Hagamos un inciso. La actual y conocida como Casa Massieu Lordelo (actualmente en Calle Pérez de Brito, número 66), fue fabricada en la segunda mitad del siglo XVIII, por lo que no queda nada de aquella mansión de la que hacemos referencia en esta historia.
La parte trasera de la primigenia casona daba a una explanada limitada al este con la ribera del mar y al oeste con una gruesa muralla de alta construcción que delimitaba a la calle de La Marina junto al desemboque de la antigua calle llamada de Los Molinos. En esta planicie quedaban varados por el día numerosos barquitos de pesca que, caída la tarde, se botaban a la mar. Durante toda la noche trataban de pescar, sobre todo chicharros y caballas. El oficio de pescador era de los principales de aquella época, puesto que el pescado constituía un alimento básico y fundamental para los vecinos. Todo el mundo conocía a este lugar como "el varadero".
Al llegar a esta zona trasera de su casa y, desde la oscuridad, el caballero apreció cómo la silueta de un hombre se hallaba arrimada a la pared de su domicilio, según Lorenzo Rodríguez. Yanes añadía más elementos a la escena. Por lo visto, el esclavo negro previamente había subido a una muralla hacia el callao de la ribera y, desde allí, avisó a su señor de que era el momento que trepase a donde aquél se encontraba. El caballero, según pudo observar, "hablaba muy recatadamente con una persona que estaba asomada en una ventana de la misma y ya no quiso más pruebas". Pérez García lo describe con más detalle: "al ir a entrar en su casa por la calle de La Marina, halló al susodicho sobre unas travetas que están a la altura de una ventana de balaustre, junto a una casilla, sin techo, incorporada a las espaldas de su vivienda donde se hacía el aguardiente".
Efectivamente, Yanes Carrillo describe mejor esta parte del exterior de la casa: "junto a su pared medianera, hacia el sur, existía un pequeño solar, protegido con sus correspondientes muros de piedra, y parcialmente cubierto con un improvisado cobertizo, dentro del cual tenía su propietario instalado un pequeño alambique, en el que, algunos años, destilaba ciertas cantidades de melazas que le mandaban del trapiche que poseía en sus fincas de Los Sauces, con el objeto de convertirlas en aguardiente de caña, bebida que era muy estimada y bien vendida en todos los pueblos de la Isla y, principalmente en éste entre la clase marinera, que tanto abundaba aquí en aquel entonces…".
Sea como fuera, el descubrimiento del amante rondador en sus dominios le bastó para que todo su feliz mundo se hundiera en aquel preciso instante. La traición de su esposa se desvelaba crudamente ante sus ojos y sólo era posible un arreglo: la muerte de los ingratos bastardos. Furibundo, al acercarse al hombre, comprobó que se trataba del tantas veces nombrado Carlos Cart y, sacando su espada, arremetió contra él sin miramiento alguno. Lorenzo Rodríguez publicaba: "Don Juan se acerca a aquel hombre en quien conoce a Carlos Cart, y tirando ambos de las espadas, se traba la lucha". Pérez García, no obstante, refleja otra realidad que veremos más adelante. El silencio de la noche sólo fue roto por el choque de los aceros. Los temerosos vecinos, ocultos, oyeron el ruido del combate pero ninguno de ellos hizo nada para detener el enfrentamiento. Nadie se metía con estos duelos que debían, por lo general, para restaurar la tan preciada honra. El cronista Lorenzo narraba: "ya sea que Massieu fuese más hábil en el manejo del arma, o que el delito acobardara a Carlos Cart al verse descubierto, es lo cierto que al poco rato cayó éste mortalmente herido". Ciertamente, recordemos que Massieu era un diestro espadachín gracias a su exigente y exquisita preparación dentro de su ascendente carrera militar. Yanes Carrillo confirmaba que la tradición decía que "la espada ensangrentada era la del hijo del capitán y que la de don Juan estaba limpia de sangre, pero completamente torcida y mellada, encontrándose en su punta vestigios y aun residuos del encalado de la pared interior de la pequeña casa, a la que, seguramente por falta de visibilidad, lanzó varias estocadas, creyendo hacerlo al cuerpo de su enemigo a donde solamente quería dirigirlas".
Debido a que no recibió auxilio alguno, Carlos Cart moriría instantes después a causa de aquellas terribles heridas. Dentro de aquel solar y en la oscuridad de la noche, "en donde se dirimió aquella grave cuestión de honor, sin más padrinos ni testigos que aquellas paredes que nunca pudieron hablar ni por lo tanto contarnos lo que sucedió en su recinto…"
Mientras tanto, don Juan, iracundo, penetró en su casa por una puerta trasera y se encontró con una de sus sirvientas -"que creyó cómplice de su mujer"- y la hirió también. Una versión popular cuenta que le había cortado una oreja. Yanes informaba de que vivían en la casa "un esclavo y una esclava negros", pero no coincidía con tal versión. Según la tradición, la esclava negra había detenido su amo, arrojándose a sus pies y le agarró con sus brazos ambas piernas fuertemente, "pidiéndole clemencia para su señora y ama". Seguía contando que "como tardara en soltarle, sacó su afilado puñal de la vaina pendiente del cinturón para hundírselo en el cuello, lo que no hizo, añadía, porque en ese momento, y en aquella actitud, se le pareció una Santa Catalina de su devoción que se veneraba en la iglesia de San Francisco". Sin embargo, tras registrar todas las estancias de su casona, no pudo localizar a su infiel esposa. Sí encontró una sábana enrollada y colgada por una de las ventanas que daban hacia la calle Real: Petronila se había fugado. Yanes llega a la misma conclusión, pero sólo puede cerciorarse de que no está en la casa y que, al ver las ventanas abiertas de par en par, comprendió "que por ella se debió haber escapado aquella infame que de esta manera amargaba su vida". Más tarde confirma la misma versión del uso de las sábanas anudadas con la ayuda de su criada.
Efectivamente, se desveló el secreto: era su querida esposa la que había estado flirteando con Carlos Cart, su amante, desde uno de los ventanales. Petronila vio acercarse corriendo hacia su casa a un hombre y cómo éste comenzó a batirse en duelo con su amado. Es entonces cuando, aterrorizada, reconoció a su marido. Había descubierto su adulterio. Sabía perfectamente que su vida corría peligro y no tenía más remedio que huir. Corrió hacia el dormitorio conyugal, cogió unas sábanas, las enrolló y anudó para formar una especie de cuerda gruesa. Con ella llegó a una de las ventanas del salón principal y la lanzó al vacío. Luego se deslizó por la maroma hacia la calle. La precipitación de la huída y su falta de habilidad provocaron su caída sobre los adoquines. Se fracturó una pierna. La joven señora, con grandes dolores, pudo arrastrarse hasta la casa de su vecino, el presbítero Pablo Mateo Barroso de Sá. Éste acudió presuroso hasta la puerta de la calle cuando oyó los repetidos e insistentes golpes. Sorprendido al ver a su amiga Petronila, la cogió en brazos y la introdujo en el domicilio. Cuando la angustiada dama terminó de narrarle la sobrecogedora historia que acababa de protagonizar, con toda celeridad, el religioso la agarró de nuevo y, saliendo por la puerta trasera, la condujo a la calle de San José. Desde allí pudieron ascender a trompicones hasta el Convento de Santa Águeda de monjas Clarisas, donde la dejó depositada a buen recaudo. Allí estaba segura.

