Los principales partidos políticos españoles se desenvuelven comodamente en un sistema donde el poder del pueblo queda confinado al día de los comicios. Y es que un segundo después de publicarse los resultados electorales, la soberanía popular entra en estado de hibernación y no despierta de su sopor hasta la siguiente cita electoral. En el intervalo, nada impide a la organización vencedora incumplir el cien por cien del atractivo programa que mostró en su escaparate a los ciudadanos.
Ya en el siglo XVIII, el filósofo de la Ilustración Juan Jacobo Rousseau advertía que los gobernantes elegidos no debían soltar amarras de los votantes. Los mandatarios tenían que consultar a los ciudadanos cuando tomaran decisiones que afectaran profundamente a sus vidas o a sus creencias. Aplicada a nuestros días, esta idea equivaldría a someter a referéndum la ley del aborto, la política de recortes, las leyes fiscales, las normas que permiten los desahucios, las que sancionan la corrupción o las decisiones sobre prospecciones petrolíferas frente a las costas canarias.
No es así. La soberanía popular prolonga su letargo hasta el final de la legislatura. Porras, multas, despidos, tasas judiciales, leyes mordazas y chapuzones en alta mar frustran cualquier intento de despertar antes de tiempo. Los ciudadanos inermes se convierten en testigos o en víctimas de las decisiones tomadas por los escogidos. Las autoridades pueden adoptar medidas perjudiciales para sus votantes, escudadas en cualquier expediente: sobrevenido o impuesto, verdadero o falso. Paradójicamente, los gobernantes pueden acogerse a los sufragios emitidos por los ciudadanos para arruinar las vidas de los mismos ciudadanos.
Mientras la soberanía popular sueña a la espera del voto de la gente, la democracia se hace vulnerable. En primer lugar, porque puede degenerar en oligarquía. Los gobernantes, sus correligionarios, las empresas de sus amigos y las instituciones cercanas tendrán más oportunidades de favorecer sus intereses. El margen para saltarse la ley se ensancha y el efecto colateral de perjudicar a la mayoría no importa. La historia asiente y nos anima a que escudriñemos a través de las rendijas del pasado para que veamos como ediles, consejeros, ministros, presidentes y jefes de Estado restringieron derechos y se apoderaron de patrimonios.
En segundo lugar, el letargo de la soberanía popular desinhibe a las autoridades. Al sentirse en la cumbre del Estado y desligados de los electores, los gobernantes dejan aflorar su falta de empatía hacia los ciudadanos. Ante nosotros emerge una élite distante que no se siente ligada a la población por lazos de afecto. Una oligarquía capaz de gritar que "se jodan" a los parados, de negar la pobreza infantil denunciada por Cáritas y Unicef, de permitir los desahucios de miles de familias al año, de negar una pastilla que salva la vida a los enfermos de hepatitis, de indultar a los defraudadores mientras se acosa a las rentas de los asalariados o de consentir a los suyos robar mientras se "recorta" a los ciudadanos. Estamos en presencia de una élite directora que se siente superior al resto de la población por disponer de una titulación académica más alta, por poseer más riqueza y por estar inserta en un entramado de relaciones que le confiere más poder. Un conglomerado que se ha empezado a denominar "casta", porque exuda la variante del racismo que sienten los poderosos. Un clasismo que les hace percibirse distintos y superiores y les libera de compasión cuando salvaguardan sus conveniencias a costa de arruinar la vida a una parte de sus paisanos.
Ustedes podrán argumentar que, transcurridos cuatro años, en la siguiente cita electoral, el pueblo retirará el mando a una formación política con semejante comportamiento. Probablemente, eso resolvería la cuestión si este proceder se limitase al "malhacer" de un partido. Pero no ocurriría igual si el problema radicara en un sistema de gobierno poliédrico, donde las restantes opciones políticas son otras tantas caras de la misma moneda. Un sistema capaz de acusar a los ciudadanos de vivir por encima de sus posibilidades, de condenarles a perder derechos y de castigarles al empobrecimiento sin sentir piedad por sus padecimientos. Todo ello a la vez que las organizaciones y las empresas aledañas a las élites gobernantes desvalijaban en blanco o en "black", por delante o por detrás.
Y es que, durante el periodo entre elecciones, el poder no se ejerce por el pueblo y para el pueblo. Lo desempeñan unas élites extractivas formadas por políticos, empresas e instituciones conchabadas para absorber la riqueza que genera la nación. Una oligarquía que no está dispuesta a ceder un ápice de poder con el propósito de no perder un ápice de fortuna y viceversa. Una clase dirigente que echa mano de la desfachatez para apuntalar su impunidad. Una casta privilegiada para cuyos integrantes todo lo que no sean ellos es populismo, ignorancia y demagogia.


Ante tal descripción de la situación en que vivimos, no me queda más que decir amén.
Que ciegos podemos llegar a ser en estas circunstancias que no es difícil de que una parte de los perjudicados directamente por este gobierno para las élites, les sigan votando y rindiendo pleitesía, al haber estado demasiados siglos sometidos siempre a una "autoridad superior", ya sea aristocrática, eclesiástica o caciquil.
Como pueblo no nos ha favorecido la nunca la historia en cuanto a permitirnos abrir los ojos y adquirir un mínimo de espíritu crítico, somos mansos y obedientes y así ganaremos el cielo, que es al fin y al cabo la razón última que siempre se nos ha inculcado.
Sin que quepa objetar ni una coma a cuanto aquí se describe, permíteme, estimado Salvador, que te plantee una sola pregunta: ¿cómo se subvierte la disposición de esta perversa estructura piramidal?
Magnífica diagnosis. Mas difícil parece ser encontrar la terapia adecuada, como ya se ha expresado.
Buenos días, estimados Jacarrillo y PedroLuis. La cuestión de reformar el sistema de Gobierno en España es una cuestión compleja, de mucha trascendencia, y sería presuntuoso por mi parte plantear algo semejante a una fórmula a seguir. Pero, estamos ante un tiempo de cambio y, por ello, creo que es bueno hablar. Así que les comento mi punto de vista.
A mi modo de ver, el acuerdo alcanzado entre el PSOE y el Partido Popular para realizar una reforma exprés de la Constitución; la agresiva política de “recortes” llevada a cabo por el Gobierno; y la evidencia de una corrupción crónica que desangra moral y económicamente al país han ensanchado la corriente de opinión que estima necesario introducir cambios en el sistema democrático.
Un sector creciente de la población entiende que hace falta reformar la democracia para garantizar una mayor participación de los ciudadanos en las decisiones que afectan a sus vidas. Cambios como que los programas electorales no sean un anzuelo, sino algo muy parecido a un contrato; como que la voluntad popular sea consultada, mediante referéndums, en asuntos de trascendencia para la ciudadanía; o como que la democracia se deshaga del oprobio de la corrupción, tomando medidas que hagan transparente lo público y que incrementen los mecanismos de control (aumento de las plantillas de auditores y de inspectores fiscales, blindaje de la independencia de los jueces, etc.). El debate se centrará, también, en la mejora de las condiciones de vida de los españoles. Una parte significativa de los ciudadanos considera que no es sano para un país convivir con el drama diario de los desahucios, con el escándalo que muestran los informes sobre la pobreza infantil o con que España sea de los países desarrollados con salarios más bajos, con jornadas más largas y con mayor estrés laboral.
Pienso que el primer paso dependerá del porcentaje de la población española que se manifieste a favor de reformar el sistema democrático. Las próximas elecciones lo dirán. Posteriormente, se abrirá el tiempo del consenso. En este sentido, creo que el debate no girará en torno a sí la primera transición fue buena o mala. Al final, se atenderá al hecho de que existe un porcentaje significativo de españoles que quiere ir un poco más allá y aspira a realizar una segunda transición.
Evidentemente, el conjunto de la población en desacuerdo con estas transformaciones será elevado y los sectores beneficiarios de la democracia bipartida son poderosos, de modo que el sentido común, la nobleza y la historia obligan a hablar. Ustedes me dirán faltan los problemas, las piedras del camino. Habrá juego sucio y momentos de tensión. Ya los hubo durante la primera transición y, más atrás, durante la II República. Pero, confió en que, por conocer esa enfermedad, los españoles estemos inmunizados.
Gracias por el esfuerzo añadido. Ojalá seamos capaces de salvar las "piedras del camino".
Sus análisis y posterior respuesta, entra dentro del posibilismo al que parece que ineludiblemente estamos abocados. Probablemente será tras el período electoral cuando comience a moverse el avispero. Tenemos que contar igualmente con la otra fuerza emergente de la que según auguran las encuestas, aglutinan muchos votos, como bien sabe. Porque en este caso estaríamos igualmente apuntando hacia la Jefatura del Estado. Frente a todo esto el PP manifestará su “acuerdo”, porque no le queda otra. De cualquier manera, me parece más asertivo el que se mejoren los mecanismos de control. La resolución del tema de los nacionalismos la vislumbro con una mayor complejidad. No tengo tan claro que la propuesta del PSOE calme como se pretende, los ánimos. En el peor de los casos, podríamos estar abocados a una solución a la escocesa, con idéntico resultado que en Gran Bretaña. O eso espero. Piedras habrá. Algún tenique también. Aunque afortunadamente no concurren las mismas circunstancias que las acaecidas durante la Segunda República.
Hasta luego.
Como en la Segunda República, Sr. Pevalqui, A tal grado de insensatez para resolver nuestros problemas, esperemos que ya no retornemos más nunca (o nunca más, que dicen los peninsulares).
Dele algo más de tiempo a los catalanes y verá que se impondrá el tan alabado "seny" catalán.
El pueblo ibérico (con sus aledaños) sigue sin duda con sus ramalazos capetobetónicos, (Carandell dixit), pero mucho más cepillados, esperemos.
No llegamos todavía al pragmatismo británico, pero expresiones tales como "todo por la patria", pensamos que están bien para la heráldica, pero me parece que "acciones heroicas" al estilo tradicional, sí pero, que no corra el peligro de que me rayen el coche, o que por un descuido le puedan dar a una señora que iba a coger la guagua.
Saludos y Felices Pascuas a todos.
Si tomamos como referente sr Pintao, el simulacro de consulta recientemente celebrado en Cataluña, en donde la participación ni tan siquiera llegó ni al cincuenta por ciento del electorado, y según se demostró, hubo gente que incluso, "repitió"; a pesar de los esfuerzos de la oligarquía catalana y en su esfuerzo de huida hacia adelante para tapar tanta porquería, por emplear un término más suave, En este caso se hizo más necesario por parte tanto del PP como del Psoe, que se valió de los votos de los nacionalistas para obtener mayoría que le posibilitara gobernar España, aparte del "seny" por el que usted muy asertivamente aboga, "pit y collons". De momento, Cataluña con sus responsables políticos al frente, parece que acumulan un déficit que ronda los 55.000 millones de euros, que lógicamente saldrán del bolsillo de todos los contribuyentes. Imagínese con la centésima parte de eso la de cosas que podríamos hacer en Canarias.
Hasta luego.