Se continuaron con las plegarias y los ruegos a la Virgen de Las Nieves en todas y cada una de las generaciones de palmeros. Un suceso célebre fue el que ocurrió el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde se halla entronizada la preciosa imagen de la olvidada Patrona de la ciudad, Santa Águeda. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecían en toda la Isla. Milagrosamente comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un buque cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de su Reina.
En el año de 1676, el Obispo García Ximénez, que se hallaba en La Palma en una visita pastoral, coincidió con una pertinaz sequía. Testigo de excepción del profundo fervor que demostró la población de la Isla hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada de Nuestra Señora de Las Nieves se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces sin interrupción.
El día 7 de mayo de 1770 había quedado fijado que la "Virgen Morenita" regresase a su templo de la montaña, después de su preceptiva bajada de ese año acabado en cero. Previamente el día anterior, día del Patrocinio de San José, había venido la imagen del santo Patriarca desde su ermita capitalina hasta El Salvador a despedirse de la Patrona palmera. Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna "y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche". Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, "hasta el lomo que se lama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora". Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tan avanzado de primavera, "y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas".
Nuevamente apareció la langosta en la madrugada del día 15 de noviembre de 1844 que duró hasta marzo del siguiente año. Esto, unido a la sequía que se siguió, hizo que el año fuese sumamente estéril. Comenzó a sentirse la enfermedad de las papas, llamada vulgarmente "escarcha", desconocida en La Palma en aquel entonces. En la primavera de 1847 hubo una gran carestía y falta de víveres, "de la que resultó haber una gran mortandad de pobres". Después la enfermedad de las viñas asoló los campos en 1852. Siempre los caminos de La Palma, ante las calamidades, se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Otro hecho relacionado con la langosta, precisamente fue el sucedido el jueves 16 de octubre de 1659. Esta plaga entró y "llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron". Los cronistas atestiguan de cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera a Nuestra Señora de La Piedad y al glorioso Apóstol San Andrés, al glorioso San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año". Anteriormente la plaga de langosta se había repetido en 1811 que duró hasta el 20 de enero de 1812 dando origen a más plegarias y a otro milagro.
El 18 de junio de 1851 se experimentó, desde el amanecer, un terrible calor "que no había memoria en esta isla, habiendose subido el barómetro Reaumur a 104 grados, lo que puso a todos en la más grande consternación". Al día siguiente era Día de Corpus y se había determinado que la procesión no saliese a la calle para evitar problemas de salud a la población. Se cuenta que muchos cirios fueron encendidos a la Virgen de Las Nieves y, finalmente, la procesión salió a la plaza "habiendo acompañado el pequeño tránsito un piquete del regimiento de Málaga, que se hallaba destacado en la ciudad".
Las plegarias a la Virgen volvieron cuando el 27 de diciembre de 1627, a las 9 de la noche según el alcalde Lorenzo Rodríguez, "llovió en esta isla un aguacero grande con el cual cayó tanta cantidad de nieve, que se hicieron y congelaron torales tan grandes como pipas". El pueblo, atemorizado, también rogó a Nuestra Señora por su rápida desaparición. Tengamos en cuenta que "incluso en la costa de la mar nevó en la dicha forma y en el Tejal del Barrio del Cabo se hicieron los torales que arriba digo, y en toda esta ciudad". Así quedó reflejado en el cuaderno de noticias del archivo del Sr. Marqués de Guisla, titulado Cosas Notables.

