rigor y molestia la tenían en tal estado que fue tenida por éttica". Fue llevada ante la Virgen junto a toda la familia y se le hizo una solemne novena. Se cuenta que regresó libre de la enfermedad y "con tan perfecta salud que vivió después muchos años teniendo en ellos diferentes partos".
El 5 de junio de 1851 se declaró el cólera morbo en Gran Canaria. Se iniciaron las novenas y rogativas ante la Virgen. El 25 de julio se trajo en procesión hasta El Salvador al Patrón de la Salud Pública, el Glorioso San Sebastián. La "Morenita" descendió nuevamente hasta la capital el 5 de junio de 1852 en agradecimiento por haberse librado esta Isla y la de Gran Canaria de esta terrible epidemia. "El 6, domingo de la Santísima Trinidad, fue la función de acción de gracias, el lunes 7 regresó a su Santuario". Fue acompañada por un pueblo repleto de orgullo y feliz de tener a la Virgen como su Patrona y Protectora.
– LA VIRGEN Y OTROS MILAGROS
Otro suceso muy famoso fue el del la niña Margarita de las Nieves Estrella, hija de Alonso Hernández y Francisco Luis (casados en Puntallana el 28 de octubre de 1619). Cuando jugaba con otros niños, se despeñó por un risco muy alto ("de más de treinta brazas"). El terrible incidente fue presenciado por los desconsolados padres que gritaron el nombre de la Virgen de Las Nieves invocando su auxilio. "Baxaron al valle a recoger los pedazos del tierno cuerpo para darle sepultura, y hallaron a la niña sentada viva y sin lesión alguna". Los padres no dieron crédito a la escena y la niña relató cómo una señora vestida de blanco la había recibido en sus brazos y la había librado de todo daño. La afortunada familia ofreció en agradecimiento, tras medir el alto del despeñadero, "una línea de cordel que, con el debido hazimiento de gracias para eterna memoria de tan gran misericordia, colocaron a lo largo de la pared de la iglesia". Se cuenta que se tuvo que doblar varias veces, lo que da una idea de la altura del risco.
"A otros muchos despeñados de los muchos y grandes despeñaderos de toda la isla, por ser muy alta, de muy profundos valles y barrancos, y de muy peligrosos caminos, ha librado esta milagrosa reyna, cuya auxilio han implorado en sus tribulaciones, como lo dicen las diferentes cuerdas, medidas de los despeñaderos, que se ven en las paredes del templo por signos y perpetuos testigos de los milagros".
Un "pardo" llamado Gaspar, esclavo del capitán Gaspar de Olivares Maldonado – alguacil mayor del Santo Oficio muerto en 1683- perdió la voz repentinamente después de un ataque. Y "como quién no ignoraba las maravillosas clemencias desta soberana reyna, y los milagros desta santa imagen, acudió luego a su casa de tan precioso patrocinio". Las crónicas decían que, imploraba ante la Virgen "con humilde corazón y devotas súplicas, en medio de las quales rompió la voz, llamando a Nuestra Señora y pronunciando su dulce nombre". Maravillado, el afortunado hombre repetía gritando el nombre de María de Las Nieves a todos aquellos peregrinos con los que tropezaba de regreso a la ciudad.
De entre todos los prodigios y milagros, tal vez sea éste, uno de los más originales. Se cuenta que el palmero don Pedro Escobar Pereira (1617-1673) (Visitador General de La Palma, La Gomera y El Hierro; racionero, canónigo, tesorero, chantre y arcediano de la Catedral de Las Palmas y Obispo Electo de Puerto Rico, etc.) trajo de la Península una magnífica tela para confeccionar un vestido para la Virgen de Las Nieves. Con toda solemnidad acudió al Santuario con toda su familia para ser testigos del cambio de ropajes a la sagrada imagen. Las camareras habían empezado a despojarla del que tenía para colocarle el de don Pedro, cuando "torció la imagen el rostro hazia un lado, ademán que suspendió las manos a las mugeres y los sentidos a todos los circunstantes". El narrador continuaba: "y en medio del asombro, ocurrioles que aquel ademán parecía efecto o enigma del virgíneo pudor, y que no gustava se despojase su imagen en presencia de hombres la que de muy pura se turbó a la presencia del ángel". Una vez se invitó a todos los caballeros a que abandonasen la estancia, "volvió la sacra imagen a destorcer la cabeza". Las doncellas, atónitas, no daban crédito a lo ocurrido. Temblorosas aún, pudieron terminar de colocar el nuevo traje. Fue entonces cuando se permitió entrar a los señores que, todavía impresionados, presentaron sus respetos ante la "Gran Señora de La Palma".
Antes de que el doctor palmero Juan Méndez fuese canónigo de la Catedral de Canaria, fue apresado por un navío de turcos y conducido cautivo a Argel. A tal vejación fue expuesto y de tantas atrocidades fue testigo, que temía por su vida. Por ello "recurrió a la protectora de su isla, puso en las manos de su poderosa clemencia su angustiado corazón, encomendó su necessidad a esta señora de Las Nieves, en quien tuvo firme la esperanza de su remedio". Milagrosamente consiguió su libertad y a su llegada a La Palma y acudir al santuario a rendir pleitesía ante la Patrona, le ofrendó un lienzo que se colgó en la capilla mayor "de la yglesia desta milagrosa señora".
Se cuenta que, en una de las Bajadas Lustrales, un viejo mendigo llamado Román "tan privado de la vista que no podía ir a parte alguna si no le llevavan de la mano", pidió que lo llevaran ante la "santa reliquia". Cuando le dijeron que ya estaba ante Ella, "con su natural sencillez y llanesa de palabras, cantava sus elogios a la celestial señora, con tan fervoroso afecto y devotos ademanes, que movía a los demás y los encendía en fervor". De esa manera fue llevado durante varios días hasta que, en una ocasión, cuando la Virgen se hallaba en la procesión que se le tributaba tras la solemne función diaria, de repente, "se halló en un instante con su perfecta vista, causando en los allí presentes más estupendo éxtasi que causó aquel tullido a quien sanó San Pedro, quando entró por el templo saltando de contento". De esa manera le vino la vista y la conservó todo el tiempo que vivió, siendo "a todos los que antes le conocieron sin ella, testigo de vista de ojos del prodigio".
BIBLIOGRAFÍA
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