Francisco Díaz Pimienta, padre e hijo (y II)

INFANCIA Y EDUCACIÓN

                    El 14 de agosto de 1594 nació en el "Valle de Tazacorte del antiguo reino de Aridane, un hijo de padres innotos, pero que al ser bautizado en la parroquia de los Remedios con el nombre de Francisco, fue reconocido por el Capitán Díaz Pimienta como hijo natural suyo".  Después de estas palabras, el cronista Lorenzo Rodríguez añade: "si alguna persona se sintiere agraviada con esta declaración, culpe á la historia y no á nuestra pluma". En el baptisterio de dicho templo aún se conserva una lápida que reza: "AQVI FVE BAVTIÇADO EL SEÑOR D. FRANCISCO DIAZ PIMIENTA GENERAL Y ALMIRANTE DE LA REAL ARMADA DE INDIAS, CAVALLERO DEL HABITO DE SANTIAGO, MARQVES DE VILLARREAL DE BVRRIEL EL QVAL FENECIO GLORIOFAMENTE FVS DIAS EN EL SITIO DE BARCELONA Y AÑO DEL SEÑOR 1652."

                   Su padre no le nombra como hijo natural en las últimas voluntades que otorgó mancomunadamente con su mujer. Sí dispuso sobre el futuro del adolescente, al que, velando por sus estudios "le estamos sustentando y alimentando y el susodicho se aplica a la virtud y trabaja en el para en adelante con nuestra pretensión de ser de misa y graduado" y le asignó una sustanciosa manda "para que se le pague todo ello de nuestros bienes porque se lo damos por via de alimentos y caridad atento a que es pobre y por falta de limosna no deje de ir con sus estudios adelante".

                   Este "hijo del misterio" recibió una esmerada educación de su padre. Después de una infancia de la que sólo se sabe que estuvo en Garachico (Tenerife), en casa de unos tíos que lo criaron "algunos años con amor y afecto de padres", se le ve aparecer en Sevilla en 1610. En esta ciudad, "a la sazón centro de la negociación ultramarina y asiento de la famosa Casa de la Contratación de las Indias y de la Universidad de mareantes y mercaderes, el que había de ser, andando los años, uno de los primeros generales de su tiempo, cumpliendo pretensión paterna, se aplica … y trabaja… para ser de misa y graduado." (Testamento mancomunado de Díaz Pimienta, padre, y de Beatriz Rodríguez de Acosta, 12 de febrero de 1610)

                   Se decía que ya a los 14 años traducía obras de Tito Livio y Quinto Curcio "con facilidad pasmosa". Los hechos de armas que refieren estos afamados autores y las narraciones que su padre le hiciera de la célebre batalla naval de Lepanto, influyeron tan poderosamente en el carácter de Díaz Pimienta, hijo, al punto de ingresar en la marina de guerra. Su progenitor trató de convencerlo para que continuase con su carrera eclesiástica. Así, siguió entregado a los estudios teológicos en Sevilla. No debía de venirle muy a gusto la disciplina eclesiástica, no obstante llevarla con "lustre como hombre principal e hijo de tal", cuando le vemos aprovechar la libertad que le da la muerte de su padre en 1610.

 CARRERA MILITAR Y AVENTURAS

                    Sin ataduras ya, dejó los estudios y se trasladó a Cartagena donde ingresó como Guardia Marina ("ó su equivalente") en la Armada. A petición propia, fue enviado a Flandes para hacer su primera campaña.

                   Allí, su valor y humildad hizo que le ascendieran al empleo de alférez. Como curiosidad, diremos que le llamaban el isleño. Pasó a escoltar los navíos de la carrera de Indias y pronto consigue emplear en ella galeones de su propiedad.

                   Se cuenta que, en una ocasión, el Comandante del buque cayó al agua y fue salvado del terrible oleaje por el intrépido Díaz Pimienta. La tripulación le lanzaba toneles, gracias a los cuales pudo salvar su vida y la de su superior.

                   Siguió distinguiéndose en numerosas hazañas, como algunos abordajes contra barcos holandeses y en escaramuzas de guerra en las costas de Flandes. Como premio se le dio el mando de uno de ellos que participaba en la flota bajo las órdenes del Marqués de Andújar.

                    Después de su experiencia flamenca, fue nombrado  maestre de plata en los galeones de registro y guardia de Indias en 1624. Así, "salieron á convoyar los ricos galeones que, desde el Perú, se dirigían á España". El valiente marinero evitó en varias ocasiones que poderosos cruceros ingleses se apoderaran del botín. Incluso, en cierta ocasión, para evitar el robo del cargamento de barras de oro, cerca de las costas gallegas, atacó con éxito a dos navíos ingleses. Su entrada victoriosa en El Ferrol  fue muy famosa.

                   El azaroso tornaviaje de 1626, en el cual  es posible que vinieran a la Península dos galeones, da ocasión al isleño para acabar de acreditarse como marino y como guerrero. Toda la travesía fue una constante lucha contra las tempestades y con los enemigos, y al final, para colmo, toman por infieles a las naves de don Fadrique de Toledo, que habían salido a recibirlos.

                          "Luego el capitán Pimienta

Se partió a reconocellos

En su galeón San Esteban.

Y como vieron venir

Algunas urcas flamencas,,

Les pareció que serían

Infieles, pero las señas

Que estaban determinadas

Venció luego la sospecha."

 MÉRITOS

                    El Gobierno español, consciente de la valía del palmero, no dudó en enviarlo a las Américas para que persiguiera a los piratas. Allí continuaron sus proezas y victorias. En La Habana aprestó tres naves con las que zarpó hacia Santo Domingo, "con intento de destruir el establecimiento de los Forbantes de la isla Tortuga". La estupidez del gobernador de la isla española, que puso todas las trabas y dificultades del mundo, hizo que los bucaneros, avisados, huyeran despavoridos. "Sin embargo, de este aborto involuntario contra los piratas, el valeroso hijo de la isla de San Miguel de La Palma siguió prestando varios y más servicios á la Nación".

                   Otro ejemplo fue el brillante auxilio que prestó al Gobernador de Maracaibo. Tras la llegada del buque de Díaz Pimienta a aquella ciudad, asediada por los filibusteros, este militar luchó hasta apoderarse del fortín que los españoles habían abandonado. Con los cañones logró expulsar a los corsarios. Fue distinguido en los galeones de escolta en las Antillas.

                   Recién llegado a España, recibe la orden de embarcar nuevamente para América en la flota que sale de Cádiz el 12 de mayo de 1633 con encargo de desalojar a los corsarios de la isla de San Martín. "En esta empresa, y en expediciones a las costas brasileñas, objeto de las miras de la Compañía de las Indias, emplea bastantes meses"

                   Tras varios años de luchas y éxitos en todos los mares de América, "testigos también de las proezas de su padre", regresó a España en 1634, donde una enfermedad de pecho le obligó a permanecer en tierra firme varios años. En Portugalete (Vizcaya) se casó con una noble dama castellana llamada doña Aldonza de Bellecilla (o Vallecilla), descendiente de los Marqueses de Villa Real. Su suegro, don Martín de Vallecilla, era Caballero de la Orden de Santiago y superintendente de fábricas y plantíos del Señorío de Vizcaya por Su Majestad. Tuvieron cuatro hijos: Francisco y Martín José, que llegaron a vestir los hábitos de Santiago y Calatrava, respectivamente, y Nicolás y Teresa, que profesaron, uno en la Orden Calzada de la Merced y la otra en el convento de Santa Clara de Guadalajara.

                   En Sevilla había recibido los despachos de General y Almirante de la Armada de Indias, altísima distinción con la que el Rey Felipe IV quiso premiar su brillante carrera y relevantes servicios. Con el mando de la escuadra del Mar Océano pasa a Menorca "con patentes de portanveces de General gobernador y Capitán general de la isla". Allí mejora todas las fortificaciones insulares, sobre todo las del puerto de Fornells, que "reciben con él un gran adelanto." Decide hacerse a la mar con su escuadra y pone el gobierno de la isla en manos del general Pedro de Guevara.

                   En 1639 abandona Mahón. Parte desde Lisboa al Nuevo Mundo con la Armada compuesta por 42 velas. Sufre una epidemia en Cabo Verde y continúa hasta Bahía de Todos los Santos. En enero llega cerca de Arrecife. Estaba sitiada por los holandeses, pero "considerando infecundo todo sacrificio", abandonan la misión de conquistarla.

                   En 1641 se produjo el suceso que había de darle su mayor gloria: la conquista de la isla de Santa Catalina. Su escuadra llegó a Santo Domingo. Allí se enteró de que la isla de la Providencia, también llamada de Santa Catalina, estaba bajo el poder de los malvados saqueadores. El valiente almirante y sus hombres lograron echar a los ingleses de la isla con la fuerza de sus armas y recogiendo prisioneros, despojos y un rico botín. Al año siguiente regresó a Cádiz con sus galeones cargados de dinero. El monarca español, en premio de esta hazaña, "le hizo merced del Hábito de Santiago".              

                   Existe un documento, recogido por Lorenzo Rodríguez, en el que doña Lucía Díaz Pimienta decía: "… que por orden de S. Majestad (Dios le guarde) fue á las Indias á traer el dinero D. Francisco Díaz Pimienta, mi hermano, el año pasado de 1641, y que el ínterin llegaba el tiempo de traer la plata á España, desalojó á los ingleses que ocupaban la isla de Santa Catalina, que estaba a treinta leguas de Cartajena. El dicho general, mi hermano, con la dicha órden de S.M. fue con su armada y desalojó á los ingleses por fuerza de armas con el favor de Dios; y despues de haberlos rendido, entre los despojos que de ellos hubo fueron banderas, de las cuales me ha enviado dos y la descripción de la dicha isla de Santa Catalina para que se pongan en hacimiento de gracias en nuestra capilla de Santa Ana, sita en la parroquia del San Salvador, de esta ciudad, que edificó y dotó con muchas memorias el referido nuestro padre Francisco Díaz Pimienta…" Este curioso documento, enviado por la dama al Vicario de la Isla (y cuyo original se encontraba en el archivo del Marqués de Guisla Ghiselin, amigo del cronista), seguía así: "…pues todo lo que en este asunto digo es público y notorio, pública voz y fama…"  para finalizar con la petición de pagar dos misas cantadas con diácono y subdiácono, una al Espíritu Santo y otra a "nuestra Señora Santa Ana". El 25 de enero de 1644 fueron colocados los obsequios en la capilla después de una solemne función religiosa "con gran concurso de pueblo". El Tiempo de 25 de enero de 1928 recogía esta efeméride: "Después de una solemne función son colocados en la capilla de San Pedro de la parroquial del Salvador, dos banderas enviadas al efecto por el por el Almirante de la Real Armada don Francisco Díaz Pimienta, de las ganadas a los ingleses en la Isla de Santa Catalina, y una lámina que representa esta batalla". El cronista Pérez García, sin embargo, da otra fecha de la hazaña: 25 de marzo de 1644. Un botín que el Gobierno de la Nación reclamó en 1850 para que fuesen colocadas en el Museo Naval de Madrid, "pero desgraciadamente no existían ya ni la una ni las otras".

                   A los títulos de General y Almirante de la Armada nacional agregó los de Consejero de Guerra y Señor de Puerto Real (villa fundada por los Reyes Católicos y que compró a la Corona en 1646. Sin embargo, este derecho nunca lo ejerció debido a la oposición del pueblo y del Consejo de Hacienda.

                   Su presencia en el Mediterráneo fue muy distinguida en defensa de las ciudades rivereñas de La Toscana.             

SU HEROICO FINAL Y SU RECUERDO

                    "Su nombre, querido y respetado por los suyos, fue temido de las demás naciones de Europa, porque el Pabellón de Castilla ondeó siempre con gloria en el mástil de su buque. No hubo combate naval ni hecho alguno de armas en su tiempo, en los que nuestro General-Almirante no tomara parte activa y saliera vencedor; pero desgraciadamente en 1652, en aquel tenáz y sangriento sitio de catorce meses que sufrió Barcelona, una bala de arcabúz, hiriéndole en el  pecho, le quitó la vida antes que la plaza se sometiera, cuya  batalla se ganó al fin, no por la fuerza de las armas, sino por el respeto y admiración que inspiraba á todos la persona de Díaz Pimienta. Y decimos que bastó el nombre del General-Almirante para que la capital del principado se sometiera, porque la noticia de su muerte, noticia que causó honda pena á los rebeldes que defendían la plaza, no trascendió al público hasta después de rendida ésta". Su muerte, ocurrida el 1 de septiembre de 1652, conmovió a todo el Reino.

                     El periódico palmero El Tiempo, en su apartado "Efemérides", recogía el 1 de septiembre de 1928 lo siguiente: "1 de septiembre de 1533. A bordo de la Capitana del Mar Océano, surta en Barcelona, fallece el Almirante Don Francisco Díaz Pimienta. Don Juan de Austria, que en más de una ocasión fue compañero de armas de tan ilustre palmero escribió al Rey: "lo mucho que había sentido aquella pérdida, por la falta que juzgaba haría al servicio de la Majestad un hombre de tanta experiencia y capacidad". Es curioso, puesto que don Juan de Austria (1545-1578) aún no había nacido en 1533 y había muerto 74 años antes que lo hiciera el ilustre marino de guerra. Está claro que fue un error de imprenta. No obstante, según los cronistas, "lo que sí está claro es que Díaz Pimienta fue gobernador de los navíos de la escuadra de don Juan de Austria, de quién fue persona de confianza y con el que compartió importantes hechos de armas". Está claro que se refiere al padre y no al hijo, puesto que el primero estuvo en la Batalla de Lepanto en 1571 (19 años antes del nacimiento de Díaz, hijo). Una confusión que, aún hoy en día, está muy extendida.

                     Tras su muerte, "ocurrida en defensa de la integridad nacional", las cenizas del Hijo ilustre de La Palma fueron depositadas en el sepulcro de la ermita barcelonesa de San Andrés, propiedad y patronato de la casa de los Marqueses de Villa Real.

                    Algunos autores han querido usurpar a La Palma la gloria de ser la patria del almirante, argumentando que había nacido en La Habana. Así se leía en un Diccionario enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. En el expediente abierto para su ingreso en la Orden de Santiago, se falsea el lugar de su naturaleza, figurando como nacido en la capital cubana a fin de ocultar su ilegitimidad. Pérez García nos informa de que "se respeta la filiación paterna pero por la materna se hace hijo de Juana Pérez de Mendizábal, natural de la misma ciudad y nieto por esta línea de un corregidor de Arica, en Perú".

                   El alcalde y cronista Lorenzo Rodríguez decía en 1901, en referencia al mencionado marquesado dice: "cuyo título posee actualmente el Sr. D. Luis Díaz Pimienta, vecino de Madrid, que retiene los apellidos del héroe de la isla de Santa Catalina, fundador de su casa". Pérez García decía que, "del matrimonio celebrado en Portugalete con Alfonsa Jacinta de Vallecilla y Velasco había quedó posteridad".

                   El Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, para perpetuar la memoria de estos ilustres varones, padre e hijo, "que tantos días de gloria dieron a su patria", acordó el 3 de noviembre de 1894 dar el nombre de "Díaz Pimienta" a la antigua calle de la Cuna, "por ser tradición que en la casa número 14 vivió el soldado de Lepanto". Si embargo, el mismo investigador palmero escribía que, en un documento del siglo XVI, había visto que la casa del héroe marino era la número 20 de la antigua Calle Real del Puerto, hoy O"Daly. Este acuerdo del consistorio coincidía con el IV centenario de su nacimiento. También la compañía de correos interinsulares de Canarias bautizó en 1901 a uno de sus barcos con su nombre.

 BIBLIOGRAFÍA

 El Tiempo, Santa Cruz de La Palma, (1 de septiembre de 1928)

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, Santa Cruz de La Palma – La Laguna, 1975

– Idem. Notas biográficas de Palmeros Distinguidos, Impr. Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, 1901.

PÉREZ GARCÍA, Jaime. Fastos Biográficos de La Palma, CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife 1985.

– Idem. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: la Calle Real de Santa Cruz de La Palma,  Excmo. Cabildo de La Palma,  Madrid, 1995.

PÉREZ VIDAL, José. El Almirante Díaz Pimienta, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, Madrid, 1982.

El Ramillete de Canarias, Semanario de Literatura, Santa Cruz de Tenerife, 1866.

WAMGÜEMERT Y POGGIO, José. Don Francisco Díaz Pimienta y su época, Santa Cruz de Tenerife, 1990.

 

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