Invocada orgullosamente como Patrona de la Isla, el culto a la venerada y amada "Virgen Negra de La Palma", "tierna y enigmática escultura", es el denominador común que aúna a todos los estratos sociales y su Real Santuario, a través de los tiempos, se ha erigido como el principal centro devocional palmero. El Licenciado Pinto de Guisla así lo mencionaba en 1681: "su ermita era el primero y principal santuario de esta ysla, que la tiene por patrona y en las necesidades más urgentes, así publicas como particulares, se recurre a él por el remedio y quando instan las públicas se llevan a la santa ymagen a la ciudad, donde se le da muy decente culto, resibiéndola con la mayor autoridad y deboción que se puede…". También el alcalde Lorenzo Rodríguez deja constancia el 7 de mayo de 1653 de cómo las casas que están destinadas al alojamiento de los romeros en los aledaños de la ermita de la Virgen de Las Nieves quedaron pequeñas para albergar al gran concurso de gentes de toda la Isla, "por ser esta Santa Imagen el amparo de toda esta isla y de sus moradores y las continuas obras milagrosas que hace Dios Nuestro Señor por su intercesión".
En 1680 la beata María de San José Noguera tuvo la revelación de que la escultura de la Virgen de Las Nieves había sido formada por los ángeles del cielo de "la columna en que fue azotado el Señor".
Esta universal devoción del pueblo palmero ha sido invocada desde tiempo inmemorial en toda clase de conflictos, motivados tanto por erupciones de volcanes, falta de lluvias, inundaciones, plagas de langosta, epidemias, guerras y correrías. La imagen morena ha sido llevada solemnemente en rogativas a todos los municipios recorriendo toda la Isla. El pueblo memorión no olvida aquellos milagros que, desde su niñez, le contaron. Nos lo relata Viera y Clavijo en 1776: "de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta; la lámpara que, en una penuria de aceite, ardió incesantemente y aún rebosó; la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646; el otro volcán de 1711 que, a vista de la imagen, se extinguió; y, finalmente, el incendio de la ciudad, el 25 de abril de 1770, que habiendo empezado al tiempo que se retiraba la procesión a su santuario y llevando catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo".
Esos mismos prodigios fueron relatados por Verneau tras su estancia en La Palma. Informaba también de que "a una corta distancia se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Se dice que ya existía en este lugar una pequeña iglesia antes de que la conquista de la isla fuese terminada. Hoy, gracias a la generosidad de los fieles, la estatua tiene un templo más decente y está cubierta de joyas de un valor aproximado a 10.000 francos. De esta manera, ella no se ha mostrado ingrata y ha pagado con milagros las privaciones que se han impuesto sus adoradores…"
El franciscano Fray Diego Henríquez, en 1714, después de relatar algunos prodigios de "la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, de quien la Palma se halla favorecida y patrocinada aquella isla", recuerda cómo "las otras maravillas y beneficio desta prodigiosa imagen, los tullidos, baldados y las otras enfermedades que ha sanado; los despeñados y naufragios de que ha librado; los conflictos y necesidades que ha remediado a los que han implorado su favor y auxilio, las dicen más bien las muletas, pedaços de maromas, cuerdas, pinturas y demas instrumentos que en su iglesia se miran para eterna memoria colocados en las paredes, sin los muchos que se quedan en el olvido sepultados".
En la Pandecta del Obispo Fray Joaquín de Herrera en 1782 se determinaba que si "aconteciere que la vajada de esta milagrosa Ymagen fuere en rogativa, se hará la señal como tal, sin repiques y viniendo procecionalmente, con la letanía de los santos, llegando al Puente inmediato a la Parroquia, sesarán las rogativas (y) se entonará el Te Deum, entrando en la Iglesia con repique y colocada en su trono la Señora, se hará la rogación".
Los milagros recogidos por Fray Diego Henríquez son dieciséis narraciones cortas que describen -en palabras del profesor palmero Pérez Morera- "de modo cándido y tierno, prodigios sobrenaturales (la lámpara que ardía incesantemente; los cascotes de artillería que no dañaron a nadie en el recibimiento de su segunda bajada; el gesto mudado de la imagen al ser desvestida en presencia de hombres); accidentes (la niña despeñada por un barranco), curaciones de desahuciados; mudos que recuperan el habla (Gaspar el esclavo) y ciegos que recuperan la vista (el mendigo Román); ataques piráticos (amenaza de invasión argelina; batalla naval entre turcos y cristianos; cautiverio en Argel) y catástrofes naturales (volcanes de 1646 y 1712; sequía de 1703), etc."
"Santa Cruz de La Palma ha sentido en sus nobles piedras el aire decantador de los tiempos. Sabe de ataques piratas, de lances de capa y espada, de aventuras gentiles que estrellaron los susurros en las cerradas celosías. Sabe de una Religión que aquí sentó sus raíces y floreció en la América, luminosa y legendaria. Sabe de aventureros y de santos, de poetas y marinos. Allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante PRODIGIO…"
«Pregón, 1970…». Gabriel Duque Acosta

