ESCUELA
El día primero de mayo de 1908 pudo llevarse a efecto la inauguración de la Escuela Gratuita con asistencia de once niñas. El tercer domingo de ese mes pasaban de cincuenta las que asistieron "fervorosamente a oír la Santa Misa en la Capilla del Colegio". En la onomástica de Santo Domingo y víspera de la Virgen de Las Nieves, Patrona de La Palma, 4 de agosto, recibieron la Primera Comunión veintidós de estas jovencitas y niñas.
El curso se inició en octubre de aquel año y se abrieron clases para alumnas no gratuitas, entre "las que se hizo un bien incalculable". En calidad de internas fueron admitidas las alumnas Pilar Kábana y Rosario Herrera.
En las antiguas fotografías que se conservan de aquellos primeros años, se observa cómo, por ejemplo en 1913, ya había clases mixtas: 32 niñas y 10 niños.
Se inician mejoras en las instalaciones en cuanto a capacidad y distribución. Se efectúan ampliaciones y reformas. Urbanizaciones que se alzan en torno al Colegio le dan externamente el aspecto de un Castillo-Fortaleza. Una doble escalinata "despliega su imponente mole hacia ambos extremos de la fachada para replegarse en un acceso único". Ya no quedan vestigios de la célebre rampa que ofrecía una suave ascensión hasta la altura de «La Palmita». Los jardines son embellecidos por una importante cantidad de plantas trepadoras y flores.
MUERTE DEL PADRE CUETO
Tres meses después se producía el fallecimiento del Obispo Padre Cueto, "venerable y amadísimo Fundador", nacido el 4 de noviembre de 1839. Se consideró un gran acierto la elección de la Priora antes de la partida del Pastor, para que no se produjera "el desconcierto de las religiosas", ya que la muerte del Padre "hirió las más delicadas fibras del corazón de sus hijas".
El Obispo había vaticinado su muerte un mes antes. Concretamente en su homilía del mes de julio de aquel año, durante su Visita Pastoral al pueblo de San Mateo (Gran Canaria), había dicho: "Éste será quizá y sin duda… El último sermón que os dirijo…" A todos los que, alarmados, le preguntaron la causa, contestó sonriendo: "No lo sé: pero Dios puso en mis labios tales palabras".
Su última tarde con las religiosas la pasó en la Sala de Labor. Fue una especie de despedida, donde no faltaron muchas de sus ya famosas e inocentes bromas, a pesar de que ya la fiebre lo estaba consumiendo y debilitando. El día siguiente, víspera del Patrón Santo Domingo de Guzmán, no pudo levantarse ya de la cama. Estaba acompañado tan sólo por el portero del Palacio Episcopal, don Domingo. El Obispo vivía en el suntuoso edificio sin la compañía de su familia, puesto que quiso conservar hasta el fin de sus días el carácter de humilde Fraile Predicador.
Después de la misa de la mañana, las Madres Pilar y Amparo acudieron a verlo. Ya había hecho su última confesión "con la paz y serenidad que nunca le abandonaron". Los últimos Sacramentos le fueron administrados por la tarde del día 16, con toda la pompa y solemnidad que correspondían a su alta dignidad.
Se había congregado el Cabildo en pleno, con cruz alzada; la custodia con el Santísimo portada por el Arcipreste de la Catedral, D. Pablo Rodríguez, bajo palio; los fieles, "llorando desconsolados la presunta muerte de su Pastor… "
A las cinco de la mañana del día 17 se inició el Santo Rosario mientras el Obispo agonizaba. Se había reunido en torno al lecho un nutrido número de sacerdotes. "… sólo había una nota blanca: el Hábito blanco de sus hijas, que lloraban como palomas abatidas por la tempestad… ". Se encontraban también el religioso franciscano Padre Gabriel, quien leía con voz temblorosa la recomendación del alma, y el dominico Padre Tomás Monforte. El Rosario se interrumpía constantemente por los sollozos de los "circunstantes". A las seis de la mañana, celebró el Santo Oficio en presencia del agonizante, el Rector del Seminario Conciliar, Padre Pedro Díaz Suárez.
Con estas palabras se informaba de la muerte del Padre Cueto: "Poco antes de las ocho celebró Misa en el Oratorio de Palacio su mayordomo y capellán del Colegio, D. José María Leza. No la había concluido, cuando le fue comunicado que la Diócesis de Canarias había quedado huérfana… El alma blanca y hermosa del Prelado, de quién se dice no había perdido la inocencia bautismal, había volado a su Creador… "
Fue deseo expreso del difunto, manifestado en las cláusulas de su testamento, que sus restos mortales descansaran en la capilla del "Colegio de San José" en Las Palmas: "Es mi voluntad expresa y terminante que cuando ocurra mi fallecimiento, sea enterrado mi cadáver en la Capilla de las Dominicas de la Enseñanza de San José de Las Palmas, Convento – Colegio fundado por mí".
Una impresionante multitud, "todo Gran Canaria", se arremolinó alrededor del cuerpo de su amado Obispo en la mañana del día 18, como homenaje póstumo. Se esperaba la oportuna autorización firmada desde Madrid, para que dieran comienzo las honras fúnebres. Por este motivo, el entierro hubo de posponerse hasta el siguiente día 19 de agosto de 1908.
Desde ese día, descansa el Padre Cueto en el pavimento del Colegio de San José, cubierto por una lápida en la que se lee en latín: "In memoriam humus quam desideraverat umbra jacentis dilecti atris Fr. JOSEPHI CUETO et DIEZ de la MAZA O.P. dignissime Episcopi Canariensis. Fundatoris sororoum monialium scti dominici dedicatarum ad munus docendi in insulis fortunatis obiit in domino XVII augusti MCMVIII".
LOS PRIMEROS AÑOS EN «LA PALMITA»
La Madre Pilar de la Anunciación, Superiora General de la joven Congregación, había realizado su primera Visita Canónica a la Comunidad de La Laguna, emprendiendo luego viaje a La Palma por el mismo motivo y para pasar los días de Navidad junto a sus religiosas en "La Palmita".
Es curiosa la descripción que se hacía de las vistas de esta Hacienda: "está situada la Casa en una gran elevación del terreno sobre el plano de la ciudad, de tal manera que, con ayuda de anteojos, puede distinguirse el pasaje que vaya sobre cubierta al cruzar los buques".
La llegada del barco "Montevideo", que conducía a las viajeras, llenó de gran alegría a las hermanas. Las alumnas, concentradas desde las seis de la mañana, agitaban sus pañuelos saludando a la Madre desde lejos. Los parvulitos, "locos de contento", la llamaban a grandes voces, animándola a llegar cuanto antes: "pensaban que les podía oír…".
Era el 20 de diciembre de 1909. Les parecía mentira contar con la Madre Priora entre ellas. Eran momentos felices. Los días transcurrieron entre alegres expansiones con las Hermanas, inspeccionando la Finca, observando los progresos realizados en el Colegio, atendiendo a las visitas… Cariñosamente se llamaba al lugar el "Palomarcillo", posiblemente debido al clima suave, las flores, la luz, el conjunto armonioso…
MUERTE DE LA MADRE PILAR
Sin embargo, la Madre se empezó a encontrar mal. Súbitamente el día 23 y, sobre todo el 24 "lo pasó francamente mal". Se levantó a las cinco de la mañana con grandes molestias y malestar general. Asistió a la Misa y comulgó. Asistió al rezo del Oficio de Navidad. Todos conocían que la Superiora "no concedía a la su naturaleza más alivios que los absolutamente imprescindibles". Por ello, continuó ilusionada con los preparativos para la cena de las niñas que asistirían a la Misa de media noche, "La Misa del Gallo". Su pobre cuerpo tan maltratado se negaba ya a obedecerle. Nadie sabe cómo pudo adquirió fuerzas para asistir a las Misas con aquel fervor, a los Maitines, a la Veladita que se hizo en su honor… La pulmonía hizo que empeorara el día 27.A instancia de las Religiosas, acudió el médico para observarla. Recibió alivio con el tratamiento, pero pidió confesar, ante la sorpresa de todas. Acudió el Padre Casimiro Arnáiz, "fervoroso religioso hijo de San Vicente de Paúl y muy estimado de nuestras Madres por su celo y por el mucho bien que hacía entre las niñas. Era todavía muy joven".
El 28, Festividad de los Santos Inocentes, algo más recuperada, trataba que sus Hermanas hicieran una gran merienda junto a su lecho, en la Enfermería. Era precisamente quien animaba a la entristecida Comunidad. Sin embargo, los vómitos y la fiebre la volvieron a consumir. Solamente un día no pudo comulgar. Constantemente exclamaba a las religiosas: "Pidan hijas, pidan mucho para que sepa aprovecharme de lo que estoy padeciendo", "Como yo pueda, he de hacer que sean todas Santas, Santas…", "Hijas, no pidan por mi vida porque deseo irme al cielo. Desde allí haré más por vosotras…".
Se abrazaba a menudo a una imagen de la Virgen y a la del Niño Jesús. Decía: "¡Qué abrazo te voy a dar en el cielo!, querido Niño…".
A pesar de su debilidad, de sus 40 grados de fiebre, de tener el cuerpo acribillado por inyecciones, "ventosas sajadas", etc., con pasmosa lucidez y serenidad, dictaba cartas, revisaba documentos, arregló asuntos… Se comenzaron a entonar la antífona "Salve Regina", una costumbre en la Orden cuando se inicia la agonía de los religiosos o religiosas, implorando la protección de la Virgen.
El día 2 de enero pidió que cantaran… "¿Por qué no cantan?". Y se cantó. Así aguantó hasta el día 5. No se desprendió del crucifijo. Lo abrazaba y besaba. Dijo que quería un ataúd muy sencillo.
Una de sus colaboradoras había dicho: "Así era nuestra MADRE: siempre la primera en los trabajos… la última para cuando pudiera redundar en su alabanza… Y en todo, alegre y jovial, como si no llevara en su alma penas amarguísimas que todas conocimos, a pesar de su discreta reserva".
El día 5 de enero de 1910, la Madre Pilar, que contaba cuarenta y seis años, falleció en «La Palmita», su querida Casa palmera. La prensa local decía "… en su rostro quedó plasmada la sonrisa y una admirable expresión de paz…". La conducción de su cuerpo hasta el cementerio capitalino fue una imponente manifestación de duelo, presidida por el Confesor de la Comunidad, Rvdo. P. Casimiro Arnáiz y todas las autoridades locales. Todas las asustadizas niñas querían acompañarla, diciendo que les parecía una santa. Inicialmente las Madres se negaron ya que no encontraban a alguien de confianza que las acompañasen. Mas, los padres de las niñas apoyaron sus ruegos y fueron ellos mismos los que lo hicieron. Un grupo de alumnas mayores pidió sostener la caja con el cuerpo hasta dejar depositado el ataúd en el nicho. Así quedó escrito ese emotivo instante: "Y ocurrió algo sorprendente… las más pequeñitas, desconsoladas y celosas, logran llegar hasta allí y puestas sin temor bajo el ataúd, levantan sus bracitos para tocarle, acariciándolo, como si la llorada Madre pudiese percibir aún tan tierna prueba de amor… Escena que conmovió profundamente a los asistentes".

