A pesar de que Pérez García y Lorenzo Rodríguez son coincidentes en varios de estos puntos, para Yanes, la historia se desarrolló de otra manera.
Así, cuando el colérico esposo comprobó que Petronila se había escondido en la casa del sacerdote, amigo y vecino de la casa, llamó con fuertes golpes en su puerta. El religioso, al oír los golpes, se asomó por una de las ventanas y "le dijera que perdía el tiempo en empeñarse en allanar su morada, puesto que no solamente le aseguraba que él no tendría fuerzas suficientes para romper su puerta". Incluso llegó a amenazarlo si intentaba entrar a su casa. Trató de convencerlo de que se ocultase en el convento franciscano o se entregara a la justicia. Lo que tenía que tener claro es que había asesinado al hijo de uno de los subordinados del Gobernador Militar de La Palma, lo que equivaldría a una condena a muerte. Luego sí confirma la hipótesis de la escapada por la puerta trasera hasta llegar al convento de las clarisas de Santa Águeda.
Ya de regreso y en su casa, el mismo presbítero recibe a Juan Massieu, que acude a él preguntando por su esposa. El desolado caballero le cuenta su versión de todo lo ocurrido. También le informa de que, infructuosamente, llevaba recorridas varias calles sin dar con su paradero. El historiador Lorenzo Rodríguez escribía que el sacerdote "trata de calmar, con prudentes consejos, la excitación de Massieu, y viendo que principiaba a aclarar el día sin haber tomado ninguna medida salvadora, se propone Barroso hacerle comprender la gravedad de lo sucedido y lo expuesto que estaba a ser preso y juzgado por la justicia si ésta, como era presumible, le consideraba autor de aquel atentado…" Tantas sugerencias y recomendaciones dieron su fruto, pues el abatido Massieu se dejó conducir por Pablo Mateo hasta el convento franciscano de la Inmaculada, donde quedó "encomendado a aquellos buenos Religiosos".
Ahora regresemos a lo publicado por Pérez García en 2006. Según su narración, Juan Massieu habría reconocido su crimen ante el licenciado Isidoro Arteaga de la Guerra, "a quien despertó en su domicilio, entre la una y las dos de la madrugada del 2 de julio de 1717 para confesarle el hecho".
Recordemos que Isidoro Arteaga (Santa Cruz de La Palma, 1670-1741) era clérigo presbítero. Había ocupado uno de los tres beneficios de la parroquia matriz de El Salvador, primero en calidad de servidor y después en propiedad, para el que fue presentado por Real Cédula de S.M. Felipe III, dada en Madrid el 18 de marzo de 1717.
Lorenzo Rodríguez desvelaba una declaración que el asesino hizo ante la Justicia, y que arroja otros datos ofrecidos por su colega Lorenzo, cien años antes. Según aquélla, don Juan "arrebatado de la ira en que lo puso aquel arrojo, le tiró (a Carlos Cart) con una pistola y viendo que el dicho se había arrojado de lo alto al suelo de dicha casilla, sin conocer si cayó por herido o se arrojó para acometerle con armas de fuego que presumió traerla, se entró dicho Don Juan en la casilla disparándole al agresor otra pistola, y luego sintió que le acometería tirándole algunas estocadas que resistió Don Juan más con las manos que con el espadín, porque al tirarle otra punta se le dobló dando en la pared o en otro obstáculo, por cuya causa se arrojó a la lucha y le quitó su espadín al dicho Carlos Cart, con lo que lo mató después de haberlo derribado en el suelo".
Don Isidoro se desplazó hasta el lugar del siniestro a fin de comprobar si el joven galán aún vivía para asistirlo espiritualmente o, por el contrario, según la versión de Massieu, yacía inerte. El cronista aclara que "el clérigo, no obstante, fue a la casilla y habiendo comprobado in situ la realidad de la situación, llevó seguidamente a don Juan Massieu para ponerlo en el refugio de un convento".
Comprobamos cómo las versiones son coincidentes en algunos puntos. Sin embargo, se constata que no concuerda el nombre del clérigo que ayudó a don Juan y a su esposa. Para Pérez García, fue Pablo Mateo Barroso de Sá quien auxilió a Petronila, pero no a su marido. A éste lo acogió Isidoro Arteaga de la Guerra. Para Lorenzo Rodríguez, en ambos casos, el clérigo es el mismo: Pablo Barroso. Se trata de otra de las muchas singularidades que se van encontrando en este confuso episodio.
Para Yanes Carrillo, sin embargo, cuando comprobó que era imposible vencer la resistencia de su vecino el presbítero y que le entregara a su infiel esposa, corrió a la parroquia matriz de El Salvador "e hizo levantar de su lecho a su buen amigo el señor Arcipreste, a quien enteró perfectamente de cuento le sucedía, pidiéndole a la vez su parecer sobre el consejo que por la ventana le había dado el otro sacerdote". En vista de que este venerable religioso fuese de la misma opinión que su colega, y que ya amanecía, "a espuela de caballo salió con la mayor rapidez en dirección de aquel convento que se le indicaba y brindaba como único posible refugio en que poder acogerse…"
Efectivamente, en aquella época, existía el llamado "derecho de asilo", privilegio del que gozaban los conventos y recintos sacros en "cuanto a poder admitir y acoger refugiados y amparados a su custodia, fuera por la causa que fuera, dentro de cuyo recinto, si lograba alcanzarlo, no tenía jurisdicción autoridad ni tribunal de ninguna clase…"
Lo que sí se desprende de los tres relatos es que se trató de un hecho luctuoso que alteró profundamente la monotonía imperante en la sociedad clasista de aquellos primeros años del siglo XVIII. Esto vino motivado, como vimos, por "tratarse de un personaje perteneciente a una de las familias más prepotentes de la Isla tanto en lo económico como en lo social, acaparadora de importantes cargos en la administración civil y militar".

