Muerte de Carlos Cart (y IV)

Veamos otra diferencia abismal entre ambas reseñas. Según Lorenzo Rodríguez, la justicia, a pesar de haber hecho todas las pesquisas necesarias, no pudo probar la autoría del asesinato de Carlos Cart. A esto se añadía el hecho de que en el cenobio, Massieu estaba a salvo, protegido: este asilo religioso tenía inmunidad y la justicia "no podía penetrar en él".  Sea lo que fuera, Juan Massieu de Vandale permanecería entre los muros conventuales hasta su muerte, producida 22 años más tarde de su ingreso, el 27 de mayo de 1739, sin que jamás hubiese salido de esta clausura que se le impusiera.

Pérez García nos ofrece otra versión de los hechos. Según Jaime, esta serie de privilegios familiares, no fue óbice para que el "coronel don Antonio de Benavides, brigadier de los Reales Guardias de Corps de Su Majestad, Gobernador de las Armas de La Palma por especial comisión del comandante general del Archipiélago don Ventura de Landaeta, que protegía los derechos de Beatriz Fernández, madre del asesinado, iniciara las actuaciones al respecto por la vía militar". Conociendo el temperamento déspota de Ventura, no es de extrañar el desenlace de esta versión de los hechos. La acumulación de problemas e incidentes que tuvo este tirano debido a su mal talante durante el desempeño de sus funciones, hizo que la Corte Real lo hiciera llamar. Jamás regresaría a Canarias. Uno de estos tristes episodios -recogidos por Pérez- nos da una idea de lo impío de su proceder. Al intentar entrar en el convento franciscano donde se refugiaba Juan Massieu, encontró una férrea resistencia del Padre Guardián. Sin embargo, obviando la tradicional inmunidad que el cenobio tenía, lanzó contra el monasterio a sus tropas armadas en varias ocasiones, violando la clausura. A pesar de que no quedó recoveco que no se registrase, no pudieron localizar al refugiado. Afortunadamente, presagiando este incidente, tuvieron tiempo de hacer una gran zanja en la huerta principal donde ponían a los perseguidos durante el día, cubriéndolos con unos grandes tablones y "sobre éstos extendían una pantanera". Se refiere a la extensa y tupida enredadera donde nacen las ricas pantanas, especie de calabacines canarios de donde se extrae la pulpa para hacer la mermelada de "cabello de ángel".

Yanes dulcificó la escena de la violación del espacio sacro por parte del Gobernador. En vista de que éste insistía en entrar en el convento para registrar sus dependencias, seguro de encontrar en ellas al asesino, el Prior "aguzando su ingenio lo más que pudo, le manifestó que le permitiera entrar a él solo para estudiar y ver con sus compañeros de congregación la manera de resolver este grave problema que se le presentaba a la Comunidad". Pudo así convencer al jefe militar que le esperase en la portada del cenobio durante unos instantes. Rápidamente congregó a todos los frailes y los dispuso en dos filas, una frente a la otra y a continuación del pórtico, "completamente cubiertas sus cabezas y caras con sus correspondientes capuchas, y sus manos metidas dentro de la ancha manga del brazo contrario". Al abrir las puertas, el Gobernador entró triunfalmente en el convento entre las hileras de monjes con las cabezas inclinadas. Era imposible ver sus rostros bajo aquellos ropajes. Después de haber rebuscado por todas las dependencias monásticas, y no encontrar al criminal, ordenó furioso a sus hombres que abandonaran el convento. Días más tarde, tras registrar toda la ciudad, recibió "la alcahuetería de que los frailes le habían engañado". La versión dada por el delator era que Massieu junto con su esclavo negro se habían disfrazado de monjes y se hallaban escondidos entre las filas de frailes que le dieron la bienvenida. Sintiéndose traicionado y engañado, fuera de sí, ordenó formar a su tropa y lanzarla contra el convento, etc. Aquí la versión es coincidente con las anteriores, incluido el episodio de la calabacera que cubría las tablas de la zanja donde se ocultaron los refugiados.

Yanes narra como el Prior, cansado de que el arrogante e impulsivo Gobernador violase de forma reiterada su convento, hizo embarcar a su secretario con un detallado escrito para que el Obispo estuviese al tanto de todo lo ocurrido. La respuesta del prelado no se hizo esperar. La denuncia fue hecha ante el Capitán General y éste destituyó inmediatamente al causante de tanto atropello contra la inocente comunidad franciscana. El abatido militar fue trasladado a Tenerife en una de cuyas fortalezas fue encarcelado.

Otro asunto curioso es que doña Beatriz, madre de Carlos Cart, no hiciera referencia a su hijo muerto en el testamento que otorgó ante el escribano público Andrés de Huerta el 24 de agosto de 1739. En la herencia de Juan Massieu, éste versiona los hechos, dejando constancia de que su mujer se había llevado del domicilio conyugal "todas las galas, preseas y joyas de oro, perlas, esmeraldas que había yo costeado para su uso y lucimiento, así al tiempo que me casé como después, hasta que se embarcó con otras cosas más". Pérez García transcribe este texto fechado el 27 de mayo de 1739 (Archivo General de La Palma, Escribanía de Pedro Escobar y Vázquez).

El Provincial de la Orden había concedido autorización para que el ilustre inquilino fabricase a su costa un recinto dentro del convento para que habitase con la mayor comodidad e independencia. Lorenzo Rodríguez nos informa de que "así lo hizo, que es el mismo que se llama hoy Casa de la Misericordia, por haberlo fabricado sobre el salón que esta Confraternidad tenía allí". Continuaba diciendo que "en el testamento otorgado por el dicho don Juan, en 8 de diciembre de 1733, ante Pedro de Escobar y Vázquez, el cual fue abierto y protocolado en 27 de mayo de 1739 ante el mismo Escribano, deja al Convento de San Francisco para enfermería de sus religiosos, la sala alta que fabricó sobre el salón de la Misericordia, y encargó a sus hijos fabricasen el Camerín de la Virgen de la Concepción, que él no había hecho por no haber obtenido aún la competente licencia".  Pérez García escribió también sobre el que llegara a ser benefactor de esta comunidad religiosa que tanto le había protegido. Así, Juan Massieu, ya dedicado a obras de caridad para purgar su pecado, había instituido "la fiesta en honor de San Juan Bautista y San Antonio, en la ermita de San Pedro de Argual, cuyas efigies había donado merced a su particular devoción".  

Tras el lamentable suceso que generó todos estos acontecimientos e historias, el 14 de julio de 1717, Juan Massieu envió una carta a su hermano Pedro, ausente en Sevilla. En ella se deshacía en elogios hacia los franciscanos por la ayuda prestada. Recordemos que habían transcurrido tan sólo doce días de la tragedia que cambiaría tantas vidas. Pérez García recoge algunos párrafos: "El Provincial de este convento llamado fray Juan García estaba visitando al tiempo que me refugié y se ha lastimado mucho de mi fatalidad y de lo mucho que he sufrido y padecido, y va empezado en poner a los superiores y padrastro la ceniza en la frente y desengañarlos de la gran parte que han tenido con sus consejos en los procedimientos".

 La crónica de Lorenzo informaba de que Petronila, tras permanecer poco tiempo en el convento de las clarisas, se embarcó para Gran Canaria y jamás regresó a La Palma. Pérez García escribe que, una vez llega al monasterio de monjas claras donde fue depositada por Pablo Mateo, "más tarde se ausentó de la ciudad y pasó a residir a Tenerife". Esto es más lógico, teniendo en cuenta que su familia vivía en La Orotava. Incluso existe una clara diferencia entre la "huída con nocturnidad" descrita por Lorenzo y el "viaje apacible" que sugiere Pérez. Éste sí hace mención a la desaparición de Petronila cuando se refiere a los hijos tenidos en el matrimonio, de los cuales tan sólo dos alcanzarían la edad adulta: Nicolás Antonio y Felipe Manuel, nacidos en 1710 y 1712, respectivamente. Así, nos informa de que "ambos estaban en su niñez cuando se produjo la tragedia familiar y por ello, debido a la ausencia de su madre, quedaron bajo la patria potestad del padre aunque sin convivir con él puesto que éste, refugiado y sin salir del convento en los primeros instantes del proceso abierto por la Justicia, tuvieron que ser acogidos por sus allegados, siempre bajo el control y tutela de su progenitor".  

A este respecto, recordemos que Lorenzo Rodríguez informaba de que jamás había salido del convento en los últimos 22 años de su vida. Sin embargo, Pérez García recogía una tradición oral que se había transmitido. Se decía que por las noches hacía las únicas escapadas fuera del recinto conventual, a caballo. Generalmente era el mismo itinerario: hacia su finca de Velhoco de Arriba, "cuando aún le era posible hacerlo, pues a medida que pasaron los años se resintió su salud". En las frecuentes cartas que enviaba a su hermano Pedro a Sevilla le iba enumerando las diversas dolencias, como los "dolores de la gota". Su muerte se produjo a las tres de la tarde del 24 de mayo de 1739. Fue enterrado, cumpliendo sus disposiciones, en la capilla de San Nicolás de Bari, en la iglesia del convento franciscano, al que tanto favoreció en señal de agradecimiento, la cual se había erigido en fastuoso panteón familiar.

Lorenzo Rodríguez terminaba su crónica diciendo: "esta relación no sólo está basada en la tradición sino también en documentos que tenemos a la vista, y si algún día llegan a confeccionarse estos apuntes para que vean la luz pública, deben suprimirse los nombres propios".

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la parroquia matriz de El Salvador, Libro 5º de Defunciones (15 de enero de 1709-7 de octubre de 1723), folio 184 (recto)

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, La Laguna-Santa Cruz de La Palma, 1975

NOBILIARIO DE CANARIAS (4 tomos). J. Régulo, editor. La Laguna, 1952-1967.

PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: La Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Madrid, 1995

–  Idem. Fastos Biográficos de La Palma, Santa Cruz de La Palma, 2009

Idem. La Casa del mayorazgo tercero de los Massieu Monteverde, sede de CajaCanarias en La Palma, CajaCanarias, Santa Cruz de La Palma, 2006

YANES CARRILLO, Armando. Narraciones que parecen cuento, Santa Cruz de La Palma, 1954

 

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